LOS INVITADOS DE PIEDRA 28
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—Yo sobreviví... —balbuceó el traidor, aferrándose al único fragmento de orgullo que le quedaba, negándose a aceptar el absurdo de la masacre—. Sobreviví a los demás. Al viejo. A la ramera. A todos. Yo gané.

El anfitrión dio otro paso lento hacia él, pisando la grava. Su voz bajó una octava, volviéndose más densa, más quirúrgica.

—No hay ganadores en la disección de un tumor.

Y tú no sobreviviste, amigo mío. Te adaptaste, que es distinto.

Toda tu vida ha sido un ejercicio de parasitismo.

En el hospital, usaste mi nombre para encubrir tus robos porque eras demasiado mediocre para asumir las consecuencias.

No me vendiste por odio. Me vendiste porque careces de huevos.

Eres un organismo blando que toma la forma del recipiente que lo contiene.

—¡Yo hice lo que tenía que hacer! —gritó el colega, golpeándose el pecho rasgado—. ¡Nadie es inocente! ¡Tú también tienes las manos manchadas de sangre! ¡Mírate, creyéndote Dios, juzgándonos a todos!

El anfitrión metió la mano en su bolsillo. Sus dedos rozaron la superficie helada de la pirita y la calidez del ámbar.

—Yo no me creo Dios. Los dioses perdonan.

Y los dioses exigen sacrificios. Yo soy simplemente el espejo que no querían mirar —dijo el médico, deteniéndose a menos de dos metros de distancia—.

Tú te justificas diciendo que el mundo es cruel y que tú solo juegas bajo sus reglas.

Pero la crueldad no es una fuerza de la naturaleza.

La crueldad la construyen personas como tú, con pequeñas cobardías diarias.

El excompañero cerró los puños. La rabia, el último refugio de los humillados, inyectó una dosis final de adrenalina en su torrente sanguíneo. Iba a estrangularlo. Iba a borrarle esa expresión de superioridad inquebrantable a golpes, igual que había hecho con el viejo en las catacumbas.

Gruñó, impulsándose hacia adelante.

Pero el cuerpo no respondió a la orden del cerebro.

En lugar de saltar sobre el anfitrión, la pierna derecha del excompañero cedió bruscamente, como si le hubieran cortado los tendones.

Cayó de rodillas sobre la grava afilada.

El dolor en la base del cráneo, que había estado zumbando como un enjambre distante, estalló de pronto en una supernova de agonía blanca que lo dejó ciego por un segundo.

Se llevó las manos ensangrentadas a las sienes, gimiendo. El equilibrio desapareció por completo. Su oído interno zumbaba con la frecuencia de una sirena antiaérea. Cayó de lado, con la mejilla aplastada contra las piedras frías.

El anfitrión lo observó desde arriba, inmóvil.

—¿Qué... qué me has hecho? —susurró el traidor, escupiendo la grava. Sus palabras ya comenzaban a arrastrarse, las consonantes perdiendo su forma—. Veneno... pusiste algo en el cable del montacargas...

—No he puesto nada —respondió el médico, arrodillándose despacio junto al cuerpo paralizado de su antiguo compañero, adoptando de nuevo la postura de un facultativo frente al lecho de un moribundo—.

La fisiología humana es implacable. Cuando te resbalaste en la fosa y golpeaste el cráneo contra la escalera de hierro, comenzaste a hacerte un hematoma epidural.

Una rotura en la arteria meníngea media.

El traidor intentó abrir los ojos, pero la pupila izquierda estaba dilatada al máximo, negra y vacía, mientras que la derecha se contraía erráticamente.

—La adrenalina del miedo y el esfuerzo físico de subir por el hueco del ascensor aceleraron la hemorragia —continuó el anfitrión, con la voz suave, desprovista de burla—.

Tu cráneo se está llenando de sangre en este preciso instante.

La presión está aplastando el cerebro contra la base del cráneo.

Primero pierdes el control motor. Luego, la capacidad de articular palabras.

En unos segundos, la presión alcanzará el tronco encefálico y detendrá tu sistema respiratorio. Deberías saberlo.

—Ayuda... —intentó decir el hombre en el suelo, pero de su boca solo salió un sonido gutural, una vocal ahogada en saliva.

—Me pediste que te cubriera tantas veces en el hospital —susurró el anfitrión, inclinándose un poco más, asegurándose de que su rostro fuera lo último que el otro registrara antes del apagón—.

Me pediste que mintiera por ti. Y al final, dejaste que me quitaran la licencia, mi nombre y mi vida, mientras me mirabas a los ojos desde el estrado.

Te equivocaste en una sola cosa, Judas. Creíste que yo era débil porque era amable.

El cuerpo del excompañero sufrió una violenta contracción. La espalda se arqueó en un espasmo tetánico. Su respiración se detuvo de golpe.

El anfitrión permaneció allí unos minutos más, escuchando el silencio del descampado, roto únicamente por el siseo del viento entre los árboles muertos.

El pulso en la yugular del traidor se volvió indetectable.

Se quitó los guantes de látex y los guardó en el bolsillo de su pantalón.

El calor abandonó la carne, dejándola rígida bajo la luz de las estrellas inexistentes.

El médico se puso de pie. Se alisó el traje oscuro. No miró hacia atrás. Dio media vuelta y caminó hacia la oscuridad del páramo, perdiéndose en las sombras, fundiéndose con la noche como si nunca hubiera estado allí.