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El tiempo había dejado de ser una línea recta para la abogada. Ahora era un círculo vicioso de dolor crudo y fragmentos de alucinaciones.
El frío del suelo de cemento se había infiltrado en sus huesos, anestesiando sus piernas desde las rodillas hasta los pies descalzos.
Apretó la chaqueta de sastre contra su costado izquierdo, pero la tela ya no absorbía nada; estaba saturada, pesada y viscosa.
Si soltaba la presión, sentía el calor de su propia vida escurriéndose entre los dedos.
Intentó tragar saliva, pero tenía la boca llena de arena y un sabor ácido a cobre.
A un par de metros, bajo el resplandor de la solitaria bombilla roja, yacía el cadáver de la exmujer.
La abogada mantenía la vista fija en la cabeza destrozada de su enemiga.
El cráneo hundido, la sangre ennegrecida mezclándose con la seda cara.
Su mente, entrenada en la lógica implacable del código penal, trataba de procesar el hecho de que ella misma había empuñado el auricular de baquelita.
Legítima defensa, susurró su cerebro, activando el mecanismo de supervivencia profesional. Artículo treinta y dos. Proporcionalidad del medio empleado. Falta de provocación suficiente.
Pero no había juez en la cámara frigorífica.
No había jurado al que impresionar con su retórica, ni fiscales con los que negociar un acuerdo de culpabilidad en los pasillos del tribunal.
Solo estaba la carne muerta y el frío absoluto.
Se dio cuenta, con un terror paralizante, de que toda la estructura legal que había defendido durante su vida era una simple ilusión óptica.
Una fina sábana de civilidad echada por encima de un abismo de brutalidad simiesca.
Cuando se arrancaba la sábana, lo único que quedaba era el hueso contra la piedra.
Un espasmo le sacudió el cuerpo. Tosió, y un hilo de sangre fresca le resbaló por la comisura de los labios, manchándole la barbilla.
La herida en su abdomen era profunda. El cristal le había perforado el estómago y probablemente rasgado una ramificación de la arteria mesentérica.
Sabía que estaba entrando en shock hipovolémico.
El corazón le latía a un ritmo enloquecido, errático, tratando de bombear un volumen de sangre que ya no existía.
La oscuridad en los rincones de la cámara parecía cerrarse sobre ella, pulsando al ritmo de sus sienes.
Entonces, lo escuchó.
Pasos.
Lentos. Rítmicos. Controlados.
No era el trote frenético y asustado del médicoo, ni la marcha arrastrada y pesada del anciano. Eran los pasos de alguien que era dueño absoluto de la geografía del lugar. Alguien que no tenía prisa porque el resultado ya estaba escrito.
La abogada forzó a sus músculos muertos a reaccionar.
Apoyó la mano derecha cubierta de sangre en la pared de corcho podrido, intentando hacer palanca para sentarse más derecha.
No quería morir tirada en el suelo como un perro atropellado.
Quería mirar a su verdugo a los ojos. Buscó a tientas el pesado auricular del teléfono negro, su única arma, pero sus dedos estaban tan entumecidos que resbalaron sobre la baquelita sin poder asirla.
La figura del hombre apareció en el marco de la puerta astillada.
La luz roja bañó su silueta, delineando los hombros de su traje oscuro, cortado a la perfección.
No llevaba máscaras. No llevaba armas visibles.
Simplemente se quedó allí, de pie en el umbral, observando la escena con la misma frialdad clínica con la que un entomólogo examina un insecto clavado en un alfiler.
La abogada levantó la vista. A través de la niebla del dolor, reconoció el rostro. Las arrugas profundas alrededor de la boca, el cabello grisáceo peinado con pulcritud, los ojos oscuros y quietos. El médico al que había dejado en la indigencia hacía tres años.
Él no sonrió. No había rastro de malicia en su expresión. Solo una inmensa y aplastante serenidad.
—Tardaste —logró articular la abogada. Su voz era un crujido agónico, apenas un susurro que raspó la garganta del edificio—. Tardaste... mucho.