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Los zapatos del anfitrión no hacían ruido al pisar los escalones de piedra de la escalera de servicio.
Había recubierto las suelas con una fina capa de goma crepé semanas atrás, anticipando que en algún momento de la noche tendría que moverse entre los muros sin ser detectado.
Cada detalle de la velada había sido calculado con la misma rigurosidad obsesiva con la que solía preparar el campo quirúrgico antes de una incisión mayor.
El pasillo oculto era estrecho, diseñado hace un siglo para que los sirvientes del antiguo edificio se desplazaran sin interferir con la vista de los amos.
Olía a polvo de mampostería, a encierro y a raíces muertas.
El hombre avanzaba con las manos en los bolsillos del pantalón oscuro.
Sus dedos frotaban el fragmento de pirita contra el ámbar pulido.
La textura áspera del metal contra la calidez resinosa de la piedra fosilizada lo mantenía anclado en el presente. No había espacio para el vértigo moral.
Al llegar a la planta principal, empujó un panel disimulado en la pared del comedor. La madera cedió sin un crujido.
Salió al gran salón. La música había cesado por completo. Tras horas de bucle, el amplificador había agotado la lista de reproducción y el silencio que ocupaba ahora el enorme espacio abovedado era denso, pesado como el agua sucia.
La única luz provenía de los gruesos cirios de cera negra en los candelabros, que se habían consumido hasta la mitad, derramando lágrimas de parafina sobre el suelo de piedra.
El hombre se acercó a la larga mesa de caoba.
Era el epicentro de la devastación. Sillas volcadas, cubiertos de plata esparcidos por el suelo como metralla inútil, el mantel de lino inmaculado manchado de enormes coágulos de vino tinto y salpicaduras de sangre seca.
Observó el plato del anciano. El jabalí estaba intacto, petrificado bajo una capa de grasa pálida y fría.
No sintió asco. Ni triunfo. Solo la fatiga plana y gris que acompaña a las disecciones largas.
En sus años de ejercicio médico, había visto el cuerpo humano desmoronarse bajo el asalto de virus invisibles y células enloquecidas.
Lo que había ocurrido en esta casa no era diferente.
El orgullo, la avaricia y la mentira eran patógenos.
Él simplemente había proporcionado la placa de Petri y las condiciones óptimas de temperatura para que la infección se devorara a sí misma.
Caminó lentamente por el comedor, trazando con la mirada la ruta que había tomado la exmujer.
Vio los fragmentos de la botella de Burdeos de mil novecientos ochenta y nueve esparcidos cerca de la cabecera.
Se agachó para recoger un pedazo de cristal con la etiqueta todavía pegada. La punta estaba manchada de oscuro.
Dejó caer el vidrio y continuó su marcha hacia el ala oeste.
Al cruzar el umbral hacia la zona de los antiguos almacenes, la temperatura descendió bruscamente.
Su aliento comenzó a condensarse en pequeñas nubes blancas.
Los pasillos aquí carecían del falso lujo del comedor.
Eran corredores utilitarios, despojados de cualquier ornamento, forrados con azulejos blancos que ahora estaban cubiertos de una pátina de mugre y abandono.
A medida que se acercaba a la cámara de maduración, el olor a hierro y a vísceras se volvió inconfundible. Era el hedor metálico de la sangre expuesta al aire frío.
El anfitrión se detuvo a tres metros de la puerta destrozada.
Podía escuchar la respiración agónica que provenía del interior de la luz roja.
Un sonido rasposo, líquido, el gorgoteo característico de unos pulmones luchando por expandirse en una caja torácica perforada.
Ajustó los puños de su camisa inmaculada.
La paciente estaba lista para la ronda de cuidados intensivos.