LOS INVITADOS DE PIEDRA 19
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El excompañero del hospital corría a ciegas.

El eco de sus propios zapatos contra la piedra del túnel le sonaba como martillazos en los tímpanos.

Había dejado atrás a la antigua novia, abandonándola a merced del fanatismo del anciano.

No sentía remordimiento. El remordimiento era un lujo evolutivo que los cobardes no se podían permitir.

En su cabeza, las justificaciones se alineaban con precisión: ella lo había provocado, ella lo había involucrado en la falsificación de recetas, ella merecía el castigo.

Él solo era un superviviente atrapado en el fuego cruzado de mentes desequilibradas.

Dobló por un pasillo estrecho que olía a salitre y aguas residuales. La oscuridad era espesa. Tocaba la pared de ladrillo rugoso con la mano izquierda para no perder la orientación.

Buscaba el cuadro de mandos eléctricos o una escotilla de carbón.

Alguna vía de escape no mapeada en los planos principales del restaurante.

El anfitrión era minucioso, sí, pero ningún edificio de cien años de antigüedad era completamente hermético.

Siempre había una grieta. Él solo tenía que ser lo suficientemente listo para encontrarla.

Al final del corredor, su mano tropezó con el metal frío de una barandilla. Unas escaleras de caracol, estrechas y oxidadas, que subían hacia una escotilla de madera.

Una risa seca, al borde de la histeria, brotó de sus labios.

—Te equivocaste, amigo mío —susurró a la oscuridad, imaginando el rostro del médico al que había traicionado—. Sigues siendo un aficionado.

Subió los escalones de hierro de dos en dos, ignorando el chirrido metálico bajo su peso. Llegó al techo del túnel. Empujó la escotilla de madera con ambas manos, esperando sentir el aire de la noche, la grava, la libertad.

No se movió.

Gruñó, afirmando los pies en los escalones y empujando con los hombros, utilizando la fuerza de sus piernas. La madera crujió, pero no cedió ni un milímetro. Estaba atornillada desde arriba con pletinas de acero, cubierta probablemente con una tonelada de escombros.

El pánico, que había logrado mantener a raya con su arrogancia, comenzó a filtrarse por sus grietas mentales. Golpeó la madera con los puños hasta despellejarse los nudillos. Maldijo a gritos, perdiendo la compostura que tanto esfuerzo le había costado construir frente a sus colegas del hospital.

El ruido de sus golpes rebotó por el conducto de la escalera y viajó por los túneles subterráneos.

Cuando dejó de golpear, jadeando y con los brazos entumecidos, escuchó la respuesta.

No era una voz. Era el sonido arrastrado, rítmico e implacable del metal contra la piedra.

Clack... ssshh... clack... ssshh...

La tubería de plomo del tío arañaba la pared del túnel inferior, marcando su avance. El viejo lo había escuchado. Lo estaba cazando.

El doctor sintió un vacío gélido en el estómago.

Bajó las escaleras de caracol tropezando, casi cayendo de bruces en el último escalón.

Miró hacia la negrura del pasillo por donde había venido.

No podía ver al anciano, pero el ruido era cada vez más fuerte.

El fanático religioso se acercaba, alimentado por una justicia delirante que lo volvía invulnerable al cansancio.

El colega retrocedió hacia un nicho en la pared, una antigua fosa de decantación medio hundida en la sombra.

Se apretó contra la piedra fría, conteniendo la respiración.

Su mente trabajaba frenéticamente. Necesitaba un arma.

Necesitaba una ventaja. Buscó en sus bolsillos.

Encontró sus pesadas llaves del coche, con un llavero de acero macizo.

Las entrelazó entre sus dedos, formando un puño americano improvisado.

La figura encorvada del tío emergió en el cono de luz anaranjada a diez metros de distancia.

El abrigo del anciano estaba salpicado de manchas oscuras.

En la mano derecha, la tubería de plomo goteaba sangre fresca y espesa.

La antigua novia estaba muerta. El viejo había completado su primer sacrificio, y sus ojos, desorbitados y vacíos de humanidad, buscaban la siguiente pieza para su altar expiatorio.

—Sal de la oscuridad, Judas —canturreó el tío, arrastrando las palabras con un eco rasposo—. El tribunal te reclama. No hay escondite para los que venden sangre inocente.

El excompañero apretó los dientes. Esperó. El viejo pasó por delante del nicho sin mirar hacia los lados, guiado únicamente por el espejismo de su propia ceguera moral.

Fue entonces cuando el colega atacó.

Saltó desde la sombra, lanzando su peso contra la espalda del anciano. El impacto derribó a ambos contra el suelo de baldosas rotas. El viejo soltó un quejido ronco al perder el aire de los pulmones. La tubería de plomo rodó lejos de su alcance.

El médico no perdió un instante. Levantó el puño armado con las llaves de acero y golpeó repetidamente la nuca del anciano, destrozándole el cráneo con una brutalidad desesperada.

Quería acallar la voz del viejo, quería apagar sus delirios religiosos, quería borrar a todos los testigos de su propia cobardía.

El tío convulsionó bajo él, emitiendo sonidos guturales. El médico siguió golpeando, con la vista nublada por el sudor y el miedo, hasta que el cuerpo debajo de sus rodillas dejó de moverse por completo.

Se puso en pie tambaleándose, cubierto de polvo y de cerebro mezclado con sangre. Se secó el rostro con la manga de la camisa. Había sobrevivido. De nuevo. El más apto, el más rápido.

Sonrió en la oscuridad.

Dio un paso hacia adelante.

No sintió la humedad bajo su zapato italiano, ni vio el borde roto de la fosa de decantación en el suelo.

Su pie resbaló sobre un charco de agua estancada mezclada con la sangre del anciano.

El médico perdió el equilibrio de manera brusca, agitó los brazos en el aire buscando un punto de apoyo y cayó pesadamente hacia atrás.

La cabeza del médico golpeó la esquina afilada del escalón de hierro de la escalera de caracol. El chasquido cervical resonó limpio, seco.

El hombre de la sonrisa perpetua quedó tendido bocarriba, con los ojos abiertos, fijos en el techo de piedra.

Su cuerpo permaneció inmóvil. El cálculo de probabilidades, la traición pragmática, el instinto de superioridad; todo había sido anulado por un milímetro de agua sucia y la implacable ley de la gravedad.