LOS INVITADOS DE PIEDRA 18
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El cristal dentado bajó trazando un arco ciego hacia la garganta de la abogada.

La exmujer había puesto todo el peso de su cuerpo en el impulso, empujada por una furia sorda que anulaba cualquier rastro de dolor físico. Quería ver la sangre salpicar los muros de corcho. Quería desgarrar la garganta que había dictado su sentencia de pobreza.

Pero la abogada no era una presa fácil. Su mente, entrenada durante décadas para encontrar el punto débil en los argumentos de sus oponentes, operó con la misma frialdad en la violencia física.

No intentó bloquear la mano armada. En fracciones de segundo, calculó que la exmujer venía desequilibrada, cegada por la rabia.

La abogada se dejó caer hacia atrás, rodando sobre su espalda en el suelo de cemento helado.

El golpe de la exmujer encontró el vacío. El impulso la arrastró hacia adelante, haciéndola tropezar con la silla plegable. La botella de cristal se estrelló contra el respaldo metálico, haciéndose añicos y dejando en la mano de la exesposa apenas un muñón de vidrio inútil.

Antes de que la exmujer pudiera recuperar el equilibrio, la abogada agarró el cable rizado del teléfono negro que colgaba del aparato. Dio un tirón brutal. El pesado auricular de baquelita de los años setenta, sólido como un bloque de granito, voló hacia ella.

Lo atrapó en el aire.

La exmujer se giró, con los ojos muy abiertos, los labios manchados de vino separados en una mueca de incredulidad. No tuvo tiempo de articular un sonido.

La abogada descargó el auricular de baquelita contra el rostro de la exesposa. El impacto sonó como un saco de arena cayendo sobre un suelo de piedra. El tabique nasal de la exmujer se hundió con un chasquido húmedo. La sangre brotó a borbotones, oscura bajo la luz roja de la cámara de maduración.

La exmujer cayó de rodillas, llevándose las manos a la cara, emitiendo un gorgoteo ahogado. Su mundo de perfecciones estéticas, de cenas de gala y cirugías plásticas pagadas con dinero robado, acababa de ser aplastado por un golpe primitivo.

Pero la abogada no se detuvo. El pánico y la adrenalina la habían convertido en un autómata. Se puso de pie, apretando el auricular ensangrentado. Respiraba por la boca, escupiendo hebras de saliva y sangre.

—Tú no me amenazas —dijo la abogada, con la voz rota, ronca—. Tú no eres nadie.

Volvió a golpear. Esta vez en la sien.

La exmujer se desplomó sobre el cemento, convulsionando levemente. Sus dedos perfectos arañaron el suelo un par de veces, buscando un asidero que no existía, y luego se quedaron quietos. La luz roja bañaba su vestido de seda negra, que ahora parecía una mortaja empapada.

La abogada dejó caer el teléfono. Sus manos temblaban de manera incontrolable.

Retrocedió hasta chocar contra la pared de corcho.

El pecho le subía y bajaba con violencia.

Se miró las manos manchadas. Acababa de asesinar a una mujer.

El código penal, las atenuantes, la defensa propia; todas las estructuras legales que habían sostenido su visión del universo se derrumbaron en ese cuarto aislado.

Afuera, en el mundo real, ella era una socia mayoritaria.

Aquí dentro, solo era una asesina cubierta de sangre ajena, respirando el aire viciado de un matadero.

Sintió un pinchazo agudo en el costado izquierdo.

Bajó la mirada. Durante la caída inicial, uno de los fragmentos afilados de la botella de Burdeos se había alojado profundamente debajo de sus costillas. El corte había atravesado la chaqueta de sastre y la blusa blanca. La sangre caliente empapaba la tela, bajando por su cadera.

El dolor llegó tarde, pero llegó con una intensidad cegadora.

Gimió, deslizándose por la pared hasta quedar sentada en el suelo, a menos de dos metros del cadáver de la mujer que odiaba. Apretó la herida con ambas manos, intentando frenar la hemorragia.

Desde la esquina superior de la habitación, el piloto rojo de la cámara de seguridad parpadeó.

La música del violonchelo seguía vibrando a través de las paredes, lenta, indiferente.

La abogada miró directamente a la lente.

Supo, con la claridad lúcida de los que están a punto de morir, que no habría ambulancias.

No habría negociaciones. Su sentencia estaba dictada, y el verdugo ni siquiera había tenido que ensuciarse las manos.