LOS INVITADOS DE PIEDRA 17
60%

17

El comedor principal era una naturaleza muerta destrozada.

La exmujer caminaba entre las sillas volcadas, pisando los charcos de vino oscuro que manchaban la piedra.

Llevaba en la mano derecha el cuello afilado de la botella de Burdeos.

Sus nudillos estaban blancos por la presión.

El vestido de diseñador, que horas antes parecía una armadura invencible, ahora era un trapo rasgado en el bajo, manchado de polvo y gotas secas de la sangre de la abogada.

El silencio absoluto de sus presas la enfurecía. No soportaba ser ignorada.

Se acercó a la mesa y, con la mano libre, agarró una de las copas intactas.

Quedaba un fondo de vino. Se lo bebió de un trago, dejando que el líquido espeso le quemara la garganta seca.

El alcohol y el agotamiento estaban disolviendo las últimas capas de su teatro social.

Ya no era la víctima sacrificada. Era la dueña de la casa reclamando su territorio.

—¡Cobardes! —gritó, su voz rasgando el aire por encima de la música grabada—. ¡Salgan de sus escondites!

Nadie respondió. Las cortinas de terciopelo que daban a las cocinas colgaban inmóviles. Las puertas dobles del ala oeste parecían fauces abiertas esperando tragarla.

Comenzó a caminar hacia los pasillos de servicio.

Sus pasos eran irregulares. La rabia pura la cegaba.

Toda su vida se había basado en la manipulación sutil, en clavar el puñal por la espalda mientras sonreía frente a los invitados.

Haber sido arrastrada al barro, obligada a pelear físicamente como un animal callejero, era una humillación que no podía procesar sin fracturarse por dentro.

Y la culpa la tenía la abogada. Aquella ramera con título universitario que le había robado su dinero y su narrativa. Y el viejo que había escondido las pruebas. Y el exmarido, el maldito médico, por haberla traído aquí. Todos ellos conspiraban contra su perfección. Todos tenían envidia de ella.

Cruzó las cocinas abandonadas. Las antorchas parpadeantes en las paredes de ladrillo proyectaban su sombra agigantada, deformándola en la figura de una arpía.

—No te vas a esconder de mí —le hablaba a las paredes, con un tono peligrosamente conversacional, repasando sus argumentos como si estuviera frente a sus amigas en el club de campo—.

Yo sacrifiqué mis mejores años por ese miserable de mi marido.

Soporté su aburrimiento. Su moralidad barata.

Yo merecía cada centavo de esa liquidación.

Y tú, pedazo de basura con maletín, me robaste. Me estafaste.

Pateó una olla de cobre oxidada que yacía en el suelo. El ruido metálico resonó violentamente.

Se detuvo al llegar a la intersección que llevaba hacia el ala oeste. Allí, en el suelo de piedra, vio unas huellas oscuras. Sangre mezclada con polvo. Eran huellas de pies descalzos. La abogada.

La exmujer sonrió. Una mueca torcida que no llegó a sus ojos fríos.

Apretó el cristal de la botella rota y comenzó a seguir el rastro.

Entró en el corredor oscuro, arrastrando la mano por la pared para guiarse.

El frío de la zona de los almacenes le puso la piel de gallina, pero el odio era un combustible muy denso.

Se movía con un sigilo antinatural para alguien en su estado, guiada por el instinto depredador más básico. Las huellas la llevaron más allá de las antiguas salas de conservación, adentrándose en el área de los ganchos de carne.

Escuchó un ruido. Un sollozo reprimido, rasposo, como el de un animal en una trampa.

Provenía de la puerta destrozada al final del pasillo. La cámara de maduración iluminada con la luz roja.

La exmujer se acercó, conteniendo la respiración, ocultándose en el ángulo ciego del marco de la puerta astillada.

Se asomó milímetro a milímetro. En el centro de la habitación, sentada en el suelo de cemento junto a la silla plegable, la abogada tenía las rodillas pegadas al pecho.

Estaba meciéndose levemente, mirando el auricular del teléfono colgado con los ojos vacíos, derrotados.

El laberinto, el aislamiento y la conversación con el anfitrión habían roto a la abogada por dentro antes de que nadie la tocara por fuera.

La exmujer dio un paso dentro de la cámara roja. La abogada ni siquiera levantó la vista. No tenía el candelabro. Estaba indefensa.

—Sabes, querida... —susurró la exesposa, levantando el cuello de la botella de cristal, saboreando el momento de victoria absoluta—. Tus honorarios me parecen excesivos. Voy a renegociar el contrato.

Cuando la abogada finalmente alzó la mirada, ya era demasiado tarde.