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El ala oeste era una antigua zona de almacenes frigoríficos que precedía a la construcción del restaurante moderno. No había ventanas. El aire aquí era diez grados más frío, pesado y estancado.
La abogada caminaba descalza. Había abandonado sus tacones en la entrada del pasillo porque el ruido la convertía en un blanco fácil. Las baldosas heladas le robaban el calor del cuerpo por las plantas de los pies, pero su mente trabajaba a una velocidad supersónica, negándose a ceder al pánico.
Llevaba el candelabro de hierro apretado en la mano derecha. El brazo le dolía por el peso, pero era su única garantía de vida. Su labio inferior, partido durante la pelea con la exmujer, seguía goteando sangre tibia sobre la barbilla. Lo limpió con el dorso de la manga de su chaqueta de sastre.
No había ley en este lugar. Sus años de jurisprudencia, sus tácticas de interrogatorio, sus contactos en la fiscalía; todo eso carecía de valor en un espacio donde la única moneda de cambio era la fuerza bruta.
Se detuvo en una intersección de pasillos oscuros, apoyando la espalda contra la pared para no ser sorprendida por la retaguardia.
Cerró los ojos y trató de trazar un mapa mental del edificio desde que llegó en el taxi.
Si la puerta principal estaba bloqueada y el acceso trasero también, las normativas de construcción —incluso en un edificio restaurado de forma clandestina— exigían conductos de ventilación anchos en las cocinas industriales y trampillas de descarga para los proveedores.
Tenía que encontrar la zona de calderas o los montacargas del sótano.
Pero el diseño del laberinto no era accidental.
El anfitrión había tabicado puertas y levantado muros falsos en las semanas previas.
Cada vez que la abogada creía encontrar una ruta lógica hacia el exterior, se topaba con una pared de mortero fresco pintada de negro, o con una verja de acero soldada directamente a los marcos de piedra.
La soledad empezó a rasparle los nervios. Y luego estaba la música.
Ese maldito violonchelo.
El sonido viajaba por los conductos de ventilación, filtrándose por las grietas del edificio.
Era una versión instrumental de un viejo clásico de rock, arrastrada, melancólica, constante.
Al principio había intentado ignorarla, pero la perfección acústica del sistema de sonido hacía imposible bloquearla.
Las notas graves le vibraban en el esternón.
Era una tortura psicológica meticulosamente calibrada para impedirle organizar sus pensamientos.
Al girar la esquina del pasillo, llegó a una puerta de madera gruesa que parecía intacta. Empujó el pomo. No cedió. Retrocedió dos pasos, levantó el candelabro y golpeó la cerradura con toda la fuerza que pudo reunir.
El estruendo rebotó en los pasillos vacíos. Golpeó una segunda vez. La madera vieja astilló y la puerta cedió hacia adentro.
Entró con la respiración cortada, esperando encontrar un conducto al exterior.
En su lugar, el resplandor de una única bombilla roja iluminó la habitación.
Era un callejón sin salida. Una antigua cámara de maduración de carnes.
Las paredes estaban forradas de corcho descompuesto, y grandes ganchos de carnicero, oxidados y gruesos como brazos humanos, colgaban del techo sobre rieles inmóviles.
En el centro del suelo de cemento, había una silla plegable. Y sobre la silla, un teléfono negro de disco, de un modelo tan antiguo que parecía de utilería.
La abogada sintió un pinchazo de esperanza irracional. Dejó caer el candelabro al suelo y corrió hacia el aparato. Descolgó el auricular, preparándose para marcar frenéticamente el número de emergencias, para recitar el código penal a quienquiera que estuviera al otro lado de la línea.
Se lo llevó a la oreja.
No había tono de llamada.
En su lugar, escuchó una respiración rítmica, pausada. Alguien la estaba escuchando desde el otro lado del circuito cerrado.
—Tienes que sacarme de aquí —dijo ella, su voz temblando por primera vez en toda la noche, traicionando a la abogada de hielo—. Te daré lo que quieras. Dinero. Inmunidad. Puedo hacer que desaparezca el expediente de tu mala praxis. Puedo devolverte tu vida.
El silencio en la línea se prolongó durante cinco segundos eternos. Luego, la voz del hombre, tranquila, clínica y desprovista de cualquier textura emocional, fluyó por el auricular.
—Ya no tengo vida, consejera. Ustedes la desguazaron y la vendieron por piezas —dijo el anfitrión, sin alzar el tono—. Y este tribunal no admite apelaciones.
Un clic seco. La línea murió.
La abogada dejó caer el auricular, que quedó colgando del cable rizado, oscilando como un péndulo.
Miró la cámara de seguridad parpadeante en la esquina superior de la cámara frigorífica.
Se dio cuenta de que no estaba buscando una salida.
Estaba recorriendo una ratonera diseñada a medida para su propio desgaste mental.