15
El sonido del plomo arrastrándose contra el ladrillo era una letanía insoportable.
El viejo avanzaba despacio, cojeando ligeramente de la pierna izquierda, pero impulsado por una energía febril que nada tenía que ver con la vitalidad.
Era el fervor de un inquisidor que finalmente tiene la excusa para quemar la aldea entera.
La humedad del túnel se pegaba a su abrigo de lana, haciéndolo más pesado, pero él no parecía notarlo.
En su mente fragmentada, ya no estaba en el sótano podrido de un restaurante abandonado.
Estaba en un templo. Y la sangre era necesaria para limpiar el altar.
—Tú... —dijo el doctor, retrocediendo a tropezones, con las manos levantadas en un gesto inútil de rendición—. Escucha, anciano, no tenemos por qué hacer esto. Podemos trabajar juntos. Podemos buscar una salida.
El tío no parpadeó. La bombilla amarillenta sobre su cabeza proyectaba sombras cavernosas en las cuencas de sus ojos, convirtiendo su rostro en una calavera prematura.
—Trabajar juntos —repitió el anciano, paladeando las palabras como si tuvieran sabor a ceniza—.
Los mercaderes en el templo siempre quieren negociar.
Tú lo vendiste. Lo entregaste a los fariseos por treinta monedas de plata.
Y a mí me robaron mi herencia legítima por culpa de la ramera. Dios exige un equilibrio.
El médico miró a su alrededor. Estaba atrapado. A su espalda, el túnel se hundía en la oscuridad más absoluta. A un lado, la pared de piedra rezumaba agua sucia. A sus pies, la antigua novia gemía, agarrándose el rostro ensangrentado.
El instinto de supervivencia del colega era puro y carecía de cualquier atadura moral.
Toda su vida había sido una huida hacia adelante, utilizando los cuerpos de los demás como peldaños.
En el hospital había sacrificado a su mejor amigo sin perder una hora de sueño.
Aquí, en las catacumbas, las matemáticas seguían siendo las mismas.
Cuando el anciano levantó la tubería por encima de su cabeza, preparándose para descargar el golpe fatal, el médico tomó su decisión.
Agarró a la antigua novia por el tirante del vestido rojo y tiró de ella con violencia, interponiéndola como un escudo humano entre el viejo y él.
La mujer soltó un alarido de terror al verse arrojada directamente hacia la trayectoria del hierro.
El tío intentó detener el arco del golpe, pero la inercia del arma era demasiada pesada para sus brazos cansados.
La tubería silbó en el aire cerrado y se estrelló contra el hombro de la mujer, resbalando hasta golpear la clavícula con un chasquido hueco.
El grito que siguió destrozó la acústica del túnel. La mujer cayó de rodillas, convulsionándose de dolor, mientras el vestido carmesí se rasgaba por la tensión.
El médico no se quedó a mirar. Aprovechando el impacto y el desconcierto del viejo, dio media vuelta y echó a correr hacia las profundidades del pasillo oscuro, tragado por las sombras en cuestión de segundos.
No miró atrás. Su respiración agitada y el golpeteo de sus zapatos caros contra el suelo húmedo fueron devorados por el eco de la ruina.
El tío se quedó jadeando, sosteniendo el tubo ensangrentado.
Bajó la vista hacia la mujer que se retorcía a sus pies.
Su rostro seguía siendo hermoso, incluso bajo la costra de tierra y sangre, pero esa belleza le resultaba repugnante al anciano.
Era la imagen misma del pecado, la tentación de la carne que había corrompido a tantos hombres.
—Falsa idolatría —murmuró el viejo, apretando los dientes. Levantó la bota y le pisó la mano a la mujer, inmovilizándola contra la piedra fría—. Eras un parásito en su vida. Ahora serás el cordero.
Ella lloraba, un llanto ronco y feo, desprovisto de todo el glamour que había cultivado durante cuarenta años.
Trató de arrastrarse hacia atrás, empujando con los talones, pero el dolor en la clavícula rota la paralizaba.
Suplicó piedad balbuceando promesas incoherentes, ofreciendo dinero, favores, lo que fuera.
Pero el anciano ya no escuchaba el lenguaje de los vivos. Escuchaba el zumbido de la propia cabeza. Levantó el hierro de nuevo.
En la sala de monitores, el hombre de cincuenta y cuatro años bebió el último sorbo de agua de su vaso.
Observó la pantalla número cuatro sin ninguna alteración en su pulso.
El viejo, el supuesto pilar moral de la comunidad, estaba a punto de aplastarle el cráneo a una mujer herida.
El anfitrión rozó con el pulgar la superficie de la pirita.
La naturaleza humana era un mecanismo de relojería averiado. Solo necesitabas aislarlo del ruido exterior para escuchar cómo sus engranajes se rompían a sí mismos.