LOS INVITADOS DE PIEDRA 14
50%

14

El olor a humedad de la piedra vieja era asfixiante en las catacumbas del restaurante.

El excompañero empujó a la antigua novia contra la pared abovedada de ladrillo.

El golpe resonó secamente. Ella soltó un grito que se apagó en su propia garganta cuando él le clavó el antebrazo en la clavícula, inmovilizándola.

La penumbra era casi total, iluminada apenas por los filamentos anaranjados de unas bombillas desnudas que colgaban del techo cada diez metros.

—¿Te crees muy lista, verdad? —susurró él, con el rostro a centímetros del de ella. Su aliento olía a alcohol caro y bilis—. Pensaste que podías jugar con la vida de los demás, mover los hilos y salir caminando con tu vestido rojo sin mancharte.

Ella jadeaba. La tela de su ropa raspaba contra el ladrillo. Por primera vez en su vida, su belleza magnética no le servía de nada. No había seducción posible frente a un hombre que había sido empujado al abismo.

—Suéltame, psicópata —dijo ella, intentando mantener la arrogancia, pero su voz temblaba—. No puedes hacerme nada. Él nos está vigilando. Quienquiera que haya organizado esto nos quiere asustar, nada más. Si me tocas, irás a la cárcel.

El hombre aflojó un poco la presión, pero no la soltó. Su sonrisa, la sonrisa complaciente que había engañado a juntas directivas y tribunales médicos, regresó. Era espantosa a la luz mortecina del pasillo.

—¿La cárcel? —soltó una risa hueca, frotándose los ojos con la mano libre—. Estás sorda. Estás ciega. No entiendes nada. El dueño de este circo nos encerró y nos dio las pruebas. No va a llamar a la policía. Nadie sabe que estamos aquí a quince kilómetros de la civilización.

Miró a su alrededor. Estaban en el inicio de la vieja bodega de vinos. A ambos lados se extendían nichos de piedra vacíos, cubiertos de telarañas grises. Al fondo, la oscuridad total.

—Tú arruinaste mi vida para sentirte poderosa —murmuró él, apretando de nuevo el antebrazo contra la garganta de la mujer—. Yo era su amigo. Me convertiste en un Judas de forma gratuita. Me arriesgaste a un proceso por perjurio porque estabas aburrida.

—Él era patético —logró escupir ella, arañándole la muñeca con las uñas—. Igual que tú. Hombres mediocres. Hombres cobardes. Tú declaraste contra él en el juzgado. Tú tomaste la decisión. No me culpes de tu falta de columna vertebral.

Fue el error más grande de su vida.

El insulto destrozó la última barrera de contención en la mente del médico traidor.

Él necesitaba creer que había sido una víctima de las circunstancias, que la mentira en el estrado había sido un accidente inevitable.

Al arrojarle la responsabilidad a la cara, ella le quitaba el último refugio de su frágil ego.

La golpeó. No fue un golpe calculado. Fue un manotazo tosco, ciego, impulsado por el terror. El dorso de su mano impactó contra el pómulo de la mujer, arrojándola al suelo.

Ella cayó con dureza sobre la piedra húmeda, gimiendo.

El sonido de la bofetada se tragó en el pasillo infinito.

Se llevó la mano a la cara, sintiendo el calor de la sangre brotando de un corte sobre el labio.

Lo miró desde el suelo, encogida, el desprecio finalmente reemplazado por un miedo puro y primitivo.

El hombre retrocedió, mirándose la mano que temblaba espasmódicamente. Respiraba a bocanadas, como si el oxígeno se hubiera acabado.

—Levántate —ordenó, la voz rota.

No hubo respuesta. Un crujido sordo, diferente a los ruidos del edificio abandonado, resonó a sus espaldas. El hombre giró bruscamente hacia la oscuridad del pasillo, afinando la vista.

A unos veinte metros de distancia, la figura encorvada del tío emergía de una bifurcación de los túneles.

El anciano sostenía en la mano derecha un pedazo de tubería de plomo oxidado que había arrancado de alguna pared podrida.

Tenía los ojos desorbitados, inyectados en la misma paranoia letal que infectaba el aire de las ruinas.

—Pecadores... —murmuró el anciano, apretando los dientes amarillentos. Levantó la tubería y comenzó a caminar hacia ellos, arrastrando los pies con una determinación lúgubre—. Todos ustedes están malditos. La obra del Señor debe ser purificada.

El laberinto se cerraba.