LOS INVITADOS DE PIEDRA 13
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Las pantallas parpadeaban con un resplandor azulado en la sala de control.

El anfitrión observaba la cámara número tres.

El ángulo picado desde la bóveda del comedor ofrecía una vista renacentista de la brutalidad humana.

No había técnica en la pelea. Era desesperación pura.

La abogada había logrado interponer su maletín de cuero para frenar el primer envite del cristal roto, pero el peso del cuerpo de la exmujer la derribó.

Ambas cayeron sobre las baldosas de piedra, un enredo de vestidos caros, medias rasgadas y uñas arañando rostros.

El hombre giró la pirita en su bolsillo. No sintió asco, ni tampoco alegría. Observar aquello era como mirar bacterias bajo el microscopio. Una vez que alterabas el pH del cultivo, la reacción violenta era matemática.

En el monitor contiguo, la cámara dos registraba la huida.

Al ver la sangre brotar de la mejilla de la abogada, el tío soltó el cuchillo de carne y corrió hacia las cortinas de terciopelo.

Atravesó el pasillo de servicio a trompicones, jadeando, buscando desesperadamente la salida trasera.

Tras él, el médico agarraba a la antigua novia de su colega por el cuello del vestido carmesí, arrastrándola lejos del caos del comedor, empujándola hacia la penumbra de los pasillos subterráneos de la ruina.

El laberinto estaba abierto.

Las puertas perimetrales de la edificación, de acero oxidado y madera maciza, estaban bloqueadas herméticamente.

Las ventanas de la planta baja habían sido tapiadas con ladrillo y mortero semanas atrás.

Había más de dos mil metros cuadrados transitables en el viejo complejo.

Bodegas, antiguas cámaras frigoríficas, pasillos abovedados que conectaban el antiguo convento con las cocinas.

En la sala principal, la música grabada seguía sonando. Un violonchelo implacable que ahora servía de marcha fúnebre para la dignidad de los que quedaban.

La abogada logró clavar la rodilla en el estómago de la exmujer.

El impacto le sacó el aire a la señora, que aflojó el agarre de la botella rota.

La abogada no perdió un segundo. Se arrastró hacia atrás, escupiendo sangre por un corte profundo en el labio inferior.

Agarró un pesado candelabro de hierro forjado que se había volcado durante la pelea.

Las máscaras habían caído al suelo de piedra y se habían hecho polvo. La exmujer, con el peinado deshecho y el vestido negro manchado de polvo y vino, se levantó tambaleándose.

—Voy a matarte —gruñó la exmujer, escupiendo las palabras—. Voy a vaciarte como me vaciaste a mí.

—Ven y pruébalo —desafió la abogada, blandiendo el candelabro.

El anfitrión apartó la vista del monitor.

Tomó un sorbo de agua de un vaso de cristal liso.

La violencia física directa le resultaba tediosa.

El verdadero castigo no era la muerte, era el proceso de deshumanización.

Era obligarlas a reconocer que no eran damas de la alta sociedad, ni estrategas legales brillantes, sino bestias acorraladas, dispuestas a matar por orgullo y miedo a la verdad.

Pulsó un interruptor en la consola.

En el comedor, la luz de los apliques de la pared izquierda parpadeó y se apagó de golpe, sumiendo la mitad de la inmensa sala en la más absoluta oscuridad.

La exmujer retrocedió instintivamente ante las sombras.

El miedo a lo desconocido paralizó su sed de sangre por una fracción de segundo.

La abogada aprovechó la vacilación. No atacó.

Giró sobre sus talones y corrió hacia el extremo iluminado del comedor, desapareciendo por el umbral de madera podrida que llevaba al ala oeste de las ruinas.

La exmujer quedó sola en el salón principal, respirando agitadamente bajo la mirada atenta de una gran lente angular escondida en la mampostería.