10
El alcohol no empezaba a crear demonios nuevos; simplemente abría las jaulas de los que ya existían.
El hombre en la sala de monitores acariciaba la superficie rugosa de la pirita en su bolsillo.
Sus constantes vitales eran las de un monje en meditación profunda.
No había veneno en el asado ni neurotoxinas en el vino.
Solo había ordenado decantar un Burdeos de mil novecientos ochenta y nueve, robusto, cargado de taninos, y servirlo a un ritmo inexorable.
La química natural del cuerpo humano, combinada con la presión atmosférica del miedo, hacía el resto.
El aislamiento era el catalizador perfecto.
En el comedor, la fachada del médico traidor, del excompañero de trabajo, comenzaba a desmoronarse.
—¿Arrogancia? —repitió el doctor, riéndose a carcajadas.
La risa rebotó en la bóveda de piedra, histérica y cruda—.
El problema de nuestro querido anfitrión no era la arrogancia.
Era la debilidad. Se creía un salvador. Atendía pacientes sin cobrar, cubría mis guardias cuando yo me iba de copas.
Era un blanco fácil. En el hospital todos sabíamos que el escándalo de las recetas falsas venía de la gerencia.
Todos. Pero cuando los inspectores empezaron a husmear, necesitábamos un idiota útil. Y él tenía esa cara de mártir perpetuo.
La abogada dejó de masticar. Sus engranajes mentales, engrasados por años de litigios destructivos, encajaron una pieza que no estaba en el expediente.
—Un momento —dijo ella, apuntando al excompañero con el tenedor—. En el juicio, tú testificaste bajo juramento que encontraste los talonarios en su taquilla. Dijiste que él te confesó el fraude llorando en el vestuario.
El excompañero dio otro trago. La comisura de sus labios estaba manchada de púrpura.
—Y tú cobraste tu bono de trescientos mil dólares por hundirlo frente al juez basándote en mi testimonio, preciosa.
—Se encogió de hombros, perdiendo cualquier rastro de decencia—.
Yo salvé mi carrera. Tú compraste tu apartamento en el centro.
¿Qué más da de quién era la taquilla? Los talonarios aparecieron donde tenían que aparecer.
La exnovia golpeó la mesa con las palmas abiertas. Sus ojos brillaban con una fiebre narcisista, alimentada por el morbo de la confesión colectiva.
—Son todos unos monstruos asquerosos y aburridos —escupió ella, pasándose una mano por el cabello perfecto—.
Ustedes lo destruyeron por dinero. Por ladrillos.
Por papeles. Yo lo destruí simplemente porque podía.
Porque me miraba como si yo fuera el centro de su universo, y eso me daba náuseas.
Le hice creer que el hijo que estaba esperando era suyo.
Y cuando estuvo a punto de proponer matrimonio, con el anillito estúpido en la mano, me fui a una clínica, aborté al bastardo del instructor de tenis y le dije que había sido por su culpa, por el estrés que él me causaba.
¿Saben cómo lloró? Lloró como un animal atropellado.
El silencio cayó sobre la mesa como un bloque de plomo. Hasta la abogada, entrenada para no espantarse ante la miseria humana, sintió un escalofrío en la nuca. El tío se santiguó frenéticamente, murmurando oraciones ininteligibles al plato de jabalí a medio comer.
Eran depredadores encerrados en un pozo, jactándose del tamaño de sus colmillos, ajenos al hecho de que alguien desde arriba ya había encendido la mecha.
Las mentiras fundamentales que sostenían sus vidas —la exmujer como víctima inmaculada, el tío como brazo de la justicia divina, el colega como superviviente pragmático, la abogada como instrumento aséptico de la ley— se estaban desintegrando. Lo que quedaba debajo no era más que podredumbre.
De repente, la exmujer se puso de pie. La silla de caoba chirrió dolorosamente contra las baldosas de piedra de la ruina.
—No voy a soportar un minuto más en esta casa de locos —anunció, agarrando su abrigo de visón de la silla contigua—. Voy a llamar a la policía. Voy a decirles que me tienen retenida contra mi voluntad. Y si tengo que caminar los quince kilómetros descalza para encontrar cobertura, lo haré.
Metió la mano en su bolso de diseñador, buscando el teléfono celular. Su rostro, enrojecido por el vino y la ira, palideció de golpe. Vació el contenido del bolso sobre el mantel. Cosméticos, llaves, un estuche de pastillas. No había teléfono.
El médico frunció el ceño. Se palpó el bolsillo de la chaqueta, luego el del pantalón. La abogada hizo lo mismo con su maletín. El tío revisó su abrigo.
Nada.
Los abrigos y bolsos habían sido recogidos en el guardarropa a la entrada y devueltos antes de la cena. Alguien los había vaciado con la destreza de un carterista invisible. Estaban incomunicados.