LOS INVITADOS DE PIEDRA 9
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El asado de jabalí llegó sobre bandejas de cobre esmaltado, humeante, apetecible; rodeado de tubérculos asados y bañado en una salsa oscura.

Los camareros se movían con una sincronía perturbadora.

No hacían ruido al pisar. Sus rostros eran máscaras de cortesía vacía.

Sirvieron las porciones con pinzas de plata, rellenaron las copas hasta el borde con ese vino espeso y desaparecieron de nuevo en las sombras de la periferia del salón.

La abogada hundió el tenedor en la carne oscura. Estaba tierna, casi deshaciéndose, pero requería masticar con fuerza. El acto físico de comer parecía calmar el temblor imperceptible de sus manos.

—Si él está detrás de esto —dijo ella, masticando despacio, con la mirada fija en el centro de la mesa—, ha cometido un error de cálculo monumental. Secuestro, privación ilegítima de la libertad, fraude. Le costará los años de vida que le quedan en una prisión federal.

—¿Prisión? —La antigua novia soltó una risa nasal, llevándose la copa a los labios pintados.

El carmesí de su boca manchó el cristal de Bohemia—.

Por favor. Míranos. Estamos comiendo jabalí en una mesa que cuesta más que tu coche.

Nadie nos ha atado a las sillas. Podríamos levantarnos y salir por esa puerta ahora mismo.

—Hazlo, entonces —la desafió la exmujer, clavando los codos en la mesa, olvidando por completo sus modales de alta sociedad—. Levántate, camina por la grava en la oscuridad quince kilómetros con esos tacones de aguja. A ver hasta dónde llegas antes de que se te rompan los tobillos o la cabeza.

El médico excompañero se pasó una mano por el rostro.

Sudaba. El comedor estaba frío, las paredes de piedra exudaban humedad, pero él sentía un calor radiactivo naciendo en la base del estómago y trepando por su esófago.

El vino operaba como un disolvente industrial sobre el barniz de su autocontrol.

—No entiendo la hostilidad —dijo él, forzando esa sonrisa de relaciones públicas, aunque ahora parecía una mueca grotesca, el rictus de un animal acorralado—.

Todos fuimos citados con engaños, sí. Es una broma pesada.

Una rabieta de un hombre que no supo aceptar que el mundo seguía girando sin él.

Si mantenemos la calma, cenamos, bebemos este vino excepcional y esperamos a que el idiota aparezca para soltar su discurso de perdedor o para mostrarnos que triunfó y que se levantó de nuevo en la vida a pesar de nosotros, podremos irnos a casa a dormir.

El tío carraspeó. Tenía la mirada vidriosa. La rectitud moral de su postura había colapsado, y ahora estaba encorvado sobre el plato, sosteniendo el cuchillo con demasiada fuerza.

—No deberíamos estar aquí sentados juntos —murmuró el anciano, señalando a la exmujer con la punta del cuchillo embarrado en salsa—.

Yo soy un hombre temeroso de Dios. Hice lo que la justicia divina me exigía.

Protegí a los vulnerables. Usted... usted es una ramera babilónica que le vació los bolsillos mientras él agonizaba en el suelo.

La exmujer se puso rígida. Su rostro, habitualmente una máscara de porcelana inescrutable, se contrajo en una expresión de pura ferocidad.

—¿Justicia divina? —siseó, inclinándose hacia adelante, ignorando la carne en su plato—.

Eres un viejo parásito miserable. Usaste a un pobre diablo, a un paciente psiquiátrico que apenas podía atarse los zapatos, para inventar una demanda de negligencia.

Querías sacarle la clínica. Querías los terrenos.

No me hables de moralidad, pedazo de escoria, que yo leía las cartas que le mandabas extorsionándolo.

—¡Era lo justo! —gritó el tío, golpeando la mesa con el puño. Las copas temblaron—. ¡El muchacho, mi sobrino, estaba corrompido! ¡Alguien tenía que detener su arrogancia!

La música ahogó el eco del golpe. El violonchelo gemía, trazando una melodía espiral que parecía arrastrarse por las paredes de mampostería.

En la oscuridad, al otro lado de la lente de cristal de una cámara incrustada en el candelabro, un ojo clínico registraba cada gota de sudor, cada pupila dilatada, cada vena palpitante en el cuello del anciano.