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El comedor era una contradicción que mareaba los sentidos.
Las paredes conservaban las cicatrices del colapso: ladrillos desmenuzados, manchas de humedad con forma de continentes negros, raíces gruesas que habían perforado la mampostería buscando la luz muerta.
Sin embargo, en el centro exacto de la inmensa estancia, descansaba una mesa de caoba maciza, pulida hasta convertirse en un espejo oscuro.
Sobre ella, cristalería que captaba la luz de los candelabros, cubiertos de plata pesada y servilletas de lino dobladas con precisión militar.
El sexteto de cuerdas tocaba en una plataforma elevada en la esquina más oscura del salón.
La acústica era perturbadoramente perfecta.
Al principio parecía una simple balada instrumental, pero pronto los densos acordes revelaron su verdadera identidad: un arreglo lúgubre de Hotel California de The Eagles.
Cuando los instrumentos bajaron su intensidad, una voz grabada y rasposa resonó desde los altavoces ocultos, rebotando contra la piedra de la bóveda para susurrar una advertencia que pareció burlarse directamente de los cinco comensales: "You can check out any time you like, but you can never leave".
Nadie pareció entender.
Los cinco tomaron asiento guiados por tarjetas nominales escritas con caligrafía gótica. No había nadie en la cabecera. La silla principal, de respaldo más alto y madera más oscura, estaba vacía.
Un regimiento silencioso de camareros apareció de las sombras.
Vertieron un líquido espeso, oscuro y violáceo en las copas de cristal.
No preguntaron. No ofrecieron agua. Inmediatamente después, comenzaron a servir el primer plato: finas láminas de carne cruda macerada, rodeadas de gotas de aceite oscuro y esferas que parecían perlas de sangre.
El tío fue el primero en rodear el tallo de la copa con sus dedos temblorosos. No bebió. Miró fijamente a la exmujer de su sobrino, que estaba sentada frente a él, destrozando la servilleta de lino bajo la mesa con las uñas.
La comida y el servicio eran de una finura extrema. El aroma que desprendía el plato era embriagador, digno de un restaurante con estrellas Michelin, creando un contraste grotesco con la tensión que ya envenenaba el aire.
—Quiero saber quién está organizando esto —dijo la abogada, apoyando los codos sobre la caoba.
Su voz, acostumbrada a dominar salas de juntas y tribunales, sonó extrañamente frágil bajo la inmensidad del techo abovedado—.
Si esto es un truco para reabrir algún tipo de litigio, les advierto que la intimidación es un delito penal.
—¿Litigio? —El médico soltó una carcajada seca, carente de humor.
Tomó un sorbo largo de vino. Le quemó la garganta, dejándole un regusto a madera vieja—.
Por Dios, no seas paranoica. Alguien nos está gastando una puta broma.
Nuestras invitaciones... ninguna coincide.
A mí me llamaron por un puesto en un fondo de inversión.
—A mí me citó un notario para una herencia —murmuró el tío, bajando la cabeza como si el plato de carne frente a él escondiera la respuesta.
La antigua novia se recostó en la silla, cruzando las piernas, dejando que el vestido rojo revelara más piel de la necesaria.
—Yo vine a una fiesta privada. Exclusiva —dijo, arrastrando las palabras. Miró a los demás con un desdén mal disimulado—. Aunque viendo la lista de invitados, el nivel ha caído bastante.
La exmujer clavó sus ojos en ella. Había en su mirada un desprecio letal, el reconocimiento de otra depredadora en su mismo territorio.
—Nadie nos convocó por negocios ni por herencias —dijo la exmujer, su voz temblando con una mezcla de furia y una incipiente, aunque inconfesable, aterrorizada lucidez—. Nos convocaron porque todos compartimos una cosa. O mejor dicho, a una persona.
El silencio regresó, cortado únicamente por la fricción de los arcos sobre las cuerdas de tripa y el choque ocasional de un cubierto de plata contra la porcelana.
Ninguno quería pronunciar el nombre en voz alta.
Hacerlo sería conjurar a un fantasma, admitir que el pasado no estaba tan muerto y enterrado como habían acordado fingir.
—Él no tiene los recursos para montar este teatro —dijo la abogada, negando con la cabeza rápidamente, como si quisiera expulsar el pensamiento—. Lo dejé en la ruina absoluta. Le embargué hasta el último centavo. Perdió la licencia. Es imposible.
—Quizás encontró a alguien más a quien chuparle la sangre —sugirió la exnovia, levantando su copa—. Es un maestro en dar pena. Seguro convenció a algún millonario excéntrico de que era un mártir.
El médico miró el líquido en su copa. El vino era extraordinario.
Demasiado complejo, demasiado estructurado para ser una simple bebida de cortesía.
Sintió un calor inusual subiendo por su cuello, una relajación en los músculos de la mandíbula que no tenía que ver con la tensión del momento, sino con una química invisible operando en su torrente sanguíneo.
—Si él está aquí —intervino el tío, apoyando las dos manos sobre la mesa como si se dirigiera a sus feligreses—, deberíamos exigir su presencia de inmediato. No tenemos por qué soportar este circo. Somos personas honorables.
Nadie lo corrigió, pero en el fondo de los ojos de la abogada, de la exmujer, del colega médico traidor y de la amante narcisista, brilló la misma chispa de hipocresía.
Sabían perfectamente lo que habían hecho.
Sabían cómo habían torcido la verdad, cómo habían falsificado los detalles, cómo habían pisado el cuello de aquel hombre para elevarse ellos.
Se habían mentido durante tanto tiempo que se creían sus propias ficciones. Y el anfitrión, observándolos desde las cámaras ocultas con una piedra de ámbar apretada en el puño, sabía que la única manera de destruirlos no era matándolos.
Era obligándolos a mirarse en el espejo, despojados de sus disfraces.
El primer plato fue retirado casi sin haber sido tocado.
Los camareros reaparecieron, vertiendo más de aquel vino espeso en las copas, moviéndose como sombras.
La noche recién comenzaba, y el aire en el comedor empezaba a volverse tóxico, cargado de sospechas cruzadas y un miedo sordo, subterráneo, que amenazaba con devorarlos a todos.