7
La grava crujió bajo los neumáticos con un sonido áspero que rompió el silencio del páramo.
El médico frenó su todoterreno y apagó el motor, dejando que la oscuridad del exterior se tragara los faros de xenón.
Miró a través del parabrisas. A quince kilómetros de la ciudad, en medio de un descampado sin farolas ni asfalto, se alzaba la estructura.
Parecía el cadáver de un monasterio o una vieja fábrica textil hundida en la tierra.
Solo el resplandor amarillento que se filtraba por las grietas de las ventanas delataba que había vida en su interior.
Comprobó su reloj. Las nueve en punto. La exactitud era el primer requisito de los negocios serios.
Abrió la puerta y el frío le golpeó el rostro.
Se abotonó la chaqueta del traje y caminó hacia la entrada principal, flanqueada por dos enormes puertas de roble tachonadas con hierro.
Antes de que pudiera tocar el picaporte, el motor de otro vehículo rompió la quietud.
Un sedán oscuro, modesto pero bien pulido, se detuvo a pocos metros.
De él descendió un hombre mayor, peinado con una raya lateral impecable y un abrigo de lana cruzado.
El tío cerró la puerta de su coche con suavidad y alzó la vista.
Los dos hombres se cruzaron las miradas.
El doctor frunció el ceño imperceptiblemente.
No lo conocía, pero había algo en la postura del viejo que no encajaba con una junta de inversores de capital riesgo.
—Buenas noches —saludó el tío, con esa amabilidad eclesiástica que llevaba pegada al rostro como una máscara—. Un lugar peculiar para una lectura de testamento, ¿no le parece?
El médico detuvo su mano a milímetros de la madera.
—¿Testamento? —Su voz fue cautelosa, entrenada para no regalar información—. Creo que hay un error. Vengo a una reunión corporativa.
Antes de que la confusión pudiera echar raíces, el crujido de la grava anunció dos llegadas casi simultáneas.
Un taxi frenó bruscamente detrás de ellos, seguido a los pocos segundos por un sedán oscuro de servicio privado.
Del asiento trasero del taxi bajó la exmujer, envuelta en su vestido negro y un abrigo de visón, exhalando un aire de impaciencia.
Del sedán emergió la abogada, aferrando su maletín de cuero con los nudillos blancos, sus tacones hundiéndose ligeramente en la tierra húmeda.
El silencio que siguió fue denso, pesado como el plomo.
La abogada reconoció a la exmujer de inmediato. Su mente fotográfica recuperó los folios del divorcio, las horas de interrogatorios ensayados, el olor a perfume caro que la mujer emanaba en los pasillos del juzgado.
—Tú —dijo la abogada, con una frialdad cortante que partió el aire de la noche.
La exmujer parpadeó, perdiendo por un segundo la compostura de su personaje de viuda acaudalada a punto de conocer a su pretendiente.
—¿Qué haces tú aquí? —escupió la exmujer, mirando a la abogada y luego, girando la cabeza, al médico, excompañero de su exmarido, a quien también había visto testificar en aquel mismo tribunal.
El tío, que hasta ese momento se mantenía al margen, dio un paso atrás, agarrando instintivamente la solapa de su abrigo. Él también los reconocía. A todos ellos. Sus rostros eran fantasmas de un proceso judicial que creía enterrado, capítulos de un libro cerrado. El estómago se le contrajo.
La exmujer y el anciano tío jamás se habían soportado.
Durante los años que duró el matrimonio, se habían tolerado apenas como dos naciones enemigas obligadas a compartir una frontera fría.
Al chocar sus miradas en la penumbra del páramo, hubo un destello fugaz de extrañeza, un cortocircuito en el aire helado.
No cruzaron palabra. Se limitaron a intercambiar un levísimo movimiento de cabeza, un saludo microscópico y de mero compromiso, cargado de un asco visceral que ninguno de los dos se molestó en disimular.
—Esto es... esto es absurdo —murmuró el médico, retrocediendo hacia su todoterreno. El instinto de supervivencia le gritaba que volviera al volante y no mirara atrás.
Pero en ese instante, el ruido de un motor revolucionado anunció una última llegada.
Un deportivo rojo patinó ligeramente sobre la grava antes de detenerse de golpe.
La puerta se abrió hacia arriba. La antigua novia bajó del asiento del conductor.
Llevaba el vestido carmesí pegado al cuerpo y una expresión de aburrimiento ensayado que se desintegró en cuanto vio al grupo reunido frente a las puertas de madera.
Nadie habló durante diez largos segundos. Las cinco piezas del rompecabezas estaban sobre la mesa, mirándose unas a otras, intentando comprender cómo habían encajado. Todos compartían un único denominador común. Un solo nombre.
Las pesadas puertas de roble se abrieron hacia adentro con un gemido largo y quejumbroso.
En el umbral, iluminado por la luz cálida de decenas de velas, apareció el maître. Su postura era rígida, sus manos enfundadas en guantes blancos reposaban a los lados de su cuerpo.
—Bienvenidos —su voz resonó hueca en el vestíbulo de piedra—. La mesa está servida. Si son tan amables de seguirme.
Nadie quería entrar, pero la inercia del ego y la imposibilidad de mostrar debilidad frente a los demás pesaba más que el instinto.
La exmujer fue la primera en cruzar el umbral, con la barbilla en alto, decidida a exigir una explicación.
Los demás la siguieron, arrastrados por una fuerza de gravedad invisible, cruzando la línea que separaba el mundo exterior de la jaula.