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El filo del cuchillo de acero al carbono atravesó la fibra muscular con una facilidad obscena. No hubo sonido, solo la separación de la carne oscura sobre la tabla de roble masivo.
El hombre de cincuenta y cuatro años no parpadeó.
Mantuvo la presión constante de la hoja, calculando el grosor de cada corte con la precisión de un anatomista.
La cocina improvisada era una isla de acero inoxidable y luces quirúrgicas incrustada en las entrañas de una ruina.
A su alrededor, las paredes de piedra desnuda, carcomidas por décadas de abandono, se alzaban hacia un techo de vigas de madera expuestas de donde colgaban candelabros de hierro forjado.
El aire estaba saturado con el aroma denso de una reducción de vino tinto, romero magullado y médula ósea asándose a fuego lento.
Dejó el cuchillo a un lado y se secó las manos en un paño de lino inmaculado.
Metió la mano derecha en el bolsillo del pantalón de sastre y sus dedos encontraron los bordes ásperos de un fragmento de pirita, junto a la superficie pulida de una resina de ámbar.
Hizo rodar las piedras entre el pulgar y el índice.
Un ancla táctil. Un recordatorio físico de la gravedad y del tiempo.
Había invertido tres años en planificar aquella noche, tres años de silencio absoluto, tejiendo hilos en la oscuridad mientras ellos vivían sus vidas al sol, convencidos de su propia impunidad.
A quince metros de distancia, más allá de unas pesadas cortinas de terciopelo burdeos que separaban la zona de preparación del comedor principal, un violonchelo emitió una nota larga y gutural.
Estaban afinando. Había contratado a un sexteto de cuerdas del conservatorio estatal, exigiéndoles contratos de confidencialidad y pagándoles el triple de su tarifa habitual.
No tocarían Mozart ni Vivaldi. Mientras revisaba el brillo de las copas de cristal de Bohemia, la melodía comenzó a tomar forma.
Era un arreglo lúgubre, denso y arrastrado de un viejo himno de rock de los años setenta.
Las guitarras eléctricas distorsionadas habían sido reemplazadas por la fricción de la cerda sobre las cuerdas de tripa, dándole a la pieza una cualidad fúnebre, casi asfixiante.
Se acercó a un panel de control oculto tras una columna de mampostería desmoronada.
En las pantallas planas, parpadeaba la señal en directo de dieciséis cámaras de alta definición empotradas en los rincones más ciegos del edificio.
El comedor. Los pasillos angostos. La antigua bodega subterránea.
El patio trasero devorado por la maleza.
Todo el tablero de ajedrez estaba iluminado.
No sentía rabia. La rabia era una emoción vulgar, un fuego que quemaba rápido y dejaba ciego al que lo portaba. Lo que él albergaba en el pecho era algo mucho más frío, una paciencia geológica.
Revisó los cinco sobres de papel verjurado apilados meticulosamente sobre una bandeja de plata.
No había veneno en la comida. No había trampillas en el suelo.
Su única arma iba a ser la arquitectura psicológica de sus invitados.
Ellos mismos traerían la soga; él solo se encargaba de colgarla de la viga adecuada.
Hizo una señal al maître, un hombre mayor de rostro inexpresivo que cobraba por horas y por su incapacidad para hacer preguntas.
—Que se sirva el vino tan pronto como se sienten —dijo, con un tono de voz que apenas superaba el volumen de un susurro.
El maître asintió y desapareció hacia el salón. El hombre volvió a meter la mano en el bolsillo, rozando el ámbar. La primera fase había terminado. La máquina estaba encendida. Ya no había forma de detener los engranajes.