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Se ajustó el nudo de la corbata frente al espejo retrovisor del coche.
Mostró los dientes. Blancos, perfectamente alineados, una sonrisa que había practicado hasta convertirla en un reflejo involuntario.
Era la sonrisa de un buen tipo. Del amigo de todos.
Del hombre que te sujeta la puerta en el ascensor, que recuerda el nombre de tu perro y que te invita a la primera ronda de cervezas.
Arrancó el motor del todoterreno alemán, sintiendo la vibración contenida del motor de seis cilindros. Le gustaba ese coche. Le gustaba lo que decía de él.
Salió del garaje subterráneo de su edificio residencial y se incorporó al tráfico.
Puso un podcast sobre estrategias de inversión agresivas a un volumen bajo, casi como un murmullo de fondo.
Conducía con una mano, relajado. Nunca levantaba la voz.
Nunca se peleaba en público. Su método era mucho más sutil, mucho más higiénico.
Pensó en su antiguo compañero de trabajo.
En aquel médico callado que preparaba estofados de cocción lenta y escuchaba cintas de casete y discos de vinilo de los setenta.
Habían sido cercanos, o al menos eso creía el otro.
Compartían guardias, confidencias de pasillo, alguna que otra copa en el apartamento del médico, que siempre olía a madera y vino.
Pero cuando llegó el momento de la verdad, cuando la junta directiva del hospital empezó a buscar cabezas para cortar después del escándalo y las demandas, él no dudó. No fue un acto de maldad pura, se decía a sí mismo mientras tomaba el desvío hacia la autopista. Fue pura supervivencia darwiniana.
Él sabía que el médico era inocente de las peores acusaciones, pero también sabía que defenderlo significaba hundirse con él en el barro.
Así que se hizo a un lado. Y luego, cuando le ofrecieron el puesto que dejó vacante, cuando le insinuaron que un testimonio suyo sobre la "inestabilidad emocional" de su compañero ayudaría a limpiar la imagen del hospital, firmó el papel.
Soltó la cuerda y dejó que su amigo cayera al vacío.
No había odio en ello. Eran simples matemáticas. Alguien tenía que perder para que otro ganara.
El GPS del teléfono iluminó el habitáculo del coche.
Le marcaba una ruta hacia el norte, alejándose de las luces de la ciudad.
La pantalla mostraba el correo electrónico que lo había convocado.
Un fondo de inversión de capital riesgo.
Querían un director médico para una nueva red de clínicas privadas de lujo.
El perfil que buscaban encajaba con el suyo al milímetro.
La reunión era esa noche, una cena privada para los miembros fundadores en una localización discreta.
Aceleró, dejando atrás los últimos edificios de las afueras. La carretera se volvió estrecha y oscura, rodeada de campos vacíos. Ajustó el retrovisor una vez más. Se veía bien. Se veía como un hombre que estaba a punto de comerse el mundo.