11
El pánico es un gas pesado. Se acumula cerca del suelo, sube por las piernas, aprieta los pulmones y finalmente estrangula la garganta.
La abogada se levantó bruscamente. Sus instintos reptilianos le gritaban que corriera. Giró sobre sus talones y caminó rápido hacia las cortinas de terciopelo burdeos que separaban el comedor del resto de las ruinas. Las apartó de un tirón violento.
Al otro lado no había camareros. No había maître.
No había rastros de la cocina. Solo un pasillo largo, de piedra oscura y desnuda, iluminado por antorchas parpadeantes que proyectaban sombras alargadas como garras.
Las estaciones de servicio de plata estaban abandonadas.
Las bandejas sucias yacían apiladas en un rincón. El personal se había evaporado.
—Se han ido —dijo la abogada, retrocediendo hacia la mesa, su voz apenas un crujido seco en la inmensidad del salón—. No hay nadie.
En ese preciso instante, la música sufrió una alteración grotesca.
El sexteto de cuerdas atacaba el clímax del viejo arreglo de rock clásico, los arcos aserrando las cuerdas con una ferocidad casi dolorosa.
Pero entonces, el primer violinista se puso de pie.
Bajó el instrumento. No hizo ruido. El chelista le siguió.
Uno a uno, los seis músicos vestidos de frac se levantaron, guardaron sus instrumentos en los estuches acolchados, cerraron los pestillos metálicos y comenzaron a bajar de la tarima.
Pero la música no se detuvo.
El violonchelo seguía gimiendo desde los altavoces de alta fidelidad ocultos entre los ladrillos rotos, rebotando en el techo abovedado con una claridad ensordecedora, imposible, antinatural. Los músicos cruzaron el comedor sin mirar a los cinco comensales. Eran fantasmas cumpliendo un horario.
—¡Oigan! ¡Esperen! ¿Cómo salimos de aquí? —gritó el médico, saliendo por fin de su estupor. Corrió hacia ellos, desesperado por encontrar la ruta de escape.
Pero los músicos no se inmutaron. Parecían sordos, blindados por sus contratos de confidencialidad.
El último de ellos, el chelista, empujó una pesada puerta lateral de servicio.
El médico excompañero corrió hacia el umbral, pero llegó un segundo tarde.
La puerta se cerró de golpe tras los músicos con un chasquido sordo, seguido inmediatamente por el clac metálico y definitivo de un cerrojo electromagnético bloqueando la cerradura.
El médico tiró de la manija de acero con todas sus fuerzas, pero fue inútil. La puerta era un bloque macizo, incrustado y sellado en el muro de piedra.
Los invitados se quedaron petrificados, observando al médico forcejear inútilmente contra la salida bloqueada, mientras la sonata maldita de Hotel California seguía llenando el aire, burlándose de sus sentidos. Todo había sido un decorado.
El aislamiento no era una contingencia.
Antes de que alguien pudiera articular una palabra, las puertas principales del comedor se abrieron.
No era ninguno de los camareros. Era el viejo maître.
Caminaba lento, arrastrando los pies sobre las baldosas.
No traía platos limpios ni botellas de licor.
Llevaba en las manos enguantadas una bandeja de plata maciza.
Se detuvo en el extremo de la mesa, justo frente a la silla vacía de la cabecera.
Con movimientos mecánicos, carentes de cualquier emoción humana, el anciano tomó cinco sobres de papel verjurado, sellados con lacre negro. Los distribuyó frente a cada invitado, colocándolos exactamente sobre los platos manchados de salsa y sangre de jabalí.
No pronunció una sola sílaba. Hizo una reverencia profunda, rígida, giró sobre sus talones y caminó hacia la enorme puerta de roble por la que habían entrado al principio de la noche.
Salió al vestíbulo.
Segundos después, el sonido metálico e inconfundible de un cerrojo industrial encajando en su ranura resonó a través de las paredes. Luego, otro más pesado. Y el giro de una llave que caía como una sentencia de muerte.
El eco del cerrojazo fue devorado por la música grabada. Estaban encerrados desde fuera.
Nadie se movió. Los cinco pares de ojos estaban fijos en la bandeja, en los cinco sobres idénticos que descansaban frente a ellos. Tenían sus nombres escritos en tinta negra, caligrafía perfecta, afilada como un bisturí.
La exmujer fue la primera en alargar los dedos temblorosos.
Rompió el lacre negro con la uña. El papel crujió con sequedad.
Extrajo la única hoja que había en el interior.
No era una carta. Era una copia fotostática de alta resolución de un extracto bancario y un intercambio de correos electrónicos.
Sus ojos recorrieron las cifras y las fechas. El aire abandonó sus pulmones como si le hubieran propinado un golpe directo al esternón.
Lentamente, levantó la vista del papel y clavó sus pupilas en la abogada. Ya no había altivez en su rostro. Solo un odio puro, destilado, cristalizado en un segundo de absoluta claridad.
Los demás comenzaron a rasgar sus propios sobres. El banquete había terminado.