LOS INVITADOS DE PIEDRA 2
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El crucifijo de plata colgaba torcido en la pared del pasillo. Lo enderezó con el índice antes de tomar el abrigo de lana.

Siempre hacía lo correcto. Su conciencia era una habitación limpia y ordenada, barrida a diario por la escoba de la superioridad moral.

Si alguien en el barrio necesitaba un consejo, acudían a él.

Si el párroco pedía donaciones, él era el primero en meter la mano en la billetera. Era un hombre intachable.

Excepto con su sobrino.

Pero aquello, se dijo mientras bajaba las escaleras, había sido un acto de justicia divina.

El muchacho se había desviado del camino.

Había que darle una lección. Utilizar a aquel paciente para hundirlo en los tribunales no fue un acto de crueldad.

Fue cirugía. Se extirpa el tumor para salvar el resto del cuerpo.

Tocó el bolsillo interior de su chaqueta.

La carta crujió. Una misiva oficial lo citaba en una propiedad a las afueras de la ciudad.

El asunto: la lectura de un testamento y la toma de posesión de una finca.

Un pariente lejano, al parecer. No había remitente claro, pero el sello notarial parecía auténtico.

Sonrió. Dios siempre premiaba a los justos. El patrimonio terrenal era solo un reflejo de la gracia celestial. Arrancó el coche, repasando mentalmente a qué precio podría lotear y vender la tierra que estaba a punto de heredar.