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El vestido negro era una prenda y al mismo tiempo era una armadura.
Se miró en el espejo de cuerpo entero y ajustó el escote.
Años de matrimonio con un miserable la habían dejado exhausta, o al menos ese era el guion que recitaba de memoria en las cenas de beneficencia.
Se había convencido tanto de su propia mentira que a veces hasta lloraba lágrimas reales frente a sus amigas.
Una víctima. Eso era. Una mujer fuerte que escapó de las garras de un tirano.
Alisó la seda sobre las caderas. Estaba impecable. El carisma era su herramienta principal; la manipulación, su talento natural. Nunca pedía perdón porque, en su mente, jamás cometía un error.
Sobre la cama descansaba la carta. Un sobre de papel verjurado, pesado. La invitación era escueta, elegante. Un encuentro privado con un empresario viudo, recién llegado de Europa. Alguien que buscaba compañía exclusiva. Alguien que, según las sutiles pistas del texto, nadaba en dinero.
Se aplicó lápiz labial carmesí. Las víctimas merecían una recompensa. Merecían que la vida les pagara la deuda con intereses. Apagó la luz del dormitorio y cerró la puerta, convencida de que esa noche alguien iba a caer a sus pies.