LOS INVITADOS DE PIEDRA
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Prólogo
Los escalones del juzgado eran de granito duro. Fríos bajo las suelas gastadas. El hombre cruzó la puerta giratoria y salió a la calle, pero ya estaba muerto. Lo habían descuartizado ahí dentro, en la sala número cuatro, a golpe de martillo y sentencias.
Había perdido la licencia médica. El respeto. El dinero de tres décadas de trabajo. La mujer que dormía a su lado. Todo devorado por un mecanismo legal diseñado para masticar carne y escupir huesos.
Caminó sin sentir las rodillas. La ciudad a su alrededor era un borrón de ruido y motores, pero en su cabeza solo había un zumbido constante.
Entró en una tienda de licores. El local olía a polvo y madera húmeda.
Fue directo a la vitrina bajo llave. Señaló una botella francesa, de una cosecha que costaba lo mismo que el alquiler de un año.
El dependiente lo miró de arriba abajo, dudando. El hombre sacó el último fajo de billetes que le quedaba en el bolsillo y lo dejó sobre el mostrador de cristal.
—Una buena noche para celebrar —dijo el vendedor, forzando una sonrisa nerviosa mientras envolvía el cristal oscuro.
El hombre tomó la botella por el cuello. La apretó hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
No iba a abrirla.
No para celebrar.
Para esperar.