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El espejo del baño tenía una grieta fina en la esquina superior izquierda, una imperfección que ella detestaba porque distorsionaba la línea recta de los azulejos de mármol que había detrás.
Llevaba cuarenta minutos frente al cristal.
El grifo goteaba. Una gota lenta, pesada.
No hizo el menor intento por cerrarlo. Le gustaba el sonido rítmico, era como un metrónomo marcando el tiempo que el resto del mundo pasaba esperándola.
La luz blanca de los focos halógenos le daba a su piel un tono de porcelana dura.
Abrió un frasco de cristal esmerilado y hundió la yema del dedo índice en una crema que costaba más de lo que ganaba el portero de su edificio en dos meses.
Se la aplicó en el cuello, justo donde la mandíbula se encontraba con la clavícula.
Lo hizo despacio, observando cómo la carne cedía a la presión.
Necesitaba que la miraran. No era un capricho, era una condición biológica.
Si entraba en una habitación y los ojos no convergían en ella, sentía que se ahogaba, que sus bordes se difuminaban hasta desaparecer.
El teléfono vibró sobre la repisa de granito.
La pantalla se iluminó mostrando el nombre de un hombre con el que había cenado la noche anterior.
Lo ignoró. El silencio de su desprecio era su forma favorita de ejercer poder.
Confundía rutinariamente esa sumisión ajena con afecto.
Si la deseaban hasta arrastrarse, significaba que valía algo.
Se perfiló los labios. Rojos. Como una herida abierta.
Pensó, de manera fugaz y casi molesta, en el médico.
Había pasado mucho tiempo, pero a veces su memoria regurgitaba su rostro.
No con culpa, por supuesto. La culpa era un sedimento que se acumulaba en las almas pequeñas, y ella consideraba que la suya era vasta, inabarcable.
Lo recordaba porque romper a un hombre tan estructurado, tan predecible y aburrido en su decencia, había sido un triunfo.
Él le había ofrecido una devoción callada, de esas que asfixian.
Le preparaba cenas, le hablaba con un tono bajo, coleccionaba aquellas ridículas piedras que guardaba en los bolsillos como si tuvieran algún peso en el mundo real.
Ella necesitaba ruido. Fuego. Así que encendió el fósforo.
Lo usó hasta que no quedó nada útil en él, le sacó todo el jugo a su estatus, a sus contactos, a su cuenta bancaria, y luego lo dejó caer, asegurándose de que la caída hiciera el mayor ruido posible.
Las mentiras que dijo sobre él después fueron solo el toque de gracia.
Había que justificar el abandono, construir una narrativa donde ella fuera la cautiva que escapa de la torre.
Terminó con el maquillaje y caminó descalza hacia el dormitorio. El suelo de madera crujió bajo su peso. Sobre la colcha de seda descansaba la tarjeta negra. Letras doradas, en relieve. La había recibido por correo privado, entregada en mano por un mensajero de traje oscuro.
«Una velada íntima. Para aquellos que no se conforman con lo ordinario. Se requiere su presencia exclusiva».
No había firma, solo las coordenadas de un lugar a las afueras y la insinuación de que detrás de esa invitación había alguien con recursos ilimitados, alguien que la había estado observando desde lejos, fascinado.
Sonrió. Deslizó el vestido rojo por sus caderas, ajustándolo hasta que le cortó un poco la respiración.
Se miró una última vez. Estaba armada. Estaba lista para cobrar la adoración que el universo le debía.