Epílogo #2
—Anuki —murmuró finalmente—. Hay algo que quiero preguntarte.
Levanté la mirada. Su expresión había adquirido una seriedad diferente.
—Te escucho.
—Cuando te pedí que consideraras quedarte en la Tierra, sabía que estaba proponiéndote algo importante. No tenía ninguna garantía de que nuestra relación funcionara ni de que pudiéramos construir una vida juntos. Solo sabía que quería intentarlo.
Asentí.
—Lo recuerdo.
—Durante estos meses he descubierto que disfruto mucho más de tu compañía de lo que imaginaba.
Me gusta regresar al apartamento y encontrarte leyendo junto a los ventanales.
Me gusta escucharte hablar de tus pacientes, verte entusiasmarte con un descubrimiento y saber que puedo compartir contigo las cosas que me preocupan.
Sonreí, ligeramente avergonzada por la atención con la que recordaba mis costumbres.
—También me gusta que hayas construido una vida propia aquí —continuó—. No quiero que tu mundo se reduzca a mí, Anuki. Quiero formar parte de él.
Lo observé detenidamente.
—Ya formas parte de él.
Su expresión se suavizó.
—Entonces me gustaría que dejáramos de considerar lo nuestro solamente como una posibilidad.
Permanecí inmóvil durante un instante.
—¿A qué te refieres?
Aethor tomó mi otra mano.
—A que quiero estar contigo. No solamente compartir un apartamento o pasar tiempo juntos. Quiero que construyamos una relación, que nos conozcamos de verdad y que descubramos qué podemos llegar a ser el uno para el otro.
Lo escuché sin apartar la mirada. Durante nuestra convivencia habíamos compartido momentos felices, conversaciones difíciles y decisiones que afectaban nuestras vidas. Sin embargo, nunca habíamos expresado de manera tan clara lo que deseábamos construir.
—Me gusta nuestra vida juntos —respondí—. Incluso las cosas que todavía estamos aprendiendo a resolver.
Aethor sonrió.
—¿Como mis horarios?
—Tus horarios, tu costumbre de dejar libros abiertos en cualquier lugar y la manera en que insistes en seguir recetas que después modificas por completo.
Soltó una carcajada.
—Pensé que estábamos teniendo una conversación romántica.
—Lo estamos.
—Tienes una forma particular de demostrarlo.
Me acerqué un poco más.
—Me gusta regresar al apartamento y saber que estarás allí. Me gusta escucharte hablar de Vaeloria y descubrir cosas que no conocía de ti. También me gusta que puedas estar en desacuerdo conmigo sin intentar cambiar mi manera de pensar.
Aethor me observaba con una sonrisa tranquila.
—Cuando llegué a la Tierra, estaba convencida de que mi misión consistía en comprender los vínculos sin involucrarme en ellos —continué—.
Después conocí personas que se volvieron importantes para mí y descubrí que no podía observar todas las relaciones desde la distancia.
Contigo he aprendido algo más: que quiero construir una relación, no solamente comprender cómo funciona.
Sus ojos adquirieron una ternura que me conmovió.
—Entonces, ¿qué dices?
Sonreí.
—Que también quiero estar contigo, Aethor.
Dejó escapar una pequeña risa de alivio y acarició suavemente mi mejilla. Sus ojos adquirieron aquella tonalidad plateada que tanto me había intrigado cuando todavía desconocía su verdadera identidad. Los reflejos dorados brillaron bajo la luz de la Luna.
Me incliné hacia él y lo besé. Aethor respondió rodeándome con sus brazos. Cuando nos separamos, apoyó su frente contra la mía.
—Creo que esta ha sido mi noche favorita desde que llegué a la Tierra —murmuró.
Sonreí.
—¿Incluso más que aquella en la que descubriste una nueva técnica médica?
—Muchísimo más.
—Eso resulta sorprendente para un científico.
—Estoy comenzando a cuestionar algunas de mis prioridades.
Reí y volví a acomodarme entre sus brazos.
Después de un rato, Aethor me propuso caminar.
Dejamos nuestras cosas sobre la manta y avanzamos descalzos junto al agua.
Las olas borraban nuestras huellas pocos segundos después de que las dejáramos sobre la arena.
La Luna se reflejaba en el océano y, sobre nosotros, las estrellas permanecían visibles con una claridad que rara vez encontraba en la ciudad.
Aethor se colocó detrás de mí y me rodeó suavemente la cintura. Apoyé las manos sobre las suyas.
—¿En qué piensas? —preguntó cerca de mi oído.
—En que he pasado mucho tiempo intentando comprender por qué los humanos necesitan compartir sus vidas.
—¿Y has encontrado la respuesta?
Observé el horizonte.
—He encontrado varias. Pero ahora me interesa algo que no había incluido en mis preguntas iniciales.
—¿Qué cosa?
—Cómo se construye una relación después de que dos personas deciden estar juntas. No solamente el momento en que se enamoran, sino todo lo que viene después.
Aethor depositó un beso sobre mi cabello.
—Eso parece una investigación bastante extensa.
—Probablemente.
Me volví para mirarlo.
—¿Estás dispuesto a participar?
Sonrió.
—Con mucho gusto.
—Deberíamos establecer algunos objetivos.
—Ya he pensado en varios.
Levanté las cejas.
—Te escucho.
Aethor fingió reflexionar.
—Descubrir cuántos amaneceres podemos contemplar juntos, cuántos lugares podemos conocer y cuántas veces conseguiré hacerte reír antes de que intentes explicarme científicamente por qué lo has hecho.
Solté una carcajada.
—Parece un proyecto ambicioso.
—Lo es.
—¿Y cuánto tiempo durará?
Su expresión se suavizó.
—El tiempo que ambos deseemos seguir eligiéndolo.
Lo observé durante unos segundos. No intentaba prometerme que nunca cambiaríamos ni que nuestras decisiones futuras serían sencillas. Ambos conocíamos las dificultades de vivir lejos de nuestros mundos y las responsabilidades que continuaban formando parte de nuestras vidas.
Me acerqué y lo abracé.
—Entonces acepto participar en tu investigación.
—Excelente. ¿Necesitamos redactar algún documento?
—Podría preparar uno.
—Por favor, no.
Comencé a reír y Aethor me estrechó contra él.