Epílogo
Entre el cielo y el mar
—Esta noche quiero llevarte a un lugar especial. No hagas planes después de las ocho.
Leí el mensaje de Aethor mientras salía del consultorio.
Habían transcurrido varios meses desde que envié mi informe definitivo a Naurea y mi vida en la Tierra había adquirido una estabilidad que nunca imaginé durante los primeros días de la expedición.
Continuaba atendiendo a mis pacientes y dedicaba algunas jornadas a Los Olivos, donde Mercedes seguía practicando sus melodías, Roberto encontraba nuevos proyectos de carpintería y Teresa había comenzado a recibir visitas más frecuentes de su familia.
La convivencia con Aethor también se había convertido en una experiencia llena de descubrimientos.
Era capaz de mantener la calma durante las emergencias médicas más complejas y, sin embargo, podía pasar varios minutos buscando unas llaves que había dejado sobre la mesa.
Yo continuaba organizando mis lecturas por temas y registrando observaciones que consideraba interesantes, aunque ya no necesitara presentarlas ante ningún consejo científico.
Habíamos aprendido a respetar nuestras costumbres, a conversar cuando algo nos incomodaba y a disfrutar de los momentos que no requerían una explicación.
Respondí al mensaje mientras caminaba hacia el vehículo.
«¿Puedo saber adónde iremos?»
La respuesta llegó casi inmediatamente.
«No. Si te lo digo, dejará de ser una sorpresa.»
«Sabes que no me gustan las variables desconocidas.»
«Precisamente por eso creo que necesitas algunas.»
Sonreí y guardé el dispositivo. Aethor había convertido mi necesidad de conocer los detalles en una fuente inagotable de entretenimiento.
En ocasiones organizaba pequeñas salidas sin anunciarme previamente el destino.
Algunas terminaban en librerías o lugares históricos; otras, en una cafetería junto al mar donde pasábamos horas conversando.
Cuando llegué al apartamento, lo encontré esperando junto a los ventanales. Vestía una camisa negra y pantalones claros. Había dejado su teléfono sobre la mesa y, por una vez, no parecía pendiente de ninguna comunicación del hospital.
—¿Estás preparada? —preguntó.
—Depende de lo que hayas organizado.
—Confía en mí.
Lo observé con fingida seriedad.
—Esa expresión suele preceder a situaciones poco previsibles.
Aethor comenzó a reír.
—Prometo que esta vez no tendremos que rescatar a nadie de un accidente aéreo.
—Eso sería conveniente.
Se acercó y me rodeó suavemente la cintura.
—Quiero pasar una noche contigo sin hospitales, informes científicos ni responsabilidades profesionales.
—Entonces me parece una excelente propuesta.
—¿Aunque no sepas adónde vamos?
—Estoy dispuesta a asumir ese riesgo.
Me besó brevemente y tomó las llaves. Salimos cuando las últimas luces del atardecer comenzaban a desaparecer detrás de los edificios.
Durante el trayecto escuchamos música y conversamos sobre nuestras jornadas.
Aethor me contó que uno de sus pacientes había recibido buenas noticias después de un tratamiento prolongado.
Yo le hablé de una mujer que, tras varias sesiones, había conseguido expresar a su familia una necesidad que llevaba años callando.
A medida que nos alejábamos de la ciudad, las luces artificiales disminuían y el paisaje adquiría una tranquilidad diferente.
La carretera bordeaba el océano y, sobre el horizonte, las primeras estrellas comenzaban a aparecer.
Reconocí algunos sectores de la costa que había recorrido durante la expedición, pero Aethor tomó un desvío que no conocía.
Finalmente estacionó junto a un sendero rodeado de vegetación baja. Abrió el compartimento trasero del vehículo y sacó una manta y una cesta.
—¿Has organizado una cena? —pregunté.
—Algo parecido.
—¿Y la preparaste tú?
Me miró por encima del hombro.
—¿Debería preocuparme esa pregunta?
—Solamente intento evaluar nuestras posibilidades de supervivencia.
Su carcajada resonó en el silencio del camino.
—He elegido alimentos que no requieren demasiada intervención.
—Una decisión prudente.
Caminamos hasta llegar a una playa apartada.
La arena conservaba parte del calor del día y el viento traía el aroma salado del océano.
No había edificios cercanos ni personas recorriendo la orilla.
Las olas avanzaban suavemente y retrocedían dejando una película de agua que reflejaba las primeras estrellas.
Me detuve.
—Es hermoso.
Aethor observó mi expresión.
—Recordé que una vez me dijiste que querías contemplar el cielo lejos de las luces de la ciudad.
Lo miré con una sonrisa. Apenas recordaba haber mencionado aquel deseo durante una conversación casual. Él, en cambio, había conservado el detalle.
Extendimos la manta cerca de la orilla y nos acomodamos sobre ella.
Había preparado frutas, alimentos sencillos y una bebida caliente.
Mientras cenábamos, observé las constelaciones visibles sobre el horizonte.
Conocía sus nombres terrestres, las historias mitológicas que los humanos habían construido alrededor de ellas y las enormes distancias que separaban a sus estrellas.
—Estás pensando en algo —comentó Aethor.
—Estaba recordando cómo se ve esta región del cielo desde Naurea.
Levantó la mirada.
—¿Es muy diferente?
—Las estrellas no cambian de lugar por el hecho de que las observemos desde otro planeta, pero nuestra perspectiva sí. Algunas que aquí parecen próximas están separadas por distancias enormes. Desde Naurea no forman las mismas figuras.
—Entonces supongo que sus nombres también son distintos.
—Completamente.
Le señalé varios grupos de estrellas y le expliqué cómo los representábamos en mi mundo. Aethor me habló de las constelaciones que recordaba de Vaeloria y descubrimos que nuestras civilizaciones habían construido historias diferentes alrededor de regiones semejantes del firmamento.
—Resulta curioso —comenté—. Pueblos separados por distancias extraordinarias han sentido la necesidad de contar historias sobre las estrellas.
—Quizás porque es difícil contemplar algo tan inmenso sin hacerse preguntas.
Sonreí.
—Esa respuesta me gusta.
Aethor dejó su recipiente sobre la manta.
—Hay algo que nunca te he contado.
Me volví hacia él.
—¿Qué cosa?
—Durante nuestras primeras conversaciones intenté averiguar si eras una investigadora extraterrestre o una mujer humana extraordinariamente curiosa.
Comencé a reír.
—¿Y cuál de las dos posibilidades considerabas más probable?
—Dependía del día. Cuando preguntabas por costumbres que cualquier humano habría conocido desde niño, sospechaba que estabas estudiándolos. Pero después te veía discutir sobre un libro o emocionarte por una historia y pensaba que quizás simplemente eras así.
—Ambas cosas eran ciertas.
—Eso complicó bastante mis conclusiones.
Lo observé con diversión.
—¿Cuándo comenzaste a sospechar seriamente?
Aethor levantó la mirada hacia las estrellas.
—Cuando noté cómo las observabas.
—¿Qué tenía de particular?
—No las mirabas como alguien que se preguntara qué habría más allá. Las mirabas como si intentaras reconocer un lugar.
Permanecí pensativa. Recordé mis primeros días en la Tierra, cuando buscaba la posición aproximada de Naurea cada vez que contemplaba el cielo nocturno.
—Supongo que tenía nostalgia —admití.
Aethor tomó mi mano.
—¿Todavía la tienes?
—Sí. Extraño a mis tutores, a mis compañeros y a Onix. A veces quisiera contarles algo que ocurrió durante el día y recuerdo que no puedo comunicarme con ellos cuando lo deseo.
—¿Has recibido noticias recientes?
—Un mensaje de Naureia hace algunas semanas. Me contó que Tharion había retomado sus investigaciones y que el Consejo continuaba examinando algunos resultados de la expedición. También mencionó que Onix había regresado a visitar a su pueblo.
—Eso debe haberte alegrado.
—Mucho. Había pasado tanto tiempo trabajando conmigo que deseaba que pudiera reencontrarse con su familia y sus costumbres.
Aethor acarició suavemente mis dedos.
—¿Piensas en regresar?
Contemplé el mar antes de responder.
—Sé que algún día querré visitar Naurea. No sé cuándo ni durante cuánto tiempo. Pero ya no siento que deba elegir entre conservar mi hogar de origen y construir una vida aquí.
—Me alegra que lo veas así.
—¿Tú nunca has sentido que estás dividido entre Vaeloria y la Tierra?
—Muchas veces, especialmente durante mis primeros años. Había días en los que deseaba regresar y otros en los que no podía imaginarme abandonando todo lo que había construido aquí. Con el tiempo aprendí que extrañar un lugar no significa necesariamente querer marcharse del sitio donde estás.
Lo observé con atención. Aethor comprendía la nostalgia de vivir lejos de su civilización, las dificultades de mantener una identidad oculta y la extraña sensación de encontrar afecto entre seres cuyas vidas transcurrían de maneras diferentes.
No necesitaba explicarle por qué algunas noches contemplaba el cielo durante más tiempo del habitual.
—Hay algo que todavía me sorprende —comenté.
—¿Qué cosa?
—Que nuestros caminos hayan coincidido aquí. Entre tantos sistemas planetarios, tantas galaxias y tantas posibilidades, ambos terminamos viviendo en una misma ciudad de la Tierra.
Aethor sonrió.
—Podríamos intentar calcular las probabilidades.
—Serían extraordinariamente pequeñas.
—Entonces prefiero no hacerlo.
Reí suavemente.
—¿Por qué?
—Porque me gusta pensar que algunas cosas no necesitan convertirse en una ecuación para resultar importantes.
Apoyé la cabeza sobre su hombro.
—Has aprendido mucho de los humanos.
—Y tú también.
Continuamos conversando sobre nuestras infancias.
Aethor me habló de los paisajes de Vaeloria y de las personas que habían influido en su decisión de dedicarse a la medicina.
Yo le conté algunas experiencias de mi formación en Aeliria y recordé las conversaciones con Tharion y Naureia, cuando todavía creía que comprender los vínculos significaba descubrir los mecanismos que los explicaban.
Cuando terminamos de cenar, Aethor guardó los recipientes y volvió a sentarse junto a mí. El viento había comenzado a refrescar, de modo que compartimos la manta. Permanecimos abrazados mientras las olas avanzaban lentamente sobre la playa.