Los Invisibles Capítulo 20 #3
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Capítulo 20 #3

Al día siguiente tenía pacientes que atender. El jueves regresaría a Los Olivos y el fin de semana había acordado acompañar a Aethor a conocer una zona de la costa que todavía no habíamos visitado.

Mi vida continuaba llena de preguntas.

La diferencia era que ahora no necesitaba una misión para formularlas.

Aethor apareció poco después y me encontró observando las estrellas.

—¿Lo enviaste?

—Sí.

Se acercó y me rodeó suavemente la cintura.

—¿Cómo te sientes?

—Aliviada. Aunque también un poco extraña.

—¿Por qué?

—Durante mucho tiempo pensé que este informe marcaría el final de mi experiencia terrestre. Ahora comprendo que solamente cierra una etapa.

Aethor apoyó la barbilla sobre mi hombro.

—Eso significa que todavía tenemos muchas cosas por hacer.

—Quiero continuar investigando los vínculos humanos, conocer otras regiones y ampliar mis conocimientos sobre la historia de nuestras civilizaciones.

—Parece que tendremos una agenda bastante ocupada.

—También quiero regresar algún día a Naurea.

Aethor se volvió para mirarme.

—Me gustaría acompañarte.

Sonreí.

—Tharion tendrá muchas preguntas sobre Vaeloria.

—Entonces espero que me permita responder algunas antes de formular las siguientes.

Reí.

—Naureia querrá saber cómo nos conocimos.

—Eso será más sencillo.

—No estoy segura. Nuestra historia incluye un rescate submarino, varias identidades y una investigación sobre los vínculos humanos.

Aethor comenzó a reír.

—Cuando lo dices así, parece que hemos vivido demasiadas cosas en muy poco tiempo.

—Y todavía quedan muchas por descubrir.

Me volvió hacia él y apoyó sus manos sobre mi cintura.

—Anuki, ¿puedo hacerte una pregunta que no tenga una respuesta científica?

—Puedes intentarlo.

—¿Eres feliz aquí?

Lo observé. Pensé en mis compañeros, en las personas que extrañaba y en los lugares de Naurea que deseaba volver a recorrer. Después recordé el consultorio, Los Olivos, el apartamento y las pequeñas rutinas que habíamos comenzado a construir.

—Sí —respondí—. Aunque a veces esté triste y extrañe mi hogar.

Aethor sonrió.

—Me alegra.

—¿Y tú?

—Mucho más desde que estás conmigo.

Sentí una emoción cálida. Me acerqué y lo besé, sin intentar describir lo que ocurría en mi organismo ni establecer una hipótesis sobre la intensidad de aquella sensación.

Cuando nos separamos, Aethor sonrió.

—¿Has descubierto algo nuevo?

—Que todavía necesito más observaciones.

Su carcajada llenó la sala.

—Entonces tendremos que continuar investigando.

Volví a besarlo.

Aquella vez no pensé en el Consejo Científico ni en cómo registraría la experiencia. Sabía que podía analizarla si algún día lo deseaba.

Pero esa noche preferí vivirla.

Mucho después, cuando el apartamento quedó en silencio, regresé a la sala. La claridad de la ciudad era suficiente para distinguir los objetos que habíamos colocado sobre la repisa.

Allí estaban la esfera que Azael me había regalado, los dibujos de los niños, la piedra de Mateo y las fotografías de mis compañeros. Tomé la piedra de resonancia de Onix y observé cómo su luz azulada iluminaba suavemente mis dedos.

Pensé en los meses que habíamos compartido, en sus advertencias y en su manera de acompañarme incluso cuando no comprendía completamente mis decisiones. Extrañaba sus comentarios, nuestras discusiones y la tranquilidad de saber que siempre podía encontrarlo frente a una consola.

Después recordé a las personas que había conocido durante la expedición. Algunas continuarían formando parte de mi vida. Otras permanecerían solamente en mi memoria, pero ninguna de aquellas experiencias carecía de significado.

Durante generaciones, mi pueblo había utilizado el nombre de Linaje Celeste para recordar sus orígenes y los mundos recorridos por nuestros antepasados.

Yo continuaba sintiendo orgullo por mi civilización, aunque ahora reconocía que nuestra historia contenía acontecimientos que debíamos comprender desde perspectivas diferentes.

También había descubierto que la identidad de una persona no estaba formada únicamente por el lugar donde había nacido.

Se construía mediante sus decisiones, sus experiencias y las relaciones que elegía cuidar.

Mi origen estaba en Naurea. Mi presente, en la Tierra.

No necesitaba renunciar a uno de aquellos mundos para conservar el otro.

Devolví la piedra a su lugar y me acerqué al ventanal.

Sobre la ciudad se extendía un cielo inmenso, atravesado por estrellas cuya luz había comenzado a viajar mucho antes de mi nacimiento.

Había recorrido distancias extraordinarias para llegar hasta aquel planeta y descubrir una civilización que, al principio, consideraba difícil de comprender.

Ahora sabía que todavía tenía mucho que aprender de ella.

Sonreí al recordar que al día siguiente debía regresar al consultorio y que Aethor había prometido preparar la cena sin consultar ninguna receta. Aquella última decisión me parecía especialmente arriesgada.

Apagué la luz y regresé a nuestra habitación.

Mi investigación había comenzado con una pregunta sobre los vínculos humanos.

La respuesta no estaba solamente en el informe que acababa de enviar.

También estaba en la vida que había elegido continuar.

FIN