Los Invisibles Epílogo #3
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Epílogo #3

Regresamos a la manta cuando el viento comenzó a enfriarse. Nos acomodamos juntos, cubiertos hasta los hombros, y permanecimos contemplando el océano. A lo lejos distinguí las luces de una embarcación que avanzaba lentamente sobre el horizonte.

Pensé en las personas que viajaban a bordo.

Quizás regresaban a casa después de una larga jornada.

Tal vez alguien esperaba su llegada o tenían historias que contar cuando alcanzaran la costa.

No disponía de información suficiente para saberlo y, por una vez, no intenté imaginar todas las posibilidades.

Preferí escuchar el mar.

—¿Sabes qué me gustaría hacer algún día? —pregunté.

—Dime.

—Llevarte a Naurea.

Aethor volvió la cabeza hacia mí.

—Me encantaría conocerla.

—Quiero mostrarte Aeliria, los lugares donde estudié y los paisajes que tanto extraño. También me gustaría presentarte a Tharion y Naureia.

Sonrió.

—¿Crees que les agradaré?

—Naureia tendrá muchas preguntas.

—Eso no me preocupa.

—Tharion probablemente querrá conocer tus investigaciones médicas y comparar nuestros conocimientos con los de Vaeloria.

—Eso podría llevarnos varios días.

—Semanas, posiblemente.

Aethor comenzó a reír.

—Entonces deberíamos planificar una visita larga.

Sonreí y volví a apoyar la cabeza sobre su pecho.

No sabíamos cuándo podríamos realizar aquel viaje.

Cualquier desplazamiento entre nuestros mundos requeriría autorizaciones y medidas de seguridad.

Sin embargo, me agradaba imaginar que algún día Aethor recorrería los lugares donde había transcurrido mi infancia.

—Y después podríamos visitar Vaeloria —añadí.

—Me gustaría mucho mostrártela.

—Quiero conocer los lugares donde creciste.

—Te llevaré a ellos.

Permanecimos conversando sobre nuestros mundos hasta que las primeras señales del amanecer comenzaron a modificar el horizonte. Las estrellas fueron desapareciendo lentamente y una franja pálida se extendió sobre el océano.

Me incorporé para contemplar el cambio. Había presenciado numerosos amaneceres desde mi llegada a la Tierra, pero aquel tenía algo especial.

No porque fuera diferente de los anteriores, sino porque podía compartirlo con alguien que conocía mi verdadera identidad y comprendía lo que significaba para mí observar el cielo.

Aethor se sentó a mi lado y pasó un brazo alrededor de mis hombros.

—¿Tienes frío?

—Un poco.

Acomodó mejor la manta sobre nosotros.

—Podemos regresar cuando quieras.

—Me gustaría quedarme hasta que salga el Sol.

—Entonces nos quedamos.

Observamos cómo la luz avanzaba lentamente sobre el agua. El mar adquirió tonalidades grises, luego rosadas y finalmente doradas. La arena húmeda reflejaba el cielo y las pequeñas olas continuaban llegando a la orilla.

Recordé el día en que descendí por primera vez a la Tierra.

Había llegado acompañada por mis compañeros de expedición, convencida de que regresaría a Naurea con un informe sobre una especie que apenas conocía.

Durante meses observé a los humanos desde diferentes perspectivas, trabajé junto a ellos y escuché historias que modificaron muchas de mis ideas iniciales.

También descubrí que no necesitaba abandonar mi identidad para acercarme a otra civilización.

Seguía siendo Anuki, investigadora del Linaje Celeste, nacida en Naurea.

Conservaba mis conocimientos, mis recuerdos y el afecto que sentía por mi pueblo.

Al mismo tiempo, había construido relaciones en la Tierra que deseaba cuidar.

Aethor levantó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos.

—¿Eres feliz? —preguntó.

Lo observé. Su cabello se movía suavemente con el viento y la claridad del amanecer iluminaba sus ojos, que habían recuperado su apariencia humana.

—Sí —respondí—. Soy feliz.

Sonrió y besó mi frente.

—Yo también, Anuki.

Permanecimos juntos mientras el Sol comenzaba a elevarse sobre el horizonte.

Detrás de nosotros quedaba el sendero que nos llevaría de regreso a la ciudad, al apartamento, a nuestros trabajos y a todas las responsabilidades que formarían parte del día siguiente.

Frente a nosotros se extendía el océano y, más allá, un mundo que todavía guardaba innumerables descubrimientos.

No sabía cuánto tiempo permaneceríamos juntos ni qué decisiones tendríamos que tomar en el futuro.

Quizás algún día regresaríamos a Naurea o viajaríamos a Vaeloria.

Tal vez continuaríamos viviendo en la Tierra durante muchos años.

Había posibilidades que todavía no podíamos imaginar y dificultades que tendríamos que afrontar cuando llegaran.

Pero aquella mañana no necesitábamos resolverlas.

Aethor se levantó primero y me ofreció una mano. Sacudimos la arena de la manta, recogimos la cesta y comenzamos a caminar hacia el sendero. Antes de abandonar la playa, me detuve y miré una vez más hacia el horizonte.

Había pasado gran parte de mi existencia contemplando las estrellas y preguntándome qué nuevos mundos podría conocer.

Ahora tenía otros deseos que añadir a aquella curiosidad: regresar al consultorio, visitar a mis amigos, escuchar las historias que todavía no me habían contado y descubrir qué experiencias nos esperaban a Aethor y a mí.

Él se volvió hacia mí.

—¿Vienes?

Sonreí y avancé para tomar su mano.

—Sí. Vamos.

Continuamos caminando juntos mientras el día comenzaba.

Había nacido entre las estrellas, pero fue junto al mar donde comenzó nuestra historia de amor.