Los Invisibles Capítulo 19 #4
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Capítulo 19 #4

Me contó que su hijo había llamado recientemente y que esperaba recibir a sus nietos durante el fin de semana. No sabía si finalmente acudirían, pero parecía contenta con la posibilidad.

Antes de marcharme le dije que intentaría regresar el jueves y que avisaría a Beatriz si mis horarios cambiaban.

—Entonces te esperaré el jueves —respondió.

Aquellas palabras me produjeron una emoción diferente de la que había sentido durante mis primeras visitas. Ya no estaba reuniendo información sobre la importancia de las promesas y las ausencias.

Ahora alguien me esperaba a mí.

Cuando me disponía a salir, Beatriz me pidió que pasara por su oficina.

—Ana, quería proponerte algo. Sé que has regresado al consultorio, pero me preguntaba si te interesaría colaborar nuevamente con nosotros algunas horas por semana.

—¿En qué actividades?

—Acompañamiento emocional, conversaciones individuales y algunos encuentros grupales. Siempre coordinando con nuestro equipo profesional.

Pensé en Mercedes, Roberto y Teresa.

—Me encantaría.

Beatriz sonrió.

—Entonces organicemos los horarios.

Acordamos una colaboración compatible con mis responsabilidades en el consultorio. Al abandonar Los Olivos, escuché nuevamente el piano de Mercedes. La melodía llegó hasta el corredor, interrumpida por alguna nota equivocada.

Sonreí.

No me detuve a corregirla.

Encontré a Aethor en la cocina cuando regresé al apartamento. Llevaba una camisa oscura con las mangas recogidas y observaba una sartén con absoluta concentración. Sobre la mesa había varios ingredientes y un libro de recetas abierto.

Me apoyé en el marco de la puerta.

—¿Necesitas ayuda?

Volvió la cabeza.

—Depende. ¿Vienes a cocinar o a supervisar mis procedimientos?

—Quiero asegurarme de que no terminemos solicitando asistencia médica.

Aethor soltó una carcajada.

—Te recuerdo que soy médico.

—Eso no garantiza que seas un buen cocinero.

Me ofreció probar la salsa que estaba preparando. Lo hice con cuidado y advertí que esperaba mi evaluación.

—Está muy bien.

Levantó las cejas.

—¿Solamente muy bien?

—Extraordinariamente bien.

—Eso suena mejor.

Reí y dejé mi bolso sobre una silla. Mientras terminábamos de preparar la cena, le conté que había regresado a Los Olivos y que Beatriz me había ofrecido colaborar algunas horas por semana.

—Me alegra mucho —respondió—. Sé cuánto te importan los residentes.

—También me gusta la idea de trabajar con ellos sin tener una fecha de despedida establecida desde el principio.

Cenamos junto a los ventanales. Aethor me habló de una jornada difícil en el hospital y de un paciente que finalmente había recibido buenas noticias después de varias semanas de incertidumbre.

Lo escuché con interés, admirando no solamente sus conocimientos médicos, sino la manera en que se preocupaba por quienes atendía.

Cuando terminamos, permanecimos sentados un rato más.

—¿Cómo te has sentido hoy? —preguntó.

Sabía que no se refería a mi trabajo.

—Mejor. Aunque esta mañana todavía esperaba escuchar a Onix cuando desperté.

Aethor asintió.

—Compartiste esa costumbre con él durante mucho tiempo.

—Sí. A veces quiero contarle algo y después recuerdo que ya no está aquí.

Extendió una mano sobre la mesa y tomó la mía.

—Puedes hablarme de él cuando quieras.

—No quiero que sientas que estoy comparando nuestra convivencia con la que tenía en la nave.

—No lo siento así. Onix ocupa un lugar importante en tu vida. No necesito reemplazarlo.

Su respuesta me tranquilizó.

—Hoy Mercedes me preguntó por nosotros —comenté.

Aethor sonrió.

—¿Y qué le dijiste?

—Que estoy viviendo contigo.

—¿Solamente eso?

Lo observé.

—¿Qué más esperabas que dijera?

—Nada. Aunque sospecho que Mercedes habrá tenido alguna opinión.

Comencé a reír.

—Dijo que me miras con mucho cariño.

Aethor levantó las cejas.

—Es una mujer muy observadora.

—Eso mismo me dijo.

Se acercó un poco más.

—En ese caso, no tiene sentido que intente negarlo.

Sentí que mis mejillas se calentaban. Aethor acarició suavemente mis dedos y permanecimos mirándonos.

—¿Te arrepientes de haberte quedado? —preguntó.

Reflexioné. Había sentido tristeza, incertidumbre y nostalgia desde la partida de mis compañeros. También había experimentado alegría al regresar al consultorio y reencontrarme con los residentes.

—No —respondí—. Pero estoy descubriendo que una decisión puede ser correcta y seguir teniendo consecuencias dolorosas.

Aethor asintió.

—Eso sucede con muchas decisiones importantes.

—Quiero aprovechar esta oportunidad. No sé cuánto tiempo permaneceré aquí ni qué ocurrirá después, pero deseo construir algo propio.

Su expresión se suavizó.

—Entonces hagámoslo sin apresurarnos.

—¿Juntos?

Sonrió.

—Si tú quieres.

—Quiero.

Aethor se acercó y me besó suavemente.

Cerré los ojos y correspondí al gesto. Habíamos estado cerca de besarnos durante nuestro encuentro junto al mar, antes del accidente del helicóptero.

Después llegaron las revelaciones, los preparativos y las despedidas.

Ahora, sin una emergencia que reclamara nuestra atención ni una partida inmediata que interrumpiera el momento, pudimos permanecer juntos.

Cuando nos separamos, Aethor apoyó suavemente su frente contra la mía.

Sonreí.

No necesitaba determinar aquella noche cómo sería nuestro futuro. Bastaba con reconocer que ambos deseábamos continuar construyéndolo.

Más tarde, cuando Aethor se retiró a descansar, permanecí unos minutos junto a los ventanales. La ciudad brillaba bajo nosotros y el océano reflejaba pequeñas franjas de luz.

Me acerqué a la repisa donde había reunido mis recuerdos.

Allí estaban la piedra que Mateo consideraba un fragmento lunar, el dibujo de Emma, la esfera que Azael me había regalado y algunas fotografías de mis compañeros.

Saqué del bolsillo la piedra de resonancia de Onix y la coloqué junto a los demás objetos.

Su luz azulada aumentó ligeramente cuando la acaricié.

Pensé en Onix viajando hacia Naurea, probablemente ocupado en comprobar los sistemas de la nave. Imaginé a Zireth revisando sus informes, a Nevara organizando las imágenes de la expedición y a Xandor defendiendo la importancia científica de su bicicleta.

Sonreí.

Después recordé a Mercedes frente al piano, a Roberto mostrando su caja de madera y a Teresa esperando una visita que esta vez tenía una fecha concreta. Pensé en mis pacientes, en las conversaciones que continuaríamos durante las próximas semanas y en las personas que todavía no había conocido.

Aquellos objetos procedían de mundos distintos y representaban experiencias que habían ocurrido en circunstancias muy diferentes.

Sin embargo, todos formaban parte de mi historia.

Escuché pasos detrás de mí.

Aethor apareció en la entrada de la sala.

—¿No puedes dormir?

—Todavía no.

Se acercó y observó los objetos.

—¿Ese es el regalo de Onix?

Asentí.

—Una piedra de resonancia de su mundo. Se utiliza como símbolo de los vínculos que desean conservar.

Aethor la contempló con interés.

—Es hermosa.

Después apoyó una mano sobre mi hombro.

—Parece que tienes muchos vínculos importantes.

Miré las fotografías, los dibujos y los pequeños recuerdos.

—Sí.

—Y todavía puedes construir otros —añadió—. Sin perder los anteriores.

Me acerqué y lo abracé. Permanecimos juntos junto a los ventanales mientras las luces de la ciudad se extendían bajo nosotros.

Sabía que habría días difíciles, que cometería errores y que extrañaría profundamente Naurea. También sabía que podía regresar si algún día lo deseaba. Permanecer en la Tierra no significaba renunciar a mi pasado ni abandonar mi identidad.

Significaba aceptar que mi vida podía continuar desarrollándose en un lugar que no había previsto.

Antes de apagar la luz, volví la mirada hacia la repisa. La piedra de Onix continuaba brillando débilmente junto a los recuerdos terrestres.

Mis compañeros viajaban entre las estrellas. Yo permanecería bajo ellas.

Y aunque la distancia entre nosotros comenzaba a crecer, nada de lo que habíamos compartido quedaba atrás.