Los Invisibles Capítulo 20
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Capítulo 20

El mensaje del Consejo Científico de Naurea llegó un jueves, poco después de las siete de la tarde.

Acababa de regresar del consultorio y todavía pensaba en las historias que había escuchado durante aquella jornada.

Una madre intentaba recuperar la comunicación con su hija adolescente, un hombre aprendía a reorganizar su vida después de un divorcio y una pareja buscaba una manera de conversar sin convertir cada desacuerdo en una discusión.

Ninguno había salido de mi consulta con todos sus problemas resueltos.

Sin embargo, los tres habían decidido regresar la semana siguiente.

Dejé el bolso sobre una silla y me acerqué a la cocina. Aethor estaba preparando la cena y observaba una receta con la misma concentración que dedicaba a los procedimientos médicos. El aroma era agradable, aunque todavía no podía asegurar que el resultado lo fuera.

—Llegas más tarde de lo habitual —comentó.

—La última consulta se prolongó unos minutos.

—¿Un día difícil?

—Interesante.

Aethor sonrió.

—Empiezo a sospechar que utilizas esa palabra cuando no quieres decirme que estás preocupada.

—También la utilizo cuando descubro algo importante.

—Entonces nunca sabré cómo ha sido tu jornada.

Me acerqué para observar la olla, pero antes de responder sentí una vibración junto a mi muñeca. No procedía del dispositivo terrestre. La pequeña unidad de comunicación que Khael me había entregado antes de partir emitía una luz azulada desde el interior de mi bolso.

La recuperé inmediatamente.

Durante las semanas anteriores había permanecido inactiva. Su funcionamiento estaba limitado a comunicaciones autorizadas y situaciones excepcionales, de modo que aquella señal me hizo pensar que algo podía haber ocurrido en Naurea.

—¿Sucede algo? —preguntó Aethor.

Comprobé la identificación del mensaje.

—Es del Consejo Científico.

La comunicación no anunciaba ninguna emergencia.

Solicitaba que presentara el informe definitivo de mi investigación sobre los vínculos humanos.

Los registros operativos, las observaciones y los resultados de las distintas actividades ya habían sido entregados antes de la partida de la expedición.

Ahora el Consejo deseaba una conclusión integradora, redactada desde mi experiencia personal, que permitiera evaluar el alcance de los descubrimientos y orientar futuras investigaciones.

La solicitud terminaba con una pregunta:

¿Qué impulsa a los seres humanos a establecer vínculos y por qué estos influyen tan profundamente en sus decisiones?

Permanecí observándola.

Era la misma pregunta que había despertado mi interés por la Tierra mucho antes de abandonar Aeliria. Había viajado entre galaxias para encontrar una respuesta y, después de tantos meses, no estaba segura de poder resumirla sin dejar fuera algo importante.

—¿Todo está bien? —preguntó Aethor.

—Sí. Quieren mis conclusiones finales.

—Entonces tienes mucho trabajo por delante.

—Los registros están completos. Lo difícil será decidir qué merece ocupar el centro del informe.

Aethor apagó el fuego y se acercó.

—¿Qué fue lo que más te sorprendió durante tu investigación?

Pensé en mis primeras consultas, en los adolescentes del instituto y en los niños que habían convertido una piedra y un insecto de plástico en regalos extraordinarios.

Recordé a Mercedes frente al piano, a las familias que se despedían en Memorias y a los desconocidos que habían encontrado motivos para ayudarse en un supermercado.

Después pensé en Onix.

—Creía que iba a estudiar relaciones ajenas —respondí—. No esperaba que las personas que conociera terminaran importándome tanto.

Aethor tomó mi mano.

—Quizás deberías comenzar por ahí.

Preparé el informe durante los días siguientes, después de cumplir mis compromisos profesionales. Aethor me ofreció utilizar el estudio y procuró respetar mis horarios, aunque algunas noches aparecía con una taza de café y una pregunta que terminaba desviándonos hacia conversaciones inesperadas.

El primer apartado fue sencillo. Describí los objetivos de la expedición, los métodos de observación y las condiciones bajo las cuales había desarrollado mis actividades.

Diferencié los resultados obtenidos mediante la investigación de las impresiones personales que habían surgido durante mi convivencia con los humanos.

No deseaba presentar mis sentimientos como pruebas científicas. Tampoco consideraba correcto omitirlos cuando habían influido sobre las preguntas que formulaba.

Comencé por mis experiencias como psicóloga.

Marissa me había enseñado que el amor hacia los hijos podía coexistir con el agotamiento y la necesidad de conservar espacios personales.

Brian había demostrado cuánto podían influir las palabras de una figura paterna en la imagen que alguien construía sobre sí mismo.

Elena me permitió comprender que la muerte de una pareja no eliminaba el vínculo afectivo ni impedía que una persona encontrara nuevas razones para disfrutar de la vida.

Recordé también a Gabriel y Lucía, enfrentados a expectativas diferentes sobre su matrimonio; a Valentina, que había comenzado a medir su valor a través de las opiniones ajenas, y a Ricardo, que intentaba comprender si todavía deseaba reconstruir una relación después de una traición.

No todos habían conseguido resolver sus dificultades durante el tiempo que compartimos. Algunos apenas comenzaban a reconocerlas.

Aquello también era importante.

Los vínculos podían ofrecer protección, pertenencia y afecto, pero no siempre resultaban saludables. Algunas personas permanecían en relaciones que les causaban sufrimiento por miedo a la soledad, por costumbre o porque habían aprendido a confundir el amor con la obligación de soportarlo todo.

Anoté una conclusión que consideré fundamental: la existencia de afecto no garantizaba el respeto, y conservar una relación no siempre constituía el resultado más beneficioso.

Continué con mis experiencias educativas.

Recordé la curiosidad de Tomás, las preguntas de Sofía y la expresión de Nicolás cuando comprendió que alguien estaba dispuesto a intervenir para detener las agresiones de sus compañeros.

La necesidad de pertenecer a un grupo podía favorecer la cooperación, pero también convertirse en una fuente de miedo cuando la aceptación dependía de ocultar la propia identidad.

Los niños más pequeños me habían mostrado otra perspectiva.

Emma había necesitado que alguien respetara el valor emocional de sus lápices de colores.

Mateo me regaló una piedra porque deseaba compartir conmigo algo que consideraba extraordinario.

Aquellos gestos no tenían un valor económico significativo, pero representaban confianza y reconocimiento.

Después escribí sobre Los Olivos.

Mercedes había conservado el amor por su esposo a través de la música y los recuerdos. Roberto encontraba satisfacción al transmitir conocimientos que creía estar perdiendo. Teresa continuaba deseando la compañía de su hijo, aunque comprendiera que él tenía responsabilidades propias.

En aquella residencia descubrí que las personas no dejaban de necesitar afecto al envejecer. Podían modificar sus rutinas, sus capacidades y sus expectativas, pero continuaban deseando ser escuchadas y reconocidas.

La experiencia en Memorias completó aquella observación. Había conocido familias que lloraban, otras que recordaban a sus seres queridos entre risas y personas que lamentaban no haber tenido tiempo de decir algo importante.

La muerte interrumpía la convivencia, pero no necesariamente el significado de una relación. Los recuerdos, las costumbres y los objetos podían mantener presente la influencia de alguien que ya no estaba.

Me detuve al recordar a la mujer que sostenía el abrigo de su esposo fallecido. Durante aquella ceremonia había comprendido que no todos los gestos necesitaban una explicación verbal para resultar significativos.

También incluí las interacciones cotidianas del supermercado y los parques.

Una mujer había pagado parte de la compra de un desconocido sin esperar nada a cambio.

Elena visitaba diariamente el supermercado porque necesitaba conversar.

Un hombre había descubierto en su perro una compañía que lo ayudaba a recuperar sus rutinas después de enviudar.

Aquellos encuentros me permitieron reconocer que los vínculos no dependían exclusivamente de relaciones prolongadas ni de la pertenencia a una misma especie. A veces bastaban unos minutos de atención para modificar el día de alguien.

Finalmente revisé la experiencia con la plataforma de inteligencia artificial.

Sus participantes habían formulado preguntas sobre empleo, estudios y problemas prácticos, pero muchas de aquellas consultas escondían preocupaciones relacionadas con el rechazo, la soledad o la necesidad de expresar afecto.

La tecnología ofrecía nuevas formas de comunicación. No eliminaba las necesidades que impulsaban a las personas a buscarla.

Cuando terminé de organizar los apartados, descubrí que todavía faltaba algo.

Había descrito lo que los humanos hacían.

Pero no había explicado completamente qué había cambiado en mí.

Una noche, Aethor me encontró contemplando el documento abierto.

—¿Has terminado?

—Casi.

Se sentó junto a mí.

—¿Qué falta?

—Una conclusión que reúna todo sin simplificarlo demasiado.

Aethor observó la repisa donde conservábamos nuestros recuerdos.

—Has escrito sobre Onix, ¿verdad?

—Sí. Nuestra relación también aportó información importante sobre los vínculos entre especies diferentes.

—¿Y sobre nosotros?

—He mencionado que conocí a un investigador de otra civilización y que decidí permanecer temporalmente en la Tierra. No he incluido datos que comprometan tu identidad.

—No me refería a los datos.

Lo observé.

Aethor tomó suavemente mi mano.

—Has dedicado meses a estudiar cómo las relaciones modifican las decisiones. Después conociste personas que te importaron, desarrollaste una amistad y elegiste construir una vida diferente de la que habías imaginado. Quizás esa experiencia también merezca una reflexión.

—Me preocupa que el Consejo considere que he perdido objetividad.

—¿Has ocultado resultados para justificar tu decisión?

—No.