Capítulo 19 #3
—¿Nunca te preguntaste si habías cometido un error?
—Muchas veces. Pero extrañar a alguien no significa necesariamente que debas abandonar el lugar donde estás.
Recordé las palabras de Khael y la última recomendación de Onix. Ambos habían intentado explicarme que una decisión podía ser correcta y, aun así, producir consecuencias dolorosas.
—¿Y si algún día quiero regresar a Naurea? —pregunté.
Aethor tomó mis manos.
—Entonces hablaremos y buscaremos una manera de que puedas hacerlo.
—¿Aunque tengamos que separarnos durante un tiempo?
Su expresión se volvió seria.
—No voy a fingir que me gustaría. Pero tampoco quiero que permanezcas aquí sintiendo que has perdido la posibilidad de volver a tu hogar.
Lo observé con gratitud. Había estudiado relaciones en las que el temor a la separación terminaba convirtiéndose en una forma de control. Aethor no me prometía que nunca sufriríamos; reconocía que ambos debíamos conservar la libertad de tomar decisiones sobre nuestras vidas.
Nos sentamos sobre una formación rocosa y permanecimos contemplando el océano. Apoyé la cabeza sobre su hombro y entrelacé mis dedos con los suyos. No intentó distraerme ni llenar el silencio con explicaciones.
Cuando finalmente me incorporé, sentí que podía respirar con mayor tranquilidad.
Aethor me acompañó hasta el vehículo.
—Vamos a casa —dijo.
Aquella palabra me hizo detenerme.
Casa.
Hasta hacía poco la había utilizado para referirme a Naurea y, de manera provisional, a nuestra nave. Ahora Aethor hablaba del apartamento donde habíamos comenzado a compartir una vida.
Subí al vehículo y observé las calles mientras nos alejábamos de la costa. No estaba regresando al lugar del que había partido aquella mañana.
Me dirigía al hogar que había elegido construir.
Los primeros días después de la partida fueron más difíciles de lo que había previsto.
La ausencia de Onix aparecía en momentos pequeños: al despertar y esperar que anunciara las condiciones meteorológicas, al encontrar una conducta humana que deseaba comentar con él o al regresar de una jornada y descubrir que ya no estaba frente a una consola revisando nuestros registros.
Aethor advirtió aquellas costumbres, pero no intentó corregirlas.
Cuando me encontraba silenciosa, se sentaba cerca y esperaba a que decidiera hablar.
Otras veces proponía preparar una cena o salir a caminar.
Comprendía que no necesitaba llenar cada momento de actividades para evitar que pensara en quienes se habían marchado.
Una mañana lo encontré preparando café.
—¿Tienes planes para hoy? —preguntó.
—Comienzo mi nueva agenda en el consultorio.
—¿Estás nerviosa?
—Un poco.
—Pensé que ya conocías el lugar.
—Lo conozco. Pero antes sabía que mi trabajo terminaría cuando concluyera la expedición. Ahora quiero ofrecer una continuidad real a las personas que atienda.
Aethor me entregó una taza.
—Eso significa que podrás acompañar sus procesos durante más tiempo.
—Es lo que deseo.
Sonrió.
—Entonces será un buen comienzo.
Terminé mi café y comprobé que llevara los documentos necesarios. Antes de salir, Aethor adoptó una expresión solemne.
—Doctora Ana Andrómeda, le deseo una excelente jornada profesional.
Le devolví la sonrisa.
—Gracias, doctor Adrián.
—Procure no estudiar demasiado a sus compañeros durante los descansos.
—No puedo prometerlo.
Su carcajada me acompañó hasta la puerta.
El centro psicológico conservaba el aspecto que recordaba.
Mi antigua coordinadora me recibió con entusiasmo y revisamos juntas la agenda inicial.
Había pacientes nuevos y algunas personas que habían preguntado por la posibilidad de regresar conmigo.
Acordamos respetar los procesos que hubieran comenzado con otros profesionales y ofrecer cambios únicamente cuando resultaran adecuados y los pacientes estuvieran de acuerdo.
Mi primera consulta fue con una mujer de treinta y cinco años que experimentaba un agotamiento persistente desde el nacimiento de su segundo hijo. Llegó con el bolso todavía colgado del hombro y permaneció varios segundos mirando sus manos.
—No sé muy bien por dónde empezar.
—Podemos comenzar por lo que te hizo solicitar la consulta.
La mujer respiró profundamente.
—Estoy cansada todo el tiempo. Tengo dos hijos, una pareja que me ayuda y una casa donde vivir. Sé que debería sentirme agradecida, pero hay días en los que no quiero que nadie me pida nada más.
Recordé a Marissa, una de mis primeras pacientes. Sin embargo, aquella mujer tenía una historia propia y no debía convertirla en la repetición de otro caso.
Le pregunté cómo transcurría una jornada habitual. Me habló de las tareas domésticas, las responsabilidades laborales, las interrupciones constantes del descanso y la dificultad de expresar lo que necesitaba sin que su pareja interpretara sus palabras como una crítica.
No intenté convencerla de que debía sentirse feliz ni reducir su agotamiento a un problema de organización. Exploramos sus apoyos, las posibilidades de redistribuir responsabilidades y la conveniencia de una evaluación médica que permitiera considerar posibles factores físicos.
Al terminar, la mujer se levantó lentamente.
—Pensé que ibas a decirme que tenía que ser más positiva.
—¿Por qué?
—Porque es lo que me dicen casi todos.
—No necesitas fingir que estás bien para que podamos trabajar sobre lo que te sucede.
Sonrió con timidez antes de marcharse.
Mi siguiente paciente era una joven que había terminado una relación sentimental varios meses atrás. Aunque reconocía que la convivencia había sido difícil, continuaba extrañando a su antigua pareja.
—Sé que separarnos fue lo mejor —explicó—. Pero hay días en que recuerdo solamente las cosas buenas y quiero llamarlo.
—¿Qué sucede después?
—Empiezo a pensar que quizás exageré los problemas. Entonces recuerdo por qué terminamos y me siento peor.
La invité a describir tanto los momentos felices como las dificultades que habían motivado la separación, sin exigirle que eligiera una versión única de aquella historia.
—¿Entonces puedo extrañarlo aunque no quiera volver con él? —preguntó.
—Sí. Extrañar aspectos de una relación no significa necesariamente que desees recuperarla en las mismas condiciones.
Permaneció pensativa.
—Eso tiene sentido.
Mientras la escuchaba, recordé mi despedida de Onix. Las circunstancias eran diferentes, pero reconocí algo común: una relación podía continuar siendo importante incluso cuando quienes la habían construido ya no compartían el mismo espacio.
Al terminar la jornada salí del consultorio con una satisfacción serena. Había escuchado problemas que no podían resolverse mediante una respuesta inmediata y sabía que algunos procesos requerirían tiempo. Sin embargo, deseaba regresar la semana siguiente y continuar acompañando a mis pacientes.
Ya no necesitaba producir un informe para Naurea después de cada sesión.
Mi responsabilidad estaba con las personas que habían decidido confiar en mí.
Unos días después recibí un mensaje de Beatriz.
«Ana, Mercedes ha preguntado varias veces por ti y Roberto quiere mostrarte algo que terminó. Si tienes un momento, nos encantaría recibirte en Los Olivos.»
Sonreí al leerlo y respondí que acudiría al día siguiente.
Cuando llegué, escuché el piano antes de entrar en la sala común. Mercedes interpretaba una melodía que había aprendido durante su juventud. Sus dedos se movían con cierta dificultad, pero cuando cometía un error se detenía y comenzaba nuevamente.
Al descubrirme junto a la puerta, interrumpió la música.
—¡Pero miren quién ha decidido regresar!
Me acerqué riendo.
—Hola, Mercedes.
Extendió los brazos.
—Ven aquí, querida. No te quedes tan lejos.
La abracé con cuidado.
—Te he extrañado.
—Yo también. Aunque debo reconocer que el personal nuevo es muy amable.
—Me alegra saberlo.
—Pero ninguno tiene tanta paciencia para escuchar mis historias como tú.
Nos sentamos a conversar. Me preguntó por mi trabajo, por el apartamento y por mis planes. Cuando mencioné que estaba viviendo con Adrián, sonrió de una manera que reconocí inmediatamente.
—Es un buen hombre.
—Lo sé.
—Y te mira con mucho cariño.
Sentí que mis mejillas se calentaban.
—Mercedes...
—No me mires así. Llevo muchos años observando a las personas.
Reí.
—Eso también podría decirlo yo.
—Entonces deberías haberlo notado antes.
Me tomó la mano con afecto y regresó a su música.
Poco después apareció Roberto sosteniendo una caja de madera cuidadosamente pulida.
—Ana, tienes que ver esto.
La colocó sobre una mesa y levantó la tapa. En el interior había organizado fotografías antiguas, cartas y pequeños recuerdos familiares. Las bisagras funcionaban suavemente y la madera había recuperado un brillo cálido.
—Ha quedado preciosa —comenté.
Roberto sonrió con orgullo.
—Todavía recuerdo algunos trucos de carpintería.
—Nunca lo dudé.
Me mostró el compartimento donde guardaría las cartas que su esposa le había escrito durante su juventud. Después señaló el espacio reservado para las fotografías de sus nietos.
—Le envié una imagen a mi nieta. Quiere venir el domingo para verla y me preguntó si podía enseñarle a trabajar la madera.
—Entonces tendrás un nuevo proyecto.
—Eso espero.
Lo observé cerrar la caja con cuidado. Durante nuestras primeras conversaciones había temido que sus limitaciones físicas le impidieran continuar haciendo aquello que amaba. Ahora había encontrado una manera de transmitir sus conocimientos, aunque necesitara adaptar algunos movimientos.
Encontré a Teresa en el jardín, sentada bajo una pérgola.
—Ana, querida. Pensé que ya no regresarías.
Me acomodé junto a ella.
—Te había dicho que vendría a visitarte.
—Lo sé. Pero a veces las personas prometen cosas que después olvidan.
No intenté contradecirla. Teresa había pasado demasiado tiempo esperando visitas que terminaban cancelándose.
—Estoy organizando mis horarios —respondí—. Me gustaría seguir viniendo con regularidad, aunque algunos días no pueda quedarme demasiado.
Su expresión se iluminó.
—No hace falta que te quedes toda la tarde. A veces una conversación breve es suficiente.