Los Invisibles Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

—Tu autorización ha quedado registrada —comenzó—. Los responsables del programa conocen las condiciones de tu permanencia y los procedimientos de emergencia están habilitados.

—Gracias por ayudarme.

—Has cumplido tus responsabilidades. Mi trabajo consiste en asegurarme de que esta transición se realice correctamente.

Permaneció unos segundos observando el océano.

—Ahora que ha llegado el momento, ¿sigues deseando quedarte?

Miré hacia la sala donde mis compañeros continuaban conversando.

—Sí. Pero no imaginaba que despedirme de ustedes resultaría tan difícil.

—Las dos cosas pueden ser ciertas.

Asentí.

—Me preocupa extrañarlos demasiado.

—Los extrañarás —respondió sin vacilar—. Habrá días en que desearás regresar a tus antiguas costumbres y quizás te preguntes si tomaste la decisión correcta. Eso no significa que debas cambiarla inmediatamente.

—¿Y si descubro que me equivoqué?

—Entonces tendrás que evaluar qué deseas hacer. Tu autorización es temporal. No necesitas convertirla en una obligación permanente.

Aquella respuesta me tranquilizó.

Khael continuó:

—El Linaje Celeste está formado por generaciones de viajeros. Muchos construyeron comunidades lejos de sus lugares de origen, aunque no todas aquellas experiencias fueron positivas. Nuestra historia también contiene errores que debemos reconocer.

—Especialmente cuando confundimos nuestros conocimientos con el derecho a decidir sobre otros pueblos —respondí.

Khael asintió.

—Exactamente. Si permaneces entre los humanos, debes respetar su autonomía. No eres superior a ellos por proceder de una civilización tecnológicamente más avanzada.

Recordé mis primeras semanas en la Tierra. Había considerado poco eficientes algunas de sus costumbres y creído que podía comprender sus relaciones sin experimentar personalmente aquello que las sostenía.

Ahora sabía que mi perspectiva había sido incompleta.

—He aprendido mucho de ellos —admití.

—Eso se refleja en tu informe.

Apoyó una mano sobre mi hombro.

—Cuídate, Anuki. Espero que algún día podamos volver a trabajar juntos.

—Yo también, Khael.

Nos abrazamos antes de despedirnos.

Cuando regresé al corredor, Onix me esperaba junto al acceso a nuestra nave auxiliar.

Todavía faltaba la despedida más difícil.

El compartimento principal estaba casi completamente apagado.

Las consolas permanecían en modo de transporte y los indicadores de navegación mostraban la ruta que seguirían hasta Naurea.

Sobre la mesa había quedado un pequeño recipiente vacío.

Lo reconocí inmediatamente: allí había guardado la piedra que Mateo me regaló durante mi experiencia como maestra.

—Parece más grande sin nuestras cosas —comenté.

Onix observó el lugar.

—Los equipos están completos. No falta ningún componente.

Sonreí.

—Sabes que no me refiero a eso.

—Lo sé.

Se acercó a la mesa y apoyó una mano sobre su superficie.

—Me acostumbré a encontrar aquí tus libros, los dibujos de los niños y todos esos objetos que recogías durante tus investigaciones. Al principio no entendía por qué los conservabas cuando ya habías registrado la información que podían aportar.

—¿Y ahora?

Onix levantó la mirada.

—Ahora me parece extraño que no estén.

Sentí que se me humedecían los ojos.

Mi asistente extendió sus pequeñas manos y me mostró un objeto ovalado, oscuro y de superficie lisa. Una luz azulada brillaba suavemente en su centro.

—Quiero darte esto.

Lo recibí con cuidado. Cuando mis dedos tocaron la superficie, la luminosidad aumentó ligeramente.

—¿Qué es?

—Una piedra de resonancia de mi mundo. Mi pueblo las utiliza desde hace generaciones como símbolo de los vínculos que desea conservar.

La observé fascinada.

—Es hermosa.

—No contiene sistemas de comunicación ni tecnología que comprometa nuestra seguridad —aclaró inmediatamente—. Ya he comprobado que puedes conservarla.

Sonreí.

—Por supuesto que lo has comprobado.

Onix inclinó la cabeza.

—Cuando comenzamos esta expedición, creía que mi responsabilidad principal consistía en mantener los sistemas operativos, ayudarte con los registros y evitar que tomaras decisiones innecesariamente peligrosas.

—Has tenido bastante trabajo con lo último.

—Muchísimo.

Ambos reímos. Después su expresión cambió.

—No esperaba que terminara importándome tanto lo que te sucediera fuera de la misión.

Me arrodillé para quedar a su altura.

—Onix...

—Sé que nuestros pueblos tienen una historia complicada. Durante generaciones, los Aelunari influyeron sobre los territorios y las decisiones de mi especie. Algunos registros de Naurea cuentan aquellos acontecimientos de manera diferente de como los recuerda mi pueblo.

Asentí. Habíamos hablado de ello durante nuestras investigaciones y todavía deseaba conocer más.

—Quiero escuchar esa historia desde tu perspectiva —respondí.

—Me gustaría que lo hicieras. No porque debas responder por decisiones que tomaron nuestros antepasados, sino porque comprenderlas puede ayudarnos a relacionarnos de otra manera.

Sostuve la piedra entre las manos.

—Durante mucho tiempo pensé que conocía suficientemente nuestra historia. Ahora sé que me faltan otras versiones.

Onix me observó con afecto.

—Eso es algo que siempre he admirado de ti. Puedes descubrir que estabas equivocada y continuar haciendo preguntas.

Sentí que las lágrimas comenzaban a recorrer mis mejillas.

—Has sido mucho más que mi asistente.

—Lo sé.

Solté una pequeña carcajada.

—Ni siquiera vas a dejarme terminar.

—Llevamos mucho tiempo juntos, Anuki. He aprendido a reconocer cuándo estás a punto de decir algo importante.

Lo abracé. Onix acomodó sus pequeñas manos sobre mi espalda y permanecimos así durante un largo rato. Había observado a numerosos humanos buscar refugio en un abrazo, pero nunca había necesitado uno de aquella manera.

Cuando nos separamos, mi asistente observó mi rostro.

—Estás llorando.

—Sí.

—Y no parece que estés arrepentida.

—No lo estoy.

Onix permaneció pensativo.

—Entonces supongo que dos emociones diferentes pueden existir al mismo tiempo.

Asentí.

—Exactamente.

Me tomó una mano.

—Quiero pedirte algo. No permanezcas en la Tierra solamente porque ahora te resulte difícil imaginar otra posibilidad. Si algún día deseas regresar a Naurea, hazlo. No tienes que demostrarle nada a nadie.

—¿Ni siquiera a Aethor?

—Especialmente a Aethor. Si te quiere, comprenderá que tu vida comenzó mucho antes de conocerlo.

Recordé cómo había reaccionado cuando le hablé de mis dudas. Nunca había intentado convencerme de que Naurea dejara de importarme.

—Creo que lo comprende —respondí.

—Me alegra. Pero quiero que tú también lo recuerdes.

Le prometí que lo haría.

Onix levantó una mano.

—Y procura evitar accidentes aéreos, enfrentamientos callejeros y cualquier situación que pueda comprometer tu identidad.

No pude evitar reír.

—No puedo prometer que nunca volveré a encontrarme ante una emergencia.

—Lo sé. Esa es una de mis principales preocupaciones.

Lo abracé una vez más.

Entonces una señal luminosa apareció sobre la consola.

—Es el aviso de embarque —informó—. Debo incorporar la nave a la formación.

Miré hacia la puerta. Había sabido durante semanas que aquel momento llegaría, pero ahora me resultaba difícil avanzar.

—Entonces tengo que irme.

—Sí.

Caminé hasta la salida y me detuve antes de atravesarla.

—Onix.

—¿Sí?

Me volví hacia él.

—Gracias por acompañarme.

Sus grandes ojos negros permanecieron fijos en los míos.

—Gracias por dejarme hacerlo, Anuki.

Le devolví la sonrisa y abandoné la nave.

Desde una plataforma protegida observé cómo las unidades auxiliares se incorporaban a la estructura principal.

Los hangares se iluminaron con tonalidades azules y una vibración profunda recorrió la estación.

En la representación holográfica reconocí nuestra nave mientras avanzaba hacia su posición asignada.

Poco después, la comunicación interna anunció que todos los integrantes de la expedición estaban a bordo.

La nave principal se separó lentamente del hangar y comenzó a avanzar por el corredor submarino de salida. Sus sistemas de camuflaje se activaron y la representación mostró cómo ascendía hacia la superficie sin quedar expuesta a los instrumentos humanos de detección.

La observé hasta que su señal se redujo a un pequeño punto luminoso.

Después desapareció.

Permanecí inmóvil, sosteniendo la piedra de resonancia entre mis dedos. Su luz azulada aumentó ligeramente cuando la acaricié.

—Hasta pronto, Onix —murmuré.

No sabía cuándo volveríamos a encontrarnos. Tampoco podía asegurar que nuestra próxima conversación ocurriera en Naurea o en algún otro lugar del universo.

Pero sabía que nada de lo que habíamos compartido desaparecería con la distancia.

Guardé la piedra y abandoné la plataforma.

Por primera vez desde mi llegada a la Tierra, no tenía una nave esperando para llevarme a casa.

Aethor me esperaba en un sector apartado de la costa, junto al vehículo que utilizaba para desplazarse por la ciudad. Cuando me vio acercarme, sonrió, pero su expresión cambió al descubrir mis ojos húmedos.

—¿Ya partieron?

Asentí.

—Sí.

Se acercó lentamente.

—¿Cómo estás?

Intenté responder, pero las lágrimas regresaron antes de que pudiera encontrar las palabras. Aethor extendió los brazos y esperó. Me acerqué para abrazarlo y permanecí junto a él mientras el viento recorría la costa.

—Voy a extrañarlos —murmuré—. Especialmente a Onix.

Aethor acarició suavemente mi espalda.

—Lo imagino.

—Siempre estaba allí. Cuando regresaba de una experiencia difícil, cuando tenía preguntas o simplemente cuando quería conversar. Incluso cuando discutíamos sobre los protocolos, sabía que podía contar con él.

—Me has hablado mucho de vuestra relación.

Me aparté ligeramente para observarlo.

—¿También te sucedió esto cuando se marcharon tus compañeros?

—Sí. Había elegido quedarme, pero eso no hizo que las despedidas fueran menos dolorosas.

—¿Y cómo conseguiste acostumbrarte?

Aethor reflexionó.

—No intenté dejar de extrañarlos. Continué trabajando, construí nuevas relaciones y aprendí a vivir con la distancia. Todavía hay días en que pienso en ellos.

Su respuesta me tranquilizó, aunque no eliminó mi tristeza.