Capítulo 19
—He terminado de preparar la nave —anunció Onix—. Solo falta que te despidas de ella.
Me encontraba junto a la superficie panorámica, observando la ciudad que comenzaba a despertar.
Durante meses, aquella vista había acompañado mis mañanas.
Desde allí había estudiado las calles antes de recorrerlas, localizado los edificios donde trabajaría y observado los movimientos de una civilización que, al principio, me resultaba extraordinariamente ajena.
Ahora podía reconocer lugares que tenían un significado personal.
—No sabía que despedirse de una nave fuera parte del protocolo —respondí.
—No lo es. Pero llevas varios minutos mirando el mismo punto y sospecho que todavía no estás preparada para marcharte.
Me volví hacia él. Su pequeña figura permanecía frente a la consola, rodeada de proyecciones que mostraban los sistemas de navegación y las rutas de regreso a Naurea.
—Estoy preparada —aseguré—. Solo quería recordar cómo era este lugar.
Onix observó el compartimento principal.
Las mesas estaban vacías y los equipos que había utilizado para mis investigaciones permanecían desactivados.
Había trasladado mis pertenencias al apartamento de Aethor, incluidos los dibujos infantiles, los libros terrestres y aquella piedra que Mateo me había regalado convencido de que procedía de la Luna.
—Debo reconocer que parece extraño sin tus objetos —comentó.
—Antes te molestaban.
—Nunca me molestaron. Simplemente no comprendía por qué conservabas cosas que no aportaban información relevante.
Sonreí.
—Ahora lo comprendes.
Onix inclinó la cabeza.
—Estoy comenzando a hacerlo.
Recorrí lentamente el compartimento. Sobre una mesa había escrito mis primeros informes después de atender a Marissa, Brian y Elena.
En aquella misma superficie había organizado las observaciones sobre los adolescentes del instituto, las experiencias con los niños y los registros de Los Olivos.
También recordaba las noches en que Onix y yo discutíamos sobre las costumbres humanas, sus contradicciones y las decisiones que parecían escapar a cualquier explicación sencilla.
—Voy a extrañar nuestras conversaciones —admití.
Mi asistente dejó de trabajar.
—Yo también, Anuki.
Su respuesta me produjo una tristeza que había intentado mantener bajo control desde que desperté. Durante la expedición había aprendido que algunas despedidas resultaban dolorosas incluso cuando eran necesarias. Sin embargo, comprender aquel mecanismo no disminuía lo que sentía.
—¿Alguna vez imaginaste que terminaríamos así? —pregunté.
—Imaginé que regresaríamos juntos a Naurea y que pasarías varias semanas revisando tus conclusiones antes de solicitar otra expedición.
—Yo también.
—En cambio, has decidido vivir en un planeta donde los humanos se retrasan constantemente, las máquinas de café dejan de funcionar sin previo aviso y un médico vaeloriano necesita supervisión para preparar una cena.
Solté una carcajada.
—Aethor ha mejorado mucho.
—Eso espero. No quisiera que tu próxima investigación estuviera relacionada con los efectos de una intoxicación alimentaria.
Reí nuevamente. Onix me observó con aquella expresión que había aprendido a reconocer durante nuestra convivencia: una mezcla de preocupación y afecto que intentaba ocultar detrás de comentarios prácticos.
—¿Estás segura de tu decisión? —preguntó.
Miré una última vez hacia la ciudad.
—Sí. Aunque despedirme de ti sea mucho más difícil de lo que esperaba.
Onix asintió.
—Entonces no debemos confundir la tristeza con una equivocación.
Sonreí.
—Parece que has aprendido bastante sobre los vínculos humanos.
—He tenido una excelente investigadora a mi lado.
Me acerqué a la consola y confirmé la entrega de mis archivos operativos. Todos los registros de la expedición estaban completos y los sistemas que había utilizado para observar la Tierra regresarían a Naurea. Desactivé mi terminal personal y la pantalla quedó oscura.
Durante unos segundos mantuve la mano sobre su superficie.
Aquella etapa había terminado.
La estación submarina estaba más concurrida de lo habitual.
Los hangares recibían las últimas naves auxiliares y varias unidades de mantenimiento trasladaban equipos hacia la estructura principal.
Los técnicos revisaban los sistemas de camuflaje, las rutas de salida y las condiciones necesarias para abandonar el océano sin ser detectados por los humanos.
Tharira nos recibió junto al acceso central.
—Llegan a tiempo. Khael ha convocado una última reunión antes del embarque.
—¿Están todos? —pregunté.
—Sí. Aunque Xandor continúa discutiendo con el personal de seguridad.
Onix levantó la cabeza.
—¿Qué ha sucedido?
—Quiere llevarse una pieza de la bicicleta que utilizó durante su investigación. Todavía no han terminado de comprobar que puede ingresar con ella.
No pude evitar reír. Recordé sus primeros intentos de aprender a utilizar aquel vehículo y la indignación con la que había defendido la complejidad científica de mantener el equilibrio sobre dos ruedas.
—Espero que consiga conservarla —comenté.
—Yo espero que no intente utilizarla dentro de la nave —respondió Onix.
Tharira soltó una carcajada. Después me acompañó unos pasos y bajó la voz.
—Khael nos informó que permanecerás en la Tierra. Ya está preparada tu salida de la estación como residente independiente.
—Gracias por ocuparte de ello.
—Es parte de mi trabajo. Aunque debo admitir que no todos los días despedimos a una investigadora que decide quedarse sin su nave.
Me abrazó brevemente.
—Espero que encuentres aquí lo que estás buscando, Anuki.
—Yo también.
—Y no te preocupes si todavía no sabes exactamente qué es.
La observé alejarse hacia los hangares. Durante meses habíamos compartido reuniones y procedimientos científicos, pero hasta aquella mañana no había considerado cuánto echaría de menos aquellas conversaciones ocasionales.
Cuando ingresé en la sala principal, Zireth fue la primera en acercarse.
—¡Anuki!
Me abrazó con tanta fuerza que comencé a reír.
—Parece que fuera a desaparecer.
—Para nosotros, casi. Estaremos en otra galaxia mientras tú intentas comprender a ese médico vaeloriano.
—Zireth...
—No me mires así. La curiosidad forma parte de mi profesión.
Nevara se acercó sonriendo.
—Todavía me cuesta creer que hayas decidido quedarte. Cuando salimos de Naurea eras la más estricta con los procedimientos.
—Continúo respetándolos.
—Lo sé. Pero ahora has descubierto que algunas decisiones requieren considerar algo más que los planes iniciales.
Xandor apareció detrás de ella.
—Propongo que incorporemos tu caso a los estudios sobre acontecimientos improbables.
—Mi decisión no es un acontecimiento improbable —protesté.
—Eso depende del momento en que hubiéramos intentado predecirla.
Azael levantó una mano.
—¿Podrían dejar de analizarla? Todavía tenemos que despedirnos.
El silencio que siguió nos hizo comprender que todos habíamos estado utilizando el humor para evitar aquel momento.
Azael se acercó con una pequeña esfera transparente. En su interior distinguí una delicada estructura vegetal de tonalidad verde azulada, suspendida dentro de un material cristalino.
—Quiero que la conserves —dijo—. Es una reproducción mineralizada de una planta que estudiamos durante nuestra formación en Naurea. No contiene material biológico activo, así que puedes tenerla contigo sin comprometer los protocolos.
La reconocí inmediatamente.
—Pasamos varios días investigando su sistema de intercambio energético.
—Y tú insistías en que mis mediciones eran incorrectas.
—Porque habías modificado la calibración.
Azael comenzó a reír.
—Eso nunca quedó demostrado.
Sostuve la esfera entre las manos. Aquel pequeño objeto contenía un recuerdo de mi vida anterior a la expedición, de las jornadas de estudio y de una amistad que había comenzado mucho antes de llegar a la Tierra.
—Gracias, Azael.
—Para que tengas algo de Naurea cerca.
Nevara me entregó una unidad de almacenamiento con imágenes de la expedición.
Había seleccionado únicamente aquellas que podíamos conservar sin revelar nuestra presencia a los humanos.
Al activarla aparecimos reunidos en la estación submarina durante nuestros primeros días.
Después surgieron fotografías de paisajes, investigaciones y momentos compartidos.
Una de las imágenes mostraba a Xandor sobre su bicicleta, con una expresión de absoluta concentración.
—Esa fotografía debe eliminarse —declaró.
Nevara la amplió.
—Es una de mis favoritas.
—Corresponde a un procedimiento experimental incompleto.
—Corresponde al instante anterior a que terminaras sobre el césped —respondió Zireth.
Todos comenzamos a reír, incluido Xandor.
Continuamos observando las imágenes hasta que apareció una representación de nuestra llegada a la Tierra. El planeta se extendía bajo nosotros como una esfera azul y blanca suspendida en la oscuridad.
Recordé la emoción de aquel momento. Había descendido convencida de que regresaría con conocimientos científicos y una comprensión más amplia de los vínculos humanos. Nunca imaginé que terminaría construyendo algunos propios.
—Espero que continúes investigando —comentó Xandor.
—Por supuesto.
—Y que recuerdes que no todas las experiencias pueden comprenderse completamente antes de participar en ellas.
Su respuesta me sorprendió. Sonreí y le agradecí sus palabras.
Zireth tomó una de mis manos.
—No abandones tu curiosidad científica, Anuki. Sentir afecto por alguien no significa que debas dejar de hacer preguntas.
—No creo que eso vaya a suceder.
—Lo sé. Pero quería recordártelo.
Abracé a Nevara, Azael, Xandor y Zireth. Durante meses habíamos compartido descubrimientos, dificultades y experiencias que probablemente nadie más comprendería exactamente de la misma manera. Saber que continuábamos siendo compañeros no hacía menos dolorosa la separación.
Khael se acercó cuando los demás comenzaron a organizar sus pertenencias.
—Anuki, ¿podemos conversar?
Lo acompañé hasta una superficie panorámica desde la que se distinguían las estructuras exteriores de la estación.