Los Invisibles Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

Su expresión se iluminó.

—Entonces tenemos que celebrarlo.

—¿Cómo?

—Preparando una cena.

Lo observé con cautela.

—¿Tú vas a cocinar?

—Pensé que podríamos hacerlo juntos. Mis antecedentes aconsejan contar con supervisión.

Reí.

Aquella noche intentamos preparar una receta terrestre. Aethor añadió demasiada sal a una salsa y yo cuestioné varias instrucciones que no explicaban las razones químicas de cada procedimiento. Finalmente conseguimos servir una cena aceptable.

—Por tu regreso al trabajo —dijo, levantando su vaso.

—Y por una comida que hemos conseguido terminar.

Nuestros vasos se encontraron suavemente.

Descubrí que había disfrutado tanto de la preparación como del resultado.

La convivencia también comenzó a mostrar diferencias que nuestras citas no habían revelado.

Aethor era ordenado, pero tenía la costumbre de dejar libros abiertos en distintas habitaciones.

Podía concentrarse durante horas en un problema médico y olvidar dónde había colocado sus lentes, incluso cuando los llevaba sobre la cabeza.

Yo, por mi parte, organizaba mis actividades mediante procedimientos precisos y no siempre apreciaba que alguien intentara modificarlos.

Una tarde, mientras acomodábamos los libros del estudio, Aethor me propuso ayudarme a organizar un calendario semanal.

—Puedo hacerlo sola —respondí con más firmeza de la necesaria.

Él se detuvo.

—No pretendía decidir por ti. Solo quería ayudarte.

Advertí que había reaccionado de manera desproporcionada. Durante la expedición, Onix y los sistemas de apoyo habían organizado buena parte de mis actividades. Ahora deseaba demostrarme que podía vivir de manera independiente.

—Lo sé —admití—. Disculpa. Estoy intentando acostumbrarme a tomar ciertas decisiones sin depender de los recursos de la misión.

Aethor asintió.

—Entonces dime cuándo quieres ayuda. No necesito ofrecerla antes de que la pidas.

Sonreí.

—Eso sería conveniente.

—Aunque seguiré ofreciéndote café. No pienso consultar cada vez que prepare una taza.

Reí y continuamos organizando la biblioteca.

Aquella pequeña diferencia me permitió comprender que convivir no consistía únicamente en disfrutar de la compañía de alguien. También requería reconocer sus costumbres, expresar las propias necesidades y aprender a resolver desacuerdos sin convertirlos en amenazas para la relación.

Una mañana me acerqué a los ventanales con una taza de café. Aethor estaba junto a mí, observando la ciudad que comenzaba a despertar.

—Se ve diferente desde aquí —comenté.

—¿Diferente de cuando la contemplabas desde tu nave?

Asentí.

—Antes distinguía sus estructuras y movimientos como parte de un planeta que estaba investigando. Ahora conozco algunos de esos lugares. Sé dónde trabaja Isabel, cómo llegar a Los Olivos y qué calles conducen al centro psicológico. Ya no son solamente puntos sobre un mapa.

Aethor rodeó suavemente mi cintura.

—Eso mismo me ocurrió cuando decidí quedarme.

Permanecimos observando la ciudad durante unos minutos.

—Todavía me resulta extraño pensar que pronto no tendré una nave esperándome —admití.

—Es comprensible. Has contado con ella durante toda la misión.

—Y también extrañaré a Onix.

—Lo sé.

Apoyé la cabeza sobre su hombro.

—No quiero dejar de ser quien soy por vivir aquí.

Aethor volvió ligeramente el rostro hacia mí.

—No tienes que convertirte en humana, Anuki. Puedes aprender sus costumbres y construir una vida entre ellos sin olvidar Naurea ni tu formación. Yo sigo siendo Aethor, aunque la mayoría de las personas me conozcan como Adrián.

Su respuesta me tranquilizó.

Durante meses había utilizado mi identidad humana como una herramienta científica. Ahora tendría que convivir con ella durante un período mucho más prolongado.

Pero Ana Andrómeda ya no era únicamente un nombre creado para proteger mi presencia en la Tierra. También representaba las relaciones que había construido, el trabajo que deseaba continuar y las decisiones que comenzaba a tomar por mí misma.

Aun así, las despedidas seguían pendientes. La expedición estaba por regresar y pronto tendría que hablar con Tharion y Naureia, despedirme de mis compañeros y enfrentar la partida de Onix.

Nada de aquello sería sencillo.

Sin embargo, cuando observé la pequeña piedra de Mateo sobre una repisa, comprendí que mi decisión no significaba renunciar a mi pasado. Los recuerdos que había reunido en la Tierra tampoco reemplazaban los de Naurea.

Ambos formaban parte de mi historia.

Aethor me acercó un poco más y permanecimos contemplando el amanecer.

Por primera vez desde mi llegada al planeta, no estaba preparando una nueva etapa de observación ni esperando instrucciones para continuar la misión.

Había elegido un lugar donde vivir, una profesión que deseaba ejercer y una relación que todavía tenía mucho por descubrir.

No sabía cuánto tiempo permanecería en la Tierra ni qué dificultades aparecerían.

Pero había decidido intentarlo.

Y aquella mañana, mientras la ciudad despertaba bajo nuestros ojos, comprendí que construir una vida también podía ser una forma de continuar explorando el universo.