Capítulo 18 #2
Al abandonar la sala, sentí una mezcla de alivio y temor. Había conseguido la autorización que necesitaba, pero también comprendía con mayor claridad todo lo que tendría que dejar atrás.
Onix recibió la noticia en silencio.
—Entonces puedes quedarte —dijo finalmente.
—Sí.
—¿Y ya lo has decidido?
Me senté frente a él.
—Quiero hacerlo. Pero no quiero que nuestra despedida sea consecuencia de una decisión apresurada.
Mi asistente inclinó la cabeza.
—Anuki, no necesitas regresar a Naurea solamente para evitar que yo te extrañe.
Aquella respuesta me sorprendió.
—¿No preferirías que continuáramos trabajando juntos?
—Por supuesto. Eres mi compañera y disfruto nuestras investigaciones. Pero también he visto cuánto significa para ti este planeta. Sería injusto pedirte que renunciaras a esa posibilidad para conservar nuestra rutina.
Permanecí observándolo.
—Te voy a extrañar.
—Yo también.
Onix se acercó y apoyó una mano sobre la mía.
—Cuando llegamos, creías que estudiar los vínculos humanos sería suficiente para comprenderlos. Ahora estás descubriendo que también pueden modificar tu propia vida.
—Eso no significa que haya dejado de ser científica.
—Nunca lo he pensado. De hecho, sospecho que continuarás investigando incluso cuando nadie te lo pida.
Sonreí.
—Probablemente.
—Entonces prométeme que no convertirás cada conversación con Aethor en una evaluación.
—No puedo prometer algo tan poco razonable.
Onix comenzó a reír.
Permanecimos juntos durante un largo rato. Después hablamos de las cosas que necesitaría organizar antes de la partida y de los procedimientos para mantener el contacto cuando fuera posible.
Aquella noche abrí un registro personal y escribí las razones por las que deseaba permanecer.
No todas estaban relacionadas con Aethor.
Quería regresar a la psicología, continuar aprendiendo sobre las relaciones humanas y construir una rutina que no estuviera determinada por los objetivos de una expedición.
También anoté aquello que me entristecía: la distancia con Naurea, la ausencia de mis tutores y la despedida de Onix.
Cuando terminé de leerlo, comprendí que ninguna decisión eliminaría completamente la tristeza.
Pero podía elegir qué vida deseaba intentar construir.
Tomé mi dispositivo y escribí a Aethor.
«Khael ha autorizado que permanezca temporalmente en la Tierra. He decidido aceptar.»
Su respuesta llegó casi inmediatamente.
«¿Eso significa que te quedas?»
Sonreí.
«Sí. Quiero continuar mi trabajo aquí y seguir conociéndote.»
Pasaron unos segundos.
«Entonces mañana quiero mostrarte algo.»
Acepté sin saber qué tenía preparado.
Aethor me esperaba frente a un edificio residencial de gran altura. Su fachada de vidrio reflejaba las últimas luces de la tarde y, desde la entrada, podía distinguirse el océano a varias calles de distancia.
—¿Aquí vives? —pregunté.
—Desde hace casi dos años.
Atravesamos un vestíbulo luminoso y ascendimos hasta uno de los pisos superiores.
Cuando abrió la puerta de su apartamento, descubrí una sala amplia rodeada de ventanales.
La ciudad se extendía bajo nosotros y, más allá de los edificios, el mar formaba una franja azulada que parecía confundirse con el cielo.
—Es hermoso —comenté.
—Pensé que te gustaría la vista.
Me acerqué al cristal. Desde aquella altura podía observar las calles, los vehículos y los movimientos de una ciudad que había comenzado a conocer desde dentro.
Aethor me mostró el resto del apartamento. Tenía una biblioteca considerable, un estudio, varias habitaciones y una cocina que, según confesó, utilizaba con resultados variables. Sobre una repisa encontré fotografías de sus compañeros del hospital y de algunos residentes de Los Olivos.
En una aparecía Mercedes con un sombrero de colores.
—¿Cómo consiguió convencerte de utilizar eso? —pregunté.
Aethor suspiró.
—Me amenazó con dejar de hablarme durante una semana.
Reí.
Aquellas fotografías me permitieron reconocer algo importante. Aethor no había permanecido en la Tierra únicamente para continuar sus investigaciones. Había construido relaciones, recuerdos y costumbres que formaban parte de su vida cotidiana.
—¿Extrañas Vaeloria? —pregunté.
—Mucho. Hay personas y lugares que desearía volver a ver con mayor frecuencia. Pero he aprendido que extrañar mi mundo no me impide sentir afecto por este.
Sus palabras me tranquilizaron. Había temido que elegir la Tierra significara alejarme emocionalmente de Naurea, como si ambos lugares no pudieran continuar siendo importantes.
Nos sentamos junto a los ventanales y conversamos durante un rato. Después Aethor dejó su vaso sobre la mesa.
—Quiero proponerte algo.
Lo observé.
—Te escucho.
—Cuando la expedición se marche, tendrás que abandonar la nave. Sé que puedes conseguir un apartamento, pero también sé que tendrás muchas cosas que organizar.
Asentí.
—Khael fue muy claro al respecto.
Aethor sonrió.
—Entonces quiero que consideres vivir aquí conmigo.
Permanecí inmóvil.
Había imaginado que podríamos continuar viéndonos, compartir actividades y descubrir qué clase de relación deseábamos construir. No había pensado en la posibilidad de convivir.
—¿Estás seguro? —pregunté.
—Sí. Pero no quiero que lo interpretes como una condición para continuar conociéndonos. Puedes tener tu propia habitación, conservar tus espacios y contribuir a los gastos cuando comiences a trabajar. Si después prefieres vivir sola, lo comprenderé.
Observé nuevamente el apartamento.
No era una nave equipada con tecnología capaz de atravesar galaxias. No ofrecía los sistemas de seguridad a los que estaba acostumbrada ni la posibilidad de regresar inmediatamente a mi mundo.
Pero tenía libros, fotografías y objetos que hablaban de una vida construida mediante decisiones cotidianas.
Y Aethor deseaba compartir conmigo una parte de ella.
—Me gustaría intentarlo —respondí.
Su sonrisa se amplió.
—¿De verdad?
—Sí. Pero quiero que ambos podamos hablar si algo no funciona.
—Por supuesto.
Se acercó y me abrazó. Correspondí al gesto, apoyando las manos sobre su espalda. Permanecimos así durante varios segundos, sin sentir la necesidad de añadir explicaciones.
Los días siguientes estuvieron dedicados a organizar mi traslado.
Onix revisó cuidadosamente mis pertenencias para asegurarse de que no conservara dispositivos o materiales capaces de revelar nuestra procedencia.
La documentación correspondiente a Ana Andrómeda permanecería activa, mientras que los registros de la expedición regresarían a Naurea.
—Esta caja contiene objetos sin utilidad práctica —comentó al examinar mis recuerdos.
—Son importantes para mí.
Extrajo la pequeña piedra que Mateo me había regalado.
—Su composición sigue siendo completamente terrestre.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué continúas conservándola?
—Porque Mateo quería regalarme algo que consideraba extraordinario.
Onix permaneció contemplándola antes de devolverla a su lugar.
—Creo que finalmente comienzo a comprenderlo.
Cuando llevé la caja al apartamento, Aethor observó la piedra con curiosidad. Le conté la historia de Mateo y su convencimiento de que procedía de la Luna. Después coloqué el dibujo de Emma sobre una mesa y organicé algunos libros en el estudio.
Mis pertenencias comenzaron a ocupar pequeños espacios entre las suyas.
Aethor continuaba trabajando en el hospital y en Los Olivos. Yo aproveché aquellos días para reorganizar mi documentación, establecer una rutina y comunicarme con el centro psicológico donde había trabajado durante mis primeros meses en la Tierra.
Mi antigua coordinadora se alegró al escucharme.
—Ana, varios pacientes preguntaron por ti después de que terminaste tu colaboración.
Sentí una emoción inesperada.
—Espero que hayan continuado sus procesos con los profesionales que los recibieron.
—Por supuesto. Pero tu trabajo fue muy valorado. ¿Estás interesada en regresar?
—Sí. Esta vez quisiera establecer una agenda más estable.
Conversamos sobre las posibilidades disponibles y acordamos que comenzaría a trabajar algunos días por semana, respetando los procedimientos habituales de atención y continuidad terapéutica.
Cuando terminé la llamada, permanecí observando el dispositivo con una sonrisa.
No había solicitado aquel puesto para cumplir una etapa de investigación. Deseaba regresar porque disfrutaba de la psicología y porque había descubierto que acompañar a otras personas podía tener valor incluso cuando no formaba parte de un informe científico.
Aethor llegó poco después.
—¿Buenas noticias? —preguntó.
—Voy a volver a trabajar como psicóloga.