Los Invisibles Capítulo 18
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Capítulo 18

—Quiero que te quedes en la Tierra.

Aethor pronunció aquellas palabras mientras caminábamos junto al océano.

Habíamos pasado buena parte de la noche conversando sobre nuestras investigaciones, los pacientes de Los Olivos y la recuperación de los cinco ocupantes del helicóptero.

Ninguno de ellos corría peligro inmediato, aunque dos continuaban hospitalizados.

Aethor también me había contado que sus superiores revisarían la intervención sobre los recuerdos de los supervivientes.

—Salvarlos fue necesario —había dicho—. Pero eso no convierte todas nuestras decisiones posteriores en incuestionables.

Me alegró descubrir que compartíamos aquella preocupación. Sin embargo, cuando me pidió que permaneciera en la Tierra, todo lo demás dejó de ocupar mi atención.

—Mi expedición está terminando —respondí—. Tenemos una fecha de regreso y responsabilidades que cumplir.

—Lo sé. No te estoy pidiendo que las abandones ni que decidas ahora cómo será el resto de tu vida. Solo quisiera que consideraras quedarte un tiempo más.

Nos detuvimos junto a la barandilla del paseo costero. A nuestro alrededor, las personas continuaban caminando, conversando y disfrutando de una noche que para ellas no tenía nada de extraordinario.

—¿Por qué quieres que me quede? —pregunté.

Aethor me observó con sus ojos oscuros, aunque sabía que bajo aquella apariencia se ocultaba el plateado característico de su verdadera naturaleza.

—Porque disfruto estar contigo. Porque quiero seguir conociéndote y descubrir qué podemos construir juntos. Contigo puedo ser Aethor, no solamente el médico al que todos conocen. Y me gustaría que tú también pudieras ser Anuki sin tener que esconder cada parte de tu historia.

Su respuesta me produjo una emoción cálida. No hablaba de nuestros antepasados comunes ni de las posibilidades científicas que ofrecía nuestra relación. Hablaba de nosotros.

—También quiero seguir conociéndote —admití—. Pero nunca había considerado permanecer en otro mundo después de una expedición.

—Yo tampoco, cuando llegué.

Me contó que su primera misión había tenido una fecha de finalización tan precisa como la mía.

Sin embargo, al comenzar a trabajar directamente con pacientes humanos, había descubierto que deseaba continuar acompañándolos.

Solicitó una autorización especial y consiguió establecerse en la Tierra sin depender de los recursos de su expedición.

—No fue sencillo —reconoció—. Tuve que demostrar que podía mantener mi identidad protegida, sostener una vida independiente y cumplir las normas de no intervención.

—¿Nunca te arrepentiste?

—He extrañado Vaeloria. Todavía la extraño. Pero también he construido una vida aquí y no me arrepiento de haberlo intentado.

Pensé en Mercedes, Roberto y Teresa. En los pacientes que había conocido como psicóloga y en los niños que me habían regalado dibujos, una piedra y un insecto de plástico. Hasta entonces había considerado aquellos vínculos parte de una experiencia que terminaría con mi regreso a Naurea.

Ahora comenzaba a preguntarme qué ocurriría si no tuvieran que terminar.

—No sé si Khael autorizaría algo semejante —respondí.

—Puedes preguntárselo. Y si decides regresar, lo comprenderé.

—¿Aunque no sea lo que deseas?

Aethor tomó suavemente mi mano.

—Quiero que te quedes porque tú también lo deseas, no porque sientas que debes hacerlo por mí.

Lo observé durante varios segundos. Había conocido relaciones en las que una persona intentaba convertir sus deseos en obligaciones para la otra. Aethor acababa de ofrecerme una posibilidad sin exigir una respuesta.

—Hablaré con Khael —dije finalmente—. Pero necesito pensar en lo que significaría permanecer lejos de Naurea.

—Tómate el tiempo que necesites.

Continuamos caminando. Poco después Aethor comenzó a contarme una de sus primeras experiencias intentando cocinar comida terrestre. Había confundido dos ingredientes y preparado una cena que ninguno de sus invitados consiguió terminar.

—Intenté explicarles por qué la combinación debía funcionar —recordó.

—¿Y qué respondieron?

—Que la próxima vez preferían que utilizara una receta.

Reí.

La conversación recuperó su ligereza, pero la propuesta permaneció en mis pensamientos durante el resto de la noche.

Cuando nos despedimos, Aethor depositó un beso sobre mi mejilla. Permanecí inmóvil un instante, sorprendida por la intensidad con la que experimenté aquel contacto.

—Buenas noches, Anuki.

—Buenas noches, Aethor.

Lo observé alejarse antes de regresar a la nave.

Había llegado a la Tierra para estudiar por qué algunas personas modificaban sus planes cuando alguien comenzaba a importarles.

Ahora comprendía mejor aquella posibilidad.

—Ha sucedido algo —afirmó Onix apenas entré.

—¿Por qué lo dices?

—Porque llevas varios segundos sonriendo sin que nadie haya contado una broma.

Dejé mi abrigo sobre una silla.

—Aethor me pidió que considerara quedarme en la Tierra.

Mi asistente permaneció inmóvil.

—¿Y qué respondiste?

—Que hablaría con Khael.

Onix bajó lentamente la mirada hacia la consola. Durante los meses que llevábamos juntos había aprendido a reconocer sus silencios, y aquel no me resultó difícil de interpretar.

—¿Te entristece? —pregunté.

—Me preocupa que tomes una decisión sin conocer todas sus consecuencias.

—Eso también me preocupa a mí.

—Si permaneces, la expedición regresará sin ti. No podrás conservar la nave ni los equipos científicos. Y probablemente tampoco podamos continuar trabajando juntos.

Aquella última posibilidad me produjo una tristeza inmediata.

Onix había sido mi compañero desde mucho antes de llegar a la Tierra. Conocía mis hábitos, mis preferencias y mis errores. Habíamos compartido investigaciones, viajes y conversaciones que nunca habían formado parte de ningún informe.

—Todavía no he decidido nada —respondí.

—Lo sé.

Se acercó a la mesa donde había reunido los recuerdos de mis experiencias terrestres. Examinó el dibujo de Emma y la pequeña piedra que Mateo me había regalado.

—Antes considerabas innecesario conservar objetos que no tuvieran una utilidad concreta —comentó.

—Ahora comprendo que pueden representar algo importante.

—Eso parece.

Dejó cuidadosamente el dibujo dentro de su caja.

—Habla con Khael. Necesitas saber si es posible antes de decidir si quieres hacerlo.

Asentí.

Mi asistente tenía razón. No podía construir una nueva vida sobre una posibilidad que todavía no había sido autorizada.

A la mañana siguiente solicité una reunión con nuestro jefe de expedición.

Khael me recibió en una sala de planificación de la estación submarina. Varios laboratorios ya habían sido desocupados y los equipos científicos se encontraban preparados para el traslado. Aquellos cambios hicieron que mi petición pareciera todavía más extraordinaria.

—Quiero solicitar autorización para permanecer temporalmente en la Tierra después del regreso de la expedición —dije.

Khael me observó sin responder inmediatamente.

—¿Por motivos personales?

—Personales y científicos. He completado mis investigaciones, pero deseo continuar estudiando los vínculos humanos durante períodos más prolongados. También he establecido relaciones que me gustaría conservar.

—Entre ellas, tu relación con Aethor.

—Sí.

Khael se levantó y caminó hacia la superficie panorámica.

—No existe una prohibición absoluta que impida a un investigador permanecer temporalmente en otro planeta. Sin embargo, una autorización independiente exige condiciones diferentes de las que has tenido durante esta misión.

Me explicó que las naves regresarían a Naurea junto con todos los sistemas de exploración.

No podría conservar tecnología de navegación, defensa o comunicación que revelara nuestro nivel de desarrollo.

Tendría que utilizar mi identidad terrestre, mantener documentación coherente y sostener mis actividades sin depender de la estructura de la expedición.

—Tampoco podrás solicitar un regreso inmediato cada vez que lo desees —añadió—. Cualquier traslado requerirá autorización y coordinación.

—Lo comprendo.

—¿Y Onix?

Aquella pregunta me produjo una punzada de tristeza.

—Me gustaría que permaneciera conmigo.

—Tiene responsabilidades propias y forma parte de los sistemas de apoyo de la expedición. No puedo decidir que se quede sin considerar su situación ni las necesidades del programa.

Bajé la mirada.

Khael regresó a su asiento.

—Anuki, has realizado un trabajo excelente. Pero necesito hacerte una pregunta que no se relaciona con tus informes.

—Adelante.

—Si tu relación con Aethor terminara, ¿seguirías deseando permanecer en la Tierra?

Permanecí en silencio.

Había pensado tanto en la posibilidad de continuar conociéndolo que no me había formulado aquella pregunta con suficiente claridad.

Recordé a Marissa recuperando espacios propios, a Brian aprendiendo a cuestionar las creencias que había construido sobre sí mismo y a Elena regresando a su jardín.

Pensé en Nicolás, en Emma y en los residentes de Los Olivos.

Recordé la satisfacción que había sentido al acompañar a mis pacientes y la curiosidad que todavía me despertaban las relaciones humanas.

—Sí —respondí finalmente—. Me entristecería perder a Aethor, pero continuaría deseando trabajar aquí. Quiero establecer una vida propia, no solamente permanecer cerca de él.

Khael asintió.

—Esa es una distinción importante. Una decisión así debe seguir perteneciendo a quien la toma.

Abrió un registro y revisó las condiciones de permanencia.

—Puedo autorizar una estancia temporal independiente, siempre que cumplas los protocolos de discreción y no intervención. Tus informes operativos deberán quedar completos antes de la partida y dispondrás únicamente de un canal de comunicación para emergencias autorizadas.

Me entregó un dispositivo pequeño.

—No sustituirá nuestros sistemas habituales, pero permitirá contactar con nosotros si ocurre algo grave.

Lo sostuve entre los dedos.

—Gracias, Khael.

—No tienes que agradecerme por examinar una solicitud razonable. Has demostrado que puedes desenvolverte entre los humanos. Ahora tendrás que comprobar que también puedes hacerlo sin una expedición detrás de ti.

Asentí.