Capítulo 17 #4
Asentí. Regresar a Naurea no era solamente un desplazamiento entre galaxias. Significaba continuar mi trabajo, reencontrarme con mis tutores y responder ante quienes habían confiado en mí.
—No quiero prometerte algo que todavía no sé si podré cumplir.
—Ni yo te lo pediría.
Permanecimos juntos mientras el viento recorría la costa.
—Quiero volver a verte antes de que te marches —dijo finalmente.
—Yo también.
—Entonces encontraremos un momento.
Aethor tomó nuevamente mi mano.
—Todavía tenemos muchas cosas que contarnos.
—Muchas.
Sonrió.
—Y preferiría que nuestra próxima conversación no incluyera una aeronave cayendo al océano.
No pude evitar reír.
—Sería conveniente.
Permanecimos unos minutos más junto al mar. No intentamos resolver nuestro futuro ni formular promesas que no sabíamos si podríamos cumplir. Hablamos de Los Olivos, de nuestros pacientes y de pequeñas experiencias que, en otras circunstancias, habrían parecido insignificantes.
Sin embargo, cada minuto adquiría ahora un valor diferente.
Cuando finalmente nos despedimos, Aethor se inclinó y apoyó suavemente sus labios sobre mi frente.
—Cuídate, Anuki.
—Tú también, Aethor.
Lo observé alejarse por la playa. Mientras avanzaba hacia el sendero, su figura recuperó gradualmente la apariencia humana que había conocido durante nuestros primeros encuentros. Su estatura disminuyó ligeramente, el brillo nacarado desapareció de su piel y sus ojos volvieron a oscurecerse.
Antes de desaparecer entre las sombras se volvió para mirarme.
Levanté la mano.
Él respondió al gesto y continuó caminando.
—Los cinco supervivientes están recibiendo atención médica —informó Onix cuando regresé a la nave auxiliar—. Dos necesitan cuidados hospitalarios urgentes, pero todos continúan con vida.
Sentí alivio.
—Me alegra saberlo.
—También he registrado las capacidades de Adrián. O debería decir Aethor.
Sonreí.
—Entonces ya conoces su verdadero nombre.
—Y su procedencia. Vaeloria.
Le expliqué lo que Aethor me había contado sobre las antiguas migraciones de Elarion y la conexión histórica entre nuestras civilizaciones.
Onix escuchó con interés y señaló que aquellos antecedentes podían explicar algunas semejanzas biológicas, aunque necesitaríamos comparar los registros de ambos pueblos antes de establecer conclusiones.
—Me gustaría conocer sus archivos —comenté.
—Sospecho que tus intereses ya no son exclusivamente científicos.
No intenté contradecirlo.
—Quizás tengas razón.
Onix permaneció en silencio unos instantes.
—¿Le has contado que pronto regresaremos?
—Sí.
—¿Cómo reaccionó?
Recordé la tristeza que había aparecido en su expresión y la manera en que sostuvo mi mano mientras hablábamos.
—Creo que le dolió.
—¿Y a ti?
Observé el océano.
—También.
Onix no añadió nada. Su silencio me permitió ordenar mis pensamientos mientras la nave comenzaba a elevarse sobre la costa.
Había pasado la noche descubriendo aspectos extraordinarios de Aethor: su verdadero nombre, su apariencia, su origen y las capacidades de su civilización. También había encontrado una conexión histórica inesperada entre Vaeloria y Naurea.
Todo aquello merecía una investigación profunda.
Sin embargo, mientras contemplaba las primeras señales del amanecer, no fueron los descubrimientos científicos los que ocuparon mi atención.
Recordé la mano de Aethor sobre mi mejilla, su expresión cuando le anuncié que pronto regresaría a mi hogar y la manera en que se había detenido antes de besarme.
Durante meses había estudiado las decisiones que los humanos tomaban para permanecer cerca de quienes amaban.
Había conocido personas que cambiaban de ciudad, reorganizaban sus vidas o atravesaban grandes dificultades para conservar una relación.
Algunas de aquellas decisiones me habían parecido difíciles de comprender cuando todavía las observaba desde la distancia.
Ahora me encontraba frente a una posibilidad semejante.
Deseaba regresar a Naurea. Extrañaba a Tharion, a Naureia y los lugares donde había transcurrido mi existencia. Quería compartir mis descubrimientos y continuar mi trabajo científico. Nada de aquello había perdido importancia.
Pero también deseaba volver a ver a Aethor.
No solamente para preguntarle por Vaeloria o conocer los archivos de su pueblo. Quería escuchar su voz, conversar sobre nuestras experiencias y descubrir qué podía surgir entre nosotros si dispusiéramos de más tiempo.
La Tierra continuaba girando bajo nosotros, indiferente a mis dudas.
En sus ciudades, millones de personas comenzarían pronto una nueva jornada.
Algunas se encontrarían con quienes amaban; otras tendrían que despedirse.
Habría conversaciones pendientes, reconciliaciones y decisiones capaces de modificar sus vidas.
Yo había llegado para estudiar aquellas experiencias.
Ahora tenía que afrontar una de ellas.
Apoyé una mano sobre la superficie panorámica y observé el horizonte iluminado.
Por primera vez desde que había abandonado Naurea, la idea de regresar a mi hogar comenzaba a dolerme.
No porque hubiera dejado de pertenecer a él.
Sino porque, en aquel pequeño planeta azul, había encontrado a alguien de quien todavía no deseaba despedirme.