Los Invisibles Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

Habíamos salvado sus vidas, pero ninguno de los cinco podía explicar lo sucedido mediante sus conocimientos humanos. Nos habían visto desplazarnos bajo el agua sin equipos de buceo, abrir una puerta metálica y trasladarlos hasta la costa con una velocidad imposible para su especie.

Aethor se acercó a mí.

—Necesitamos hablar.

Nos apartamos unos pasos, sin perder de vista a los heridos.

—Mi especie posee una capacidad de modulación neurológica —explicó—. Puedo limitar el acceso a fragmentos recientes de la memoria.

Lo observé sorprendida.

—¿Puedes borrar recuerdos?

—No exactamente. Puedo impedir temporalmente que recuperen determinados detalles. Conservarán el accidente, el impacto y la llegada a la costa, pero no recordarán nuestras capacidades ni nuestra verdadera apariencia.

La propuesta me produjo una inquietud inmediata.

—Estaríamos modificando sus recuerdos sin su consentimiento.

—Lo sé. No es una decisión que tome a la ligera.

—¿Existe algún riesgo para su recuperación?

—La intervención sería limitada. No alteraría recuerdos personales, emociones ni acontecimientos anteriores al accidente.

Observé a los supervivientes. Una parte de mí consideraba que debíamos marcharnos y permitirles recordar lo sucedido. Sin embargo, comprendía que sus declaraciones podían atraer una atención peligrosa tanto para ellos como para nuestras respectivas misiones.

Recordé las enseñanzas de Tharion sobre los errores cometidos por civilizaciones que habían utilizado sus conocimientos para decidir sobre la vida de otras especies.

—No quiero que modifiques más de lo estrictamente necesario —respondí.

Aethor asintió.

—Yo tampoco.

—Y comunicaré lo sucedido a Khael.

—Lo comprendo.

Regresamos junto a los heridos. Aethor levantó una mano y una vibración plateada se extendió alrededor del grupo. Activé mis sentidos para observar el procedimiento. La emisión se concentró en regiones específicas de su actividad neurológica y desapareció pocos segundos después.

La mujer parpadeó.

—¿Qué sucedió?

—Han sufrido un accidente —respondió Aethor—. Están a salvo en la costa y los equipos de emergencia vienen en camino.

Uno de los hombres observó el océano.

—Recuerdo que caímos... Después todo está confuso.

Aethor comprobó nuevamente sus signos vitales antes de apartarse.

—Los detalles relacionados con nosotros ya no deberían estar disponibles para ellos —me explicó en voz baja.

No me agradaba aquella decisión, aunque reconocía las circunstancias que la habían motivado. Comprendí que necesitaría examinar sus implicaciones con mayor detenimiento cuando regresara a la estación.

—Los equipos de rescate están llegando —anunció Onix—. Detecto embarcaciones y una aeronave de búsqueda.

Aethor acomodó al piloto para facilitar su respiración. Después nos alejamos por un sendero estrecho entre las rocas, fuera del campo visual de los supervivientes.

Desde una elevación observamos cómo las primeras luces se aproximaban a la playa.

—Los han localizado —confirmó Onix.

Sentí alivio.

Los cinco estaban vivos.

Aethor se sentó sobre una roca y pasó una mano por su cabello húmedo.

Había recuperado su apariencia vaeloriana durante el rescate y no parecía tener intención de ocultarla mientras permanecíamos solos.

Sus ojos plateados reflejaban las estrellas y el brillo nacarado de su piel resultaba más visible bajo la luz de la luna.

Me acomodé a su lado.

—No imaginaba que nuestra conversación terminaría con un helicóptero en el fondo del océano —comentó.

—Yo tampoco.

—Aunque debo admitir que has demostrado capacidades extraordinarias.

—Tú también. Nunca había observado una técnica de estabilización celular como la que utilizaste con el piloto.

Sonrió.

—¿Vas a pedirme una explicación científica?

—Naturalmente.

—¿Ahora?

Miré hacia la playa, donde los equipos de emergencia atendían a los supervivientes.

—Quizás podamos esperar.

Aethor comenzó a reír y lo acompañé. La tensión del rescate disminuyó lentamente, aunque todavía podía percibir la energía que habíamos utilizado.

Permanecimos unos minutos en silencio. Después Aethor volvió la mirada hacia mí.

—Me alegra que hayas estado aquí, Anuki.

—A mí también.

—No lo digo solamente por el rescate.

Su expresión se suavizó.

—Desde que te conocí sentí que compartíamos algo que no conseguía explicar. Ahora sé que nuestras civilizaciones poseen una historia común, pero no creo que eso sea lo único que nos acerca.

Sentí una agradable alteración en el pecho.

—Yo tampoco.

Aethor sonrió.

—¿Has pensado en nosotros?

La pregunta me sorprendió por su sencillez. Había dedicado numerosas horas a analizar mis sentimientos, pero responder directamente parecía más difícil que formular cualquier hipótesis científica.

—Sí —admití—. Más de lo que esperaba.

Aethor levantó una mano y acarició mi mejilla. Su contacto era cálido y me produjo el deseo inmediato de acercarme. Apoyé suavemente mi mano sobre la suya.

Durante unos segundos permanecimos mirándonos. Después se inclinó hacia mí, aunque se detuvo antes de que nuestros labios llegaran a encontrarse.

—No quiero apresurar nada —murmuró.

Sonreí.

—Yo tampoco.

No sabía si aquella respuesta describía completamente lo que deseaba. Una parte de mí quería descubrir qué ocurriría si dejábamos de contenernos, pero comprendía que nuestra relación acababa de adquirir una complejidad que ninguno había previsto.

Aethor apoyó suavemente su frente contra la mía. Permanecimos así unos instantes antes de separarnos, sin soltarnos todavía de las manos.

Fue entonces cuando recordé aquello que había evitado mencionar durante toda la noche.

Mi regreso a Naurea.

Retiré lentamente mi mano.

—Aethor, necesito decirte algo.

Su expresión se volvió atenta.

—Te escucho.

Observé las luces de los equipos de rescate.

—Mi misión está terminando. Pronto tendré que regresar a mi mundo.

Aethor permaneció inmóvil.

—¿Cuánto tiempo te queda?

—Muy poco. Estamos completando los informes y preparando la partida.

Bajó la mirada. Su expresión había cambiado y advertí una tristeza que me produjo una sensación difícil de soportar.

—Entonces sabías que tendrías que marcharte cuando comenzamos a conocernos —comentó.

—Sí. Debería habértelo contado antes.

Aethor guardó silencio unos instantes.

—Quizás. Pero yo también tardé en decirte quién era realmente.

Lo observé.

—No quiero que pienses que nuestra relación ha sido solamente parte de mi investigación.

—Nunca he pensado eso.

—Al principio me interesaba comprender por qué parecías reconocer ciertas características de mi comportamiento. Después comencé a disfrutar de nuestras conversaciones y de los momentos que compartíamos. Ahora sé que quiero seguir conociéndote.

Su expresión se suavizó.

—A mí me sucedió algo parecido. Cuando te vi por primera vez, advertí que eras diferente. Pero eso no fue lo que hizo que quisiera volver a encontrarte.

—¿Entonces qué fue?

Sonrió con cierta tristeza.

—Tu curiosidad. Tu manera de hacer preguntas que otros dan por sentadas. Y esa expresión que aparece en tu rostro cuando descubres algo que te interesa.

Sentí que mis mejillas se calentaban.

—No sabía que me observabas tanto.

—Creo que ambos hemos estado haciendo lo mismo.

Su comentario me hizo sonreír, aunque la preocupación continuaba presente.

—No sé qué ocurrirá cuando regrese —admití.

—Yo tampoco. Podemos recorrer distancias inmensas, Anuki, pero eso no significa que podamos abandonar nuestras responsabilidades cada vez que lo deseemos.