Los Invisibles Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Con el tiempo, sus descendientes desarrollaron vínculos con las poblaciones locales y dieron origen a linajes que conservaron determinadas características biológicas, aunque evolucionaron como culturas diferentes.

—Parte de mi ascendencia procede de aquellas comunidades —concluyó.

Permanecí inmóvil.

Había estudiado las antiguas rutas de expansión del Linaje Celeste junto a Tharion. Conocía relatos de migraciones, alianzas y asentamientos, pero también registros incompletos de conflictos que nuestra civilización había tardado generaciones en reconocer.

—Entonces nuestras historias están relacionadas —respondí.

—Sí. Aunque han transcurrido demasiadas generaciones para considerarnos una misma especie.

—En Naurea conservamos documentos sobre esas expediciones. Algunos describen grandes descubrimientos; otros mencionan disputas y abusos de poder.

Aethor asintió.

—Nuestros archivos también. No todas las comunidades recibieron de buena manera a los recién llegados. Hubo cooperación, pero también conflictos por territorios, recursos y conocimientos.

Pensé en Onix y en las diferencias entre los registros históricos de su pueblo y los nuestros.

—Me gustaría conocer la versión vaeloriana de aquellos acontecimientos.

—Podría mostrarte algunos documentos.

Su propuesta me entusiasmó, aunque inmediatamente recordé que el tiempo disponible para hacerlo era limitado. Nuestra expedición se encontraba en su etapa final y todavía no le había contado que pronto regresaría a Naurea.

Aethor se inclinó para protegerme de una salpicadura cuando una ola golpeó las rocas inferiores. El agua no representaba ningún peligro para mí, pero su gesto me hizo sonreír.

—No necesitas protegerme.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué lo hiciste?

Pareció considerar la pregunta.

—Porque me salió de manera natural.

No intenté analizar su respuesta. Permanecí junto a él mientras el cielo terminaba de oscurecerse.

—Es extraño —comentó después de un rato—. Hemos recorrido distancias inmensas para llegar a un planeta que no pertenece a ninguna de nuestras civilizaciones y terminamos descubriendo que nuestras historias estaban relacionadas desde mucho antes de nacer.

—¿Crees que nuestro encuentro estaba destinado a suceder?

Aethor sonrió.

—No sé si creo en el destino. He visto demasiadas cosas depender de decisiones pequeñas. Prefiero pensar que lo importante es lo que hagamos con la oportunidad de habernos encontrado.

Lo observé. Sus ojos plateados reflejaban las estrellas y su expresión había adquirido una suavidad que reconocí de nuestras conversaciones en Los Olivos.

—Me alegra haberte conocido, Anuki.

—A mí también, Aethor.

Levantó una mano y apartó un mechón de cabello de mi rostro. Sus dedos rozaron mi mejilla y permanecieron allí unos instantes. Sentí el impulso de acercarme y no intenté impedirlo.

La distancia entre nosotros disminuyó.

Entonces escuché la voz de Onix.

—Anuki, tenemos una emergencia.

Me aparté inmediatamente.

Aethor advirtió el cambio en mi expresión.

—¿Qué sucede?

—Un helicóptero está perdiendo el control sobre el océano —informó Onix—. Detecto cinco ocupantes y una anomalía crítica en el sistema de propulsión.

Me incorporé y activé mis capacidades sensoriales. A varios kilómetros distinguí una luz intermitente que descendía de manera irregular.

—No llegará a la costa —dije.

Aethor levantó la mirada. Sus ojos adquirieron una luminosidad más intensa.

—Lo percibo.

Calculé la velocidad de descenso y la distancia hasta el agua. Las probabilidades de supervivencia eran reducidas.

—Tenemos que ayudarlos.

Aethor se volvió hacia mí.

—Eso iba a proponerte.

No discutimos los protocolos. Ambos conocíamos las restricciones que impedían revelar nuestras capacidades ante los humanos, pero cinco personas estaban a punto de morir.

—Onix, mantén el seguimiento de la aeronave y prepara una forma de alertar a los equipos de emergencia sin revelar nuestra tecnología.

—Entendido. Tengan cuidado.

Aethor se acercó al borde de las rocas.

—¿Puedes desplazarte a gran velocidad?

—Sí.

—Entonces ven conmigo.

Una luminosidad plateada recorrió su cuerpo antes de que avanzara a una velocidad imposible para un humano. Activé mis propias capacidades y lo seguí. Atravesamos la costa en pocos segundos hasta alcanzar una elevación desde la que distinguimos claramente el helicóptero.

La aeronave giraba de manera irregular. El piloto intentó recuperar altura, pero el aparato se inclinó bruscamente y comenzó a descender sobre el agua.

—Si intervenimos mientras está en el aire, podríamos empeorar su inestabilidad —advirtió Aethor.

—Entonces tendremos que entrar inmediatamente después del impacto.

Apenas terminé de hablar, el helicóptero golpeó el océano. Un estruendo metálico atravesó la noche y una columna de agua se elevó antes de que el fuselaje comenzara a hundirse.

—¡Ahora! —exclamó Aethor.

Nos lanzamos desde las rocas.

El agua fría envolvió mi cuerpo, pero mis mecanismos de adaptación respondieron inmediatamente.

Modifiqué mis funciones respiratorias y avancé hacia la aeronave mientras Onix transmitía información sobre las señales vitales de los ocupantes.

Aethor nadaba a mi lado, rodeado por una tenue luminosidad que parecía reducir la resistencia del agua.

El helicóptero descendía lentamente. Parte del fuselaje estaba deformado y el interior comenzaba a inundarse.

—Cuatro ocupantes conscientes —informó Onix—. El piloto presenta una respuesta fisiológica reducida.

Aethor señaló la puerta lateral.

—Abriré el acceso. Tú libera a los pasajeros.

Asentí.

Apoyó ambas manos sobre el metal. Una emisión plateada recorrió sus dedos y los puntos de unión comenzaron a ceder. En lugar de arrancar la puerta de manera violenta, separó cuidadosamente sus fijaciones hasta retirarla sin proyectar fragmentos hacia el interior.

Me introduje por la abertura.

Una mujer tenía una pierna atrapada bajo un asiento desplazado.

El hombre que intentaba ayudarla ya había conseguido liberarse, pero sus movimientos eran desesperados y la cabina estaba casi completamente inundada.

Aparté la estructura, solté el cinturón de seguridad y conduje a la mujer hacia Aethor, que ascendió inmediatamente con ella.

Regresé por el hombre. Al verme, abrió los ojos con desconcierto, pero no había tiempo para explicaciones. Lo sujeté y lo acompañé hasta la superficie, donde Aethor había dejado a la primera superviviente sobre una formación rocosa.

—Quedan tres —me indicó.

—El piloto está perdiendo oxígeno —advirtió Onix.

Me sumergí nuevamente.

La cabina delantera estaba más dañada. El panel de control había quedado sobre una pierna del piloto y parte de la estructura impedía mover su asiento. Aparté el metal, liberé su cinturón y lo sostuve mientras Aethor regresaba a mi lado.

—Entrégamelo —dijo—. Necesita asistencia inmediata.

Le confié al piloto y regresé por los dos ocupantes restantes. Uno estaba desorientado, pero había conseguido soltarse. El otro permanecía atrapado entre fragmentos del interior.

—Anuki, el fuselaje está perdiendo resistencia —advirtió Onix—. Debes salir.

—Necesito unos segundos.

Retiré los restos que inmovilizaban al pasajero. Cuando finalmente conseguí liberarlo, sujeté a ambos hombres y avancé hacia la abertura.

Un crujido recorrió la estructura.

La parte superior del helicóptero comenzó a deformarse.

—¡Ahora, Anuki!

Impulsé mi cuerpo hacia la salida con toda la velocidad que podía utilizar sin lastimar a los pasajeros. Atravesamos la abertura instantes antes de que una sección del fuselaje se desprendiera y desapareciera en las profundidades.

Ascendí rápidamente.

Los dos hombres comenzaron a toser en cuanto alcanzamos la superficie. Los conduje hasta la formación rocosa donde Aethor atendía al piloto.

Habíamos conseguido sacar a los cinco.

Pero todavía no estaban a salvo.

Aethor permanecía arrodillado junto al hombre. Sus manos emitían pulsaciones luminosas sobre su pecho y cuello. Al acercarme detecté que algunos procesos celulares alterados comenzaban a recuperar valores más estables.

—¿Estás estimulando sus mecanismos de recuperación? —pregunté.

—De manera limitada. Tiene dificultades respiratorias y una lesión que afecta su circulación. Necesita atención médica terrestre, pero debo estabilizarlo antes de moverlo.

El piloto inspiró con mayor profundidad. Aethor mantuvo sus manos inmóviles durante unos segundos más y después comprobó su respuesta.

—Eso debería darnos tiempo.

Observé el procedimiento con admiración. Conocía técnicas de asistencia biológica utilizadas por otras civilizaciones, pero nunca había presenciado una exactamente igual.

—Quiero que me expliques cómo funciona.

Aethor levantó brevemente la mirada.

—Con mucho gusto. Pero preferiría hacerlo cuando no tengamos cinco personas esperando que las llevemos a tierra firme.

Sonreí a pesar de la tensión.

—Tienes razón.

Entre ambos organizamos el traslado hasta una pequeña playa protegida de las corrientes.

Aethor sostuvo al piloto mientras yo ayudaba a la mujer y a otro pasajero.

Los dos restantes podían desplazarse con apoyo.

Cuando alcanzamos la arena, la mujer comenzó a llorar y uno de los hombres la abrazó.

El piloto permanecía débil, pero respiraba con mayor regularidad.

—Onix, ¿qué sabemos de los equipos de emergencia? —pregunté.

—La aeronave emitió una señal de auxilio antes del impacto. Las autoridades han iniciado la búsqueda. Puedo transmitir una ubicación compatible con sus sistemas.

—Hazlo.

Mientras Aethor revisaba las lesiones, me acerqué a la mujer. Tenía pequeños cortes en las manos y temblaba.

—¿Te duele algo?

—No lo sé. Creo que estoy bien.

—Un médico va a revisarte.

La mujer miró hacia Aethor y después volvió a observarme.

—¿Quiénes son ustedes?

Antes de que pudiera responder, uno de los hombres intervino.

—Yo la vi dentro del helicóptero. Estábamos bajo el agua y apareció de repente.

Su expresión se llenó de desconcierto.

—¿Cómo consiguieron llegar hasta nosotros?

Aethor levantó la mirada.