Capítulo 17
—Hay algo que necesito mostrarte antes de que decidas si puedes confiar en mí.
Adrián permanecía junto a las rocas, con el océano extendiéndose a sus espaldas.
El sol acababa de desaparecer detrás del horizonte y una franja rojiza todavía iluminaba las nubes.
Había elegido una playa apartada de la ciudad, protegida por pequeñas elevaciones cubiertas de vegetación.
No había viviendas cercanas ni caminos transitados.
El único sonido constante era el de las olas golpeando contra las piedras.
—Estoy aquí para escucharte —respondí—. Pero también tengo preguntas.
—Lo sé. Y mereces respuestas.
Onix había insistido en mantener una vigilancia discreta durante nuestro encuentro.
Llevaba un comunicador oculto y nuestra nave auxiliar permanecía fuera del alcance de los instrumentos humanos, preparada para intervenir si fuera necesario.
Había aceptado aquellas precauciones porque desconocíamos las verdaderas capacidades de Adrián, aunque mi experiencia personal con él no me había dado motivos para considerarlo peligroso.
—La zona está despejada —informó Onix a través del comunicador—. No detecto actividad sospechosa. Mantendré el canal abierto.
—Gracias.
—Y recuerda que puedes marcharte cuando lo desees.
—No lo he olvidado.
Adrián observó las elevaciones cercanas y después levantó una mano. Una luminosidad plateada recorrió sus dedos y se extendió en círculos tenues que desaparecieron en el aire. Detecté una emisión energética procedente de su propio organismo, sin intervención de dispositivos externos.
—¿Qué acabas de hacer? —pregunté.
—Comprobar que no hay humanos cerca. Mi especie puede percibir determinadas formas de movimiento y actividad energética a distancias considerables.
Sus ojos se dirigieron brevemente hacia el cielo. Me pregunté si había advertido la presencia de Onix, pero no hizo ningún comentario.
—Quiero que me conozcas sin la apariencia que utilizo entre los humanos —continuó—. No tienes motivos para temerme, Anuki.
—No he venido porque te tema.
Sonrió.
—Entonces será más sencillo.
Cerró los ojos. Una vibración recorrió su figura y su cuerpo comenzó a transformarse.
Sus hombros adquirieron mayor amplitud, su estatura aumentó ligeramente y los rasgos de su rostro se modificaron con una precisión extraordinaria.
Su piel conservó una tonalidad semejante a la humana, aunque apareció sobre ella un reflejo nacarado.
Cuando volvió a abrir los ojos, sus iris habían adquirido un plateado intenso atravesado por delicadas líneas doradas.
El hombre que tenía delante continuaba siendo reconocible, pero su presencia había cambiado. No se trataba de una ilusión visual ni de una proyección tecnológica. Sus tejidos se habían reorganizado dentro de límites que todavía desconocía.
Me acerqué un paso.
—Tu adaptación es biológica.
Adrián soltó una carcajada.
—Esperaba una reacción diferente.
—¿Cuál?
—No lo sé. Quizás sorpresa, miedo o alguna pregunta sobre mi verdadero aspecto.
—Estoy sorprendida. Pero también quiero comprender cómo funciona.
—Eso significa que sigues siendo la investigadora que conocí.
—Sería extraño que dejara de serlo precisamente ahora.
Sonrió y extendió una mano para que pudiera observarla. Su temperatura era ligeramente superior a la que había registrado durante nuestros encuentros anteriores y bajo su piel percibí una vibración energética muy tenue.
—Podemos reorganizar ciertos tejidos —explicó—. La capacidad es natural, aunque perfeccionarla requiere entrenamiento. Mantener una apariencia diferente durante mucho tiempo exige un control que termina volviéndose casi automático.
—¿Por eso tus ojos cambiaron durante nuestra primera cita?
—Sí. Perdí momentáneamente la concentración.
—¿Por qué?
Adrián me miró con una sonrisa que parecía esconder cierta vergüenza.
—Porque estaba nervioso.
Lo observé sorprendida.
—Siempre pareces muy seguro de ti mismo.
—Eso demuestra que he aprendido a disimularlo. Estar contigo me resulta menos sencillo de lo que imaginas.
No supe qué responder inmediatamente. Aquella confesión me produjo una satisfacción inesperada. Había dedicado semanas a preguntarme qué pensaba Adrián de mí y ahora descubría que nuestras conversaciones también despertaban en él emociones difíciles de controlar.
—Todavía no me has dicho tu verdadero nombre —recordé.
Su expresión se suavizó.
—Tienes razón. Me llamo Aethor.
Pronuncié el nombre mentalmente antes de repetirlo en voz alta.
—Aethor.
—Así me conocen en mi mundo.
—Me gusta.
—Y a mí me gusta escuchar mi nombre cuando tú lo dices.
Sonreí. Durante meses había utilizado una identidad humana para integrarme en la Tierra.
Ahora me encontraba frente a alguien que también había aprendido a vivir bajo un nombre prestado.
Aquella semejanza no eliminaba las diferencias entre nosotros, pero me permitía comprender mejor algunos de sus silencios.
Aethor señaló una roca protegida del viento.
—¿Nos sentamos? Tengo una historia que contarte.
—Procedo de Vaeloria —dijo cuando nos acomodamos frente al océano.
No pude evitar sonreír.
—Lo sospechaba.
Volvió la cabeza hacia mí.
—¿Conoces mi mundo?
—Conozco algunos registros de tu civilización. Una compañera de mi expedición ha estudiado la participación de investigadores vaelorianos en instituciones médicas terrestres.
—Entonces has estado investigándome.
—He considerado distintas posibilidades.
—Eso suena mucho mejor.
Reí.
Aethor me explicó que había llegado a la Tierra tres años atrás como integrante de una expedición médica.
Su trabajo inicial consistía en estudiar los procesos fisiológicos humanos, las enfermedades y los mecanismos de recuperación.
Durante los primeros meses había permanecido principalmente en laboratorios y centros de observación, pero pronto descubrió que los registros clínicos no explicaban por completo las diferencias entre pacientes con condiciones físicas semejantes.
—Dos personas podían recibir el mismo tratamiento y atravesarlo de maneras muy distintas —comentó—.
Una estaba acompañada por su familia; la otra permanecía sola.
Una encontraba motivos para continuar luchando y la otra había perdido toda esperanza.
Yo podía estudiar las respuestas de sus organismos, pero necesitaba comprender qué ocurría alrededor de ellas.
—Sus vínculos —respondí.
—Exactamente. Solicité prolongar mi permanencia y comencé a trabajar dentro de instituciones humanas. Quería conocer a los pacientes, no solamente sus resultados.
Su explicación me recordó mis primeros días como psicóloga. También yo había llegado convencida de que podía comprender las relaciones humanas mediante la observación científica, hasta descubrir que escuchar sus historias transformaba las preguntas que necesitaba formular.
—¿Y nunca has utilizado conocimientos vaelorianos para salvar a alguien? —pregunté.
Aethor observó el mar.
—Sí. En circunstancias excepcionales.
—¿A pesar de las restricciones?
—A pesar de ellas. Algunas decisiones fueron aceptadas por quienes supervisan mi trabajo; otras me obligaron a dar explicaciones. No siempre es sencillo saber que podrías ayudar de una manera que la medicina terrestre todavía no permite y tener que contenerte.
Recordé a Nicolás y el momento en que utilicé una velocidad superior a la humana para evitar que sus compañeros lo empujaran por las escaleras. También pensé en la mujer que había rescatado durante un asalto.
—Comprendo esa dificultad.
Aethor me observó.
—Lo dices como alguien que ha tenido que tomar decisiones semejantes.
—He intervenido cuando consideré que una persona corría peligro inmediato.
—¿Y tus compañeros estuvieron de acuerdo?
—No completamente.
Sonrió.
—Entonces compartimos otro problema.
Continuamos conversando sobre nuestras investigaciones.
Le expliqué que había llegado junto a cinco especialistas y que mi trabajo consistía en estudiar los vínculos humanos durante distintas etapas de la vida.
No mencioné la ubicación de nuestra base ni los procedimientos tecnológicos de la expedición.
Aethor, por su parte, me habló de sus experiencias en el hospital y de cómo había terminado trabajando también en Los Olivos.
—Ahora entiendo por qué siempre hacías tantas preguntas —comentó cuando le conté mis distintas profesiones terrestres—. Aunque debo admitir que nunca imaginé encontrarte trabajando en un supermercado.
—Fue una experiencia muy interesante.
—No lo dudo. ¿Qué aprendiste?
—Que algunas personas acuden a lugares cotidianos buscando algo más que el servicio que ofrecen. Conocí a una mujer que compraba pequeñas cantidades de alimentos todos los días porque necesitaba conversar con alguien.
Aethor asintió.
—En el hospital sucede algo parecido. A veces un paciente regresa porque necesita que alguien lo escuche, aunque su problema médico ya esté resuelto.
Hablamos de Mercedes, Roberto y Teresa. Aethor conocía sus historias desde mucho antes de mi llegada y recordaba detalles que yo todavía no había descubierto.
Me contó que Mercedes había pasado meses negándose a tocar el piano delante de otras personas porque temía equivocarse, y que Roberto le había mostrado orgullosamente fotografías de la caja que habíamos reparado juntos.
—Los residentes me han enseñado mucho —admití.
—A mí también. Y eso que llevo varios años con ellos.
Permanecimos observando las primeras estrellas. Durante algunos minutos no sentimos la necesidad de conversar. Descubrí que el silencio junto a Aethor me resultaba tan agradable como nuestras preguntas.
Finalmente volvió la mirada hacia mí.
—Ahora quiero conocer tu mundo.
—Nací en Naurea, un planeta de la galaxia Elarion. Crecí en Aeliria, nuestra capital.
Aethor dejó de mirar el océano.
—¿Naurea?
La sorpresa en su voz me hizo volverme hacia él.
—¿Lo conoces?
—Entonces perteneces al Linaje Celeste.
Lo observé con atención.
—¿Conoces nuestra civilización?
—Parte de su historia. Y creo que hay algo que deberías saber sobre la mía.
Aethor me explicó que, muchas generaciones atrás, viajeros procedentes de Elarion habían llegado a distintos sistemas de Vaeloria.
Algunos establecieron relaciones científicas y comerciales; otros formaron comunidades permanentes.