Los Invisibles Capítulo 16 #4
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Capítulo 16 #4

Permanecí pensativa. Onix tenía razón al señalar que existían riesgos. Yo también los había considerado.

Pero no deseaba marcharme sin escuchar a Adrián.

—Voy a aceptar —respondí.

Mi asistente cerró lentamente los ojos.

—Imaginé que dirías eso.

—Necesito saber quién es realmente.

—Podríamos intentar obtener esa información mediante nuestros registros.

—Quizás. Pero prefiero escucharlo de él.

Onix me observó con atención.

—Anuki, no permitas que tus sentimientos te hagan ignorar los riesgos.

—No lo haré. Mantendremos un canal de comunicación disponible durante el encuentro. Si detectas alguna anomalía importante, avísame inmediatamente. Y si pierdo contacto contigo, informa a Khael.

Su expresión cambió.

—¿Estás reconociendo que podría tratarse de una situación peligrosa?

—Reconozco que todavía no conocemos todos los hechos.

Onix asintió.

—Es una diferencia importante.

Respondí al mensaje.

«Adrián, también quiero hablar contigo. Podemos vernos mañana. Dime dónde.»

La respuesta llegó pocos segundos después.

«Conozco un lugar tranquilo junto al mar. Me gustaría mostrarte algo. Confía en mí.»

Permanecí observando aquellas palabras.

Confía en mí.

Recordé las advertencias de Khael y las conversaciones con Zireth. También pensé en Adrián acompañando a Mercedes, escuchando pacientemente a Roberto y tratando a Teresa con aquella delicadeza que parecía formar parte de su carácter.

Confiar no significaba ignorar la incertidumbre.

Pero tampoco quería convertir el desconocimiento en una razón para rechazarlo.

«Podemos encontrarnos junto al mar», respondí. «Prefiero que me indiques primero el lugar exacto.»

Adrián envió la ubicación de un sector costero poco concurrido.

«Mañana, al atardecer. Hay algo que necesito que veas para comprender quién soy.»

Acepté.

Onix proyectó inmediatamente la zona sobre la consola.

—Es un lugar aislado —comentó.

—Lo sé. Pero tenemos acceso aéreo y podemos mantener observación desde la nave.

—Prepararé un sistema de seguimiento discreto.

—Gracias.

Mi asistente permaneció unos segundos en silencio.

—Anuki, ¿puedo preguntarte algo?

—Por supuesto.

—¿Qué esperas encontrar mañana?

Reflexioné.

Había pasado meses estudiando las relaciones humanas. Había escuchado a quienes buscaban orientación, acompañado a personas que sufrían pérdidas y descubierto la importancia de gestos que antes habría considerado insignificantes.

Mi encuentro con Adrián había introducido una posibilidad que no formaba parte de los objetivos originales de la expedición.

Quizás no solamente estaba descubriendo a otra civilización.

Quizás estaba descubriendo una parte de mí misma que nunca había tenido motivos para explorar.

—La verdad —respondí finalmente.

Onix inclinó la cabeza.

—¿Sobre Adrián?

Observé las luces de la ciudad.

—Sobre Adrián. Y quizás también sobre lo que siento por él.

Mi asistente permaneció pensativo.

—Espero que ambas respuestas sean buenas para ti.

Sonreí.

—Yo también.

Cuando Onix se retiró para preparar los sistemas de seguridad, permanecí frente a la superficie panorámica. Desde aquella altura, las calles formaban líneas luminosas entre edificios que parecían pequeños y silenciosos.

Pensé en la mujer del abrigo azul, en Isabel y su decisión de reconciliarse con su hija, en Elena y sus pequeñas compras diarias, en el hombre que había aceptado la ayuda de una desconocida y en el anciano que quería aprender a pintar para recordar a su esposa.

Todas aquellas personas continuarían viviendo cuando yo abandonara la Tierra. Probablemente nunca sabrían que habían formado parte de una investigación desarrollada por una científica procedente de otro mundo.

Tampoco necesitaban saberlo.

Habían compartido conmigo pequeños fragmentos de sus historias y yo había tenido la oportunidad de escucharlos.

Miré hacia las estrellas. En algún lugar de aquella inmensidad permanecía Naurea. Mis tutores me esperaban y deseaba regresar para compartir mis descubrimientos. Durante mucho tiempo había imaginado aquel momento como el final satisfactorio de una expedición.

Ahora sabía que regresar también significaba despedirme.

Pensé en Adrián.

Al día siguiente quizás descubriría finalmente de qué mundo procedía, por qué había elegido vivir entre los humanos y qué acontecimientos de su pasado continuaban influyendo sobre sus decisiones.

No sabía si sus respuestas modificarían lo que sentía.

Pero recordé nuevamente al hombre que había perdido a su hermano sin conseguir pedirle perdón. No quería marcharme dejando preguntas sin formular únicamente porque me asustaran las respuestas.

Apagué las luces y observé una última vez el océano, oculto bajo la oscuridad.

En algún lugar de aquella costa, Adrián había elegido el sitio donde nos encontraríamos.

No sabía qué descubriría cuando llegara el atardecer ni si aquella conversación nos acercaría o revelaría diferencias que todavía no habíamos considerado.

Solo tenía una certeza.

Deseaba escucharlo.

Y, mientras contemplaba las luces lejanas de la ciudad, descubrí que también deseaba que nuestro encuentro no terminara demasiado pronto.