Capítulo 16 #3
«Buscar trabajo durante mucho tiempo puede resultar agotador», respondí. «No haber encontrado todavía una oportunidad no significa que carezcas de capacidades.»
La siguiente consulta procedía de una mujer que temía que su pareja estuviera perdiendo interés en la relación. Le sugerí buscar un momento tranquilo para conversar, expresar lo que había observado y escuchar también la perspectiva de la otra persona.
Después llegaron preguntas sobre estudios, conflictos laborales, organización familiar y problemas domésticos.
Algunas requerían información concreta.
Otras parecían necesitar, sobre todo, un espacio donde ordenar pensamientos.
Una consulta me hizo detenerme.
«¿Cómo puedo decirle a mi madre que la quiero si nunca hemos sido una familia de abrazarnos?»
Recordé a Mercedes y sus historias sobre el amor construido mediante pequeños gestos.
«No necesitas comenzar con algo que resulte incómodo para ambos», respondí. «Puedes agradecerle algo que haya hecho por ti, escribirle una nota o decirle sencillamente que te alegra tenerla en tu vida. Lo importante es que encuentres una forma sincera de expresarlo.»
La respuesta tardó varios minutos.
«Creo que voy a intentarlo hoy.»
Sonreí.
No sabría si finalmente lo haría ni cómo reaccionaría su madre. Pero había aprendido que participar en un pequeño fragmento de una vida no significaba conocer toda su historia.
Poco después apareció otra consulta.
«Mi padre murió hace tres días. Todos me dicen que tengo que ser fuerte. ¿Está mal que no quiera hablar con nadie?»
Recordé inmediatamente a las dos hermanas que habían despedido a su madre en Memorias.
«No está mal necesitar silencio después de una pérdida», escribí. «Cada persona vive el duelo de manera diferente. No tienes que demostrar fortaleza ocultando lo que sientes. Puedes tomarte tu tiempo y buscar apoyo cuando lo necesites.»
El usuario respondió:
«Gracias. Mi hermana llora todo el tiempo y yo no puedo. Pensé que eso significaba que quería menos a mi padre.»
«Expresar la tristeza de manera diferente no significa haber amado menos. No existe una única forma correcta de atravesar el duelo.»
Permanecí contemplando la pantalla después de finalizar la conversación.
Dos personas que probablemente jamás se conocerían habían expresado preocupaciones casi idénticas frente a pérdidas diferentes. Una lo había hecho en una funeraria; la otra, mediante una plataforma digital.
La tecnología había cambiado el entorno.
La necesidad de sentirse comprendidas era semejante.
Las consultas continuaron. Una niña preguntó si los dinosaurios habrían podido tener mascotas. Otro usuario quería saber cómo evitar que su perro robara calcetines. Un hombre de setenta y ocho años preguntó si era demasiado viejo para aprender a pintar.
Le respondí que podía comenzar a cualquier edad y que no necesitaba buscar resultados perfectos.
«Mi esposa pintaba», escribió. «Murió hace dos años. Siempre decía que algún día me enseñaría.»
Observé aquellas palabras con atención.
«Quizás aprender a pintar te permita recordar algo que era importante para ella y, al mismo tiempo, descubrir una actividad propia», respondí. «Puedes comenzar con materiales sencillos y disfrutar del proceso.»
El hombre agradeció la respuesta.
Lo imaginé entrando en una tienda de materiales artísticos, eligiendo sus primeros pinceles y regresando a casa para comenzar una actividad que su esposa había deseado compartir con él.
Aquella posibilidad me produjo alegría.
La siguiente consulta fue considerablemente diferente.
«Si una jirafa utilizara zapatos, ¿necesitaría cuatro pares o dos?»
La leí dos veces.
—Onix.
—¿Sí?
—¿Cuántos zapatos crees que necesitaría una jirafa?
Mi asistente permaneció inmóvil.
—Cuatro.
—Eso pensé.
—¿Por qué me preguntas algo tan evidente?
—Estoy investigando el humor humano.
Onix observó la pantalla.
—Entonces sospecho que necesitarás más tiempo del que tenemos disponible.
Reí y respondí que una jirafa necesitaría cuatro zapatos, es decir, dos pares.
El usuario envió varios símbolos que representaban carcajadas.
—Parece satisfecho —comentó Onix.
—Eso creo.
—Me alegra que hayamos contribuido al conocimiento terrestre sobre el calzado de las jirafas.
Su comentario me hizo reír nuevamente.
Estábamos cerca del límite de tiempo cuando apareció una pregunta que consiguió detenerme durante varios segundos.
«¿Cómo sé si estoy enamorado de alguien?»
Permanecí observándola.
Había estudiado el amor desde numerosas perspectivas.
Conocía sus manifestaciones fisiológicas, sus componentes emocionales y las diferencias entre la atracción inicial y los vínculos construidos durante años.
Había escuchado historias de parejas jóvenes, matrimonios prolongados y personas que intentaban recuperarse de una separación.
Sin embargo, aquella pregunta tenía ahora un significado personal.
Pensé en Adrián.
En nuestras conversaciones durante los descansos de Los Olivos, en la cafetería que había elegido para nuestra cita y en la manera en que conseguía hacerme sonreír. Recordé sus ojos plateados, la noche junto al mar y las preguntas que todavía no había respondido.
—Anuki —intervino Onix—. Llevas más tiempo del habitual con esa consulta.
—Estoy pensando.
—Eso resulta evidente.
Volví a leer la pregunta.
Finalmente escribí:
«El enamoramiento puede manifestarse de diferentes maneras. Quizás pienses frecuentemente en esa persona, disfrutes especialmente de su compañía o desees conocerla mejor. También puede importarte su bienestar y alegrarte la posibilidad de compartir tiempo con ella.
Pero no existe una señal única que confirme lo que sientes. Conocer a la persona y observar cómo evoluciona la relación puede ayudarte a comprenderlo.»
La respuesta llegó poco después.
«Entonces creo que me está pasando.»
Sonreí.
«Puede ser. No necesitas apresurarte a definirlo. Lo importante es conocer a esa persona y prestar atención a cómo se sienten ambos.»
Cuando la conversación terminó, permanecí mirando la pantalla.
Había ofrecido una respuesta que consideraba razonable.
No sabía si conseguiría aplicarla con la misma tranquilidad a mi propia situación.
—Hemos alcanzado el límite acordado —anunció Onix.
Asentí.
—Lo sé.
—¿Ha sido útil?
Observé las consultas recibidas.
—Muchísimo. Los humanos utilizan estos sistemas para resolver problemas, pero también para formular preguntas que les cuesta compartir con otras personas. Algunos buscan información. Otros necesitan ordenar sus pensamientos antes de tomar una decisión.
—¿Y qué has descubierto sobre sus vínculos?
—Que aparecen incluso cuando la consulta parece tratar sobre otra cosa. Una persona busca trabajo porque desea recuperar su seguridad; otra teme perder el afecto de su pareja. Un hijo intenta expresar cariño a su madre y un hombre quiere aprender a pintar porque su esposa dejó una promesa pendiente.
Onix asintió.
—Entonces tu investigación está completa.
Observé las ventanas que comenzaban a cerrarse.
—Creo que tenemos suficiente información para presentar nuestras conclusiones.
Desactivamos la conexión experimental y eliminamos los accesos temporales. Conservé únicamente observaciones generales autorizadas, sin datos que permitieran identificar a los participantes.
Sin embargo, mientras Onix organizaba los registros, continué pensando en aquellas personas.
No sabía si el hombre conseguiría trabajo, si el hijo hablaría con su madre o si el anciano compraría finalmente sus pinceles.
Y descubrí que deseaba conocer sus respuestas.
Los preparativos para el regreso avanzaban con rapidez. Khael había solicitado que todos finalizáramos nuestros compromisos terrestres y organizáramos la documentación necesaria para abandonar el planeta.
Yo todavía tenía asuntos pendientes en Los Olivos.
Había informado a Beatriz que pronto dejaría mi puesto por motivos personales.
La directora había comenzado a organizar la continuidad de mis tareas y me aseguró que los residentes contarían con el acompañamiento necesario.
Sin embargo, todavía no había encontrado el momento de despedirme de Mercedes, Roberto y Teresa.
Tampoco había hablado con Adrián sobre mi partida.
Aquella omisión comenzaba a preocuparme.
Recordé al hombre de Memorias que lamentaba no haberse reconciliado con su hermano.
Pensé que tendría tiempo.
No quería que aquellas palabras terminaran describiendo mi propia experiencia.
Me encontraba revisando uno de los archivos finales cuando mi dispositivo terrestre emitió una señal.
Era un mensaje de Adrián.
«Anuki, necesito hablar contigo. Hay cosas que todavía no te he contado y creo que ha llegado el momento de hacerlo. ¿Podemos vernos mañana?»
Leí aquellas palabras varias veces.
No utilizaba mi identidad humana. Me llamaba Anuki y deseaba hablarme de los secretos que todavía conservaba.
Onix advirtió mi reacción.
—¿Quién te ha escrito?
—Adrián.
Mi asistente dejó de trabajar.
—¿Qué quiere?
—Verme. Dice que ha llegado el momento de contarme algunas cosas.
—Eso podría ser peligroso.
Lo observé.
—¿Por qué?
—Porque todavía desconocemos su origen y sus verdaderas intenciones. Sabemos que no es humano, pero no hemos confirmado a qué civilización pertenece. Además, conoce tu verdadera naturaleza y tu nombre.
—También sabemos que trabaja como médico y que ha demostrado preocupación por las personas que atiende.
—Eso no garantiza que sus intenciones hacia ti sean las mismas.