Los Invisibles Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—Lo más importante es mantener la calma —me advirtió—. Algunas personas llegan cansadas, apuradas o preocupadas por cosas que no tienen nada que ver contigo.

Comprendí su advertencia durante mi primera jornada.

Un hombre llegó hablando por teléfono, colocó sus productos sobre la cinta y continuó discutiendo mientras registraba su compra. Cuando terminó la llamada, su expresión era de evidente agotamiento.

—Disculpa —murmuró—. Ha sido un día complicado.

—Espero que mejore.

El hombre levantó la mirada, sorprendido por mi respuesta, y sonrió brevemente antes de marcharse.

Poco después atendí a una mujer acompañada por dos niños pequeños. Uno quería golosinas; el otro había decidido que necesitaba un juguete. La madre intentaba organizar los productos mientras respondía a ambos.

—Mamá, ¿me lo compras?

—Hoy no.

—Pero lo necesito.

—Ayer ni siquiera sabías que existía.

El niño reflexionó durante unos segundos.

—Entonces ayer no sabía que lo necesitaba.

No pude evitar sonreír.

La madre me miró con resignación.

—A veces hacer las compras con ellos parece una expedición imposible.

Recordé a Marissa y el cansancio que había expresado durante nuestras primeras consultas. Aquel breve encuentro me permitió reconocer, en una situación cotidiana, algunas de las exigencias que enfrentaban los adultos responsables del cuidado de niños pequeños.

También conocí clientes menos amables. Un hombre se molestó porque un descuento no aparecía correctamente registrado y comenzó a hablarme con brusquedad. Marta intervino, revisó el sistema y solucionó el problema.

Cuando el cliente se marchó, se acercó a mí.

—No tienes que aceptar que te falten el respeto. Si vuelve a suceder, llámame.

—Parecía muy molesto.

—Y quizás tenga problemas importantes. Pero eso no justifica que descargue su enojo sobre los demás.

Asentí. Había encontrado aquel mecanismo en diferentes entornos: algunas personas trasladaban la frustración de una relación o circunstancia hacia individuos que no tenían responsabilidad sobre lo sucedido.

Sin embargo, también descubrí gestos de amabilidad que nadie parecía considerar extraordinarios.

Una de mis clientas habituales era una mujer llamada Elena. Llegaba casi todas las mañanas, compraba dos o tres productos y elegía mi caja incluso cuando había otras disponibles.

—Buenos días, Elena —la saludé después de varias visitas.

Su expresión se iluminó.

—¡Ya recuerdas mi nombre!

—Por supuesto.

Sonrió mientras colocaba una caja de té sobre la cinta.

—La verdad es que podría comprar todo lo que necesito una vez por semana. Pero prefiero venir un ratito cada día.

—¿Por qué?

—Porque vivo sola. Si no salgo, puedo pasar todo el día sin hablar con nadie.

Aquella respuesta me hizo comprender que, para Elena, el supermercado no era únicamente un lugar donde adquirir alimentos. También le ofrecía la posibilidad de intercambiar algunas palabras y sentirse reconocida.

Desde entonces conversábamos brevemente cuando el movimiento de clientes lo permitía. Me contaba qué había preparado para almorzar, cómo estaba el clima o si alguno de sus hijos había llamado.

No siempre compartía acontecimientos importantes.

A veces simplemente quería que alguien escuchara cómo había comenzado su mañana.

Una tarde, un hombre mayor comenzó a retirar productos de su compra al descubrir que no tenía dinero suficiente. Miró el total con vergüenza y apartó primero algunos alimentos.

La mujer que esperaba detrás de él observó la situación.

—Déjelos, por favor. Yo pago la diferencia.

El hombre se volvió inmediatamente.

—No, señora. No es necesario.

—No es una molestia.

—Pero ni siquiera me conoce.

Ella sonrió.

—No necesito conocerlo para ayudarlo con una compra.

El hombre permaneció indeciso hasta que finalmente aceptó. Agradeció varias veces el gesto antes de retirarse.

La mujer pagó sus propios productos sin esperar reconocimiento alguno.

Observé cómo ambos abandonaban el establecimiento por puertas diferentes. Probablemente nunca volverían a encontrarse.

Sin embargo, durante unos minutos habían construido una relación basada en una necesidad y una decisión espontánea de ayudar.

El último día, Marta me entregó una pequeña caja de chocolates.

—Gracias por tu trabajo. Los clientes se han acostumbrado a ti.

—Yo también he disfrutado de conocerlos.

—Eso se nota. Elena preguntó si volverías la semana próxima.

Pensé en aquella mujer y en sus pequeñas compras diarias.

—Espero que continúe viniendo.

—Seguramente lo hará.

Me despedí de Marta y abandoné el supermercado con una sensación que comenzaba a reconocer.

Había llegado para observar comportamientos.

Me marchaba recordando personas.

Durante los días siguientes recorrí distintos parques de la ciudad.

Ya no necesitaba adoptar una nueva profesión ni justificar mi presencia mediante una actividad laboral.

Podía caminar, sentarme bajo un árbol y observar cómo los humanos utilizaban aquellos espacios para descansar, ejercitarse y compartir tiempo.

Una mañana encontré a un padre enseñando a su hijo a montar en bicicleta. El niño avanzaba lentamente mientras el hombre sostenía el asiento.

—No me sueltes —pidió.

—Estoy aquí.

—Prométemelo.

—Te lo prometo.

El padre continuó acompañándolo hasta que el niño consiguió mantener el equilibrio. Entonces retiró las manos con cuidado.

—¡Lo estoy haciendo! —gritó el pequeño.

Avanzó unos metros antes de caer sobre el césped.

El hombre corrió hacia él, pero el niño ya estaba levantándose.

—¡Otra vez!

Ambos comenzaron a reír.

Pensé en las conversaciones con Roberto y en la importancia de permitir que otras personas desarrollaran sus propias capacidades. Aquel padre no podía evitar todas las caídas de su hijo, pero sí acompañarlo mientras aprendía.

En otro sector observé a una madre negociando con su hija la hora de regresar a casa.

Cerca de ellas, dos amigas caminaban mientras compartían preocupaciones laborales; una pareja discutía sobre qué sendero debían tomar y un grupo de personas mayores realizaba ejercicios suaves junto a un instructor.

Las relaciones humanas aparecían incluso en los acontecimientos más sencillos.

Un perro se acercó corriendo y dejó una pelota junto a mis pies.

Lo observé.

—Supongo que deseas que la lance.

El animal movió la cola con entusiasmo.

Un hombre mayor apareció detrás de él.

—Disculpa. Max cree que todo el parque existe para jugar con él.

Recogí la pelota y la lancé. El perro salió corriendo.

—Parece disfrutarlo mucho.

—Más que yo —respondió el hombre, aunque sonreía.

Nos sentamos unos minutos mientras Max continuaba jugando.

—Mi hija insistió en que lo adoptara —me contó—. Decía que necesitaba compañía desde que murió mi esposa.

—¿Y tenía razón?

Observó al animal, que regresaba con la pelota.

—Al principio pensé que no. No quería ocuparme de nadie más. Pero ahora tengo que levantarme, salir a caminar y regresar a casa porque alguien me está esperando.

Max dejó nuevamente la pelota a mis pies.

—Supongo que mi hija sabía lo que hacía —añadió.

Recordé las observaciones de Nevara sobre los vínculos entre humanos y animales. Aquel hombre había encontrado compañía en un individuo de otra especie, sin necesidad de compartir un lenguaje verbal.

Lancé la pelota una vez más.

Cuando ambos se marcharon, permanecí observándolos hasta que desaparecieron detrás de los árboles.

—Tu investigación tiene que terminar en algún momento —comentó Onix aquella noche.

Me encontraba revisando los registros de Memorias, el supermercado y los parques. Había reunido información suficiente para completar las conclusiones correspondientes a mi especialidad, pero todavía deseaba realizar una última experiencia.

—Esta vez será breve —respondí.

—Eso mismo dijiste antes de trabajar en el supermercado.

—Y obtuve información extraordinaria.

—No lo discuto. Pero Khael ha solicitado que finalicemos los registros.

—Precisamente por eso quiero hacerlo ahora.

Onix me observó con resignación.

—¿Qué tienes en mente?

Activé una representación de las redes digitales terrestres.

—Durante estos meses he observado cómo los humanos utilizan la tecnología para comunicarse.

Algunos mantienen contacto con familiares y amigos; otros buscan orientación sobre problemas que no se atreven a compartir directamente.

Quiero estudiar qué preguntan cuando creen que están hablando con una inteligencia artificial.

Mi asistente inclinó la cabeza.

—¿Como usuaria?

—No. Quiero responder sus preguntas.

—¿Pretendes hacerte pasar por una inteligencia artificial?

—Durante unas horas.

Onix permaneció en silencio.

—Necesitamos hacerlo sin acceder a conversaciones privadas ni intervenir indebidamente en sistemas humanos.

—Estoy de acuerdo. Podemos utilizar una plataforma experimental cuyos participantes hayan aceptado probar un asistente conversacional.

Mi asistente comenzó a revisar los requisitos técnicos.

—Tendríamos que utilizar únicamente conocimientos disponibles para la humanidad, proteger los datos personales y mantener nuestra tecnología completamente aislada.

—Por supuesto.

—Y establecer un límite de tiempo.

Sonreí.

—Sabía que terminarías diciendo eso.

—Porque te conozco.

Poco después Onix habilitó una conexión temporal con una plataforma de pruebas. Los usuarios sabían que estaban interactuando con un asistente en evaluación, aunque desconocían que, detrás de algunas respuestas, se encontraba una investigadora de otro mundo.

Me acomodé frente a la consola.

La primera consulta apareció casi inmediatamente.

«¿Puedes ayudarme a escribir una carta de presentación para conseguir trabajo?»

Solicité algunos datos sobre la experiencia laboral de la persona y el puesto al que deseaba presentarse. Después redactamos una carta clara y adecuada para su solicitud.

El usuario agradeció la ayuda y añadió:

«Llevo meses buscando trabajo. Ya estaba pensando que no sirvo para nada.»

Permanecí leyendo aquellas palabras.

Había comenzado con una petición práctica, pero detrás de ella existía una preocupación relacionada con la autoestima y el reconocimiento social.