Capítulo 16
La mujer sostenía un abrigo azul sobre las rodillas.
Llevaba casi una hora sentada frente a la puerta de una de las salas de despedida y, cada pocos minutos, acariciaba la tela con los dedos.
No lloraba ni conversaba con las personas que se acercaban a ofrecerle compañía.
Parecía concentrada en conservar algo que los demás no podían ver.
—Era de su esposo —me explicó Isabel en voz baja—. Falleció ayer.
Observé nuevamente la prenda. Estaba cuidadosamente doblada y no parecía tener ninguna característica extraordinaria.
—¿Por qué la ha traído?
—Quizás porque todavía conserva su olor. O porque no quiso dejarla en casa. No lo sé, Ana. Aquí aprenderás que no siempre necesitamos conocer la razón de todo.
Había llegado a Memorias, una funeraria de la ciudad, para realizar una de mis últimas experiencias de observación en la Tierra.
Después de trabajar como psicóloga, profesora y acompañante de adultos mayores, deseaba estudiar un aspecto de los vínculos humanos que hasta entonces había conocido principalmente a través de sus consecuencias: el momento en que una ausencia se volvía definitiva.
La muerte no era desconocida en Naurea. Nuestra civilización había conseguido prolongar considerablemente la existencia biológica y desarrollar conocimientos sobre ciertos procesos relacionados con la conciencia,
pero no habíamos eliminado todas las formas de mortalidad ni resuelto todas las preguntas sobre lo que sucede después.
Los humanos, por su parte, habían construido rituales y creencias muy diferentes para afrontar la pérdida.
Mi propósito no era determinar cuál de aquellas interpretaciones resultaba correcta, sino comprender cómo continuaban amando a alguien que ya no podía responderles.
Isabel, la directora, me había recibido el día anterior. Era una mujer de aproximadamente cincuenta años, serena y acostumbrada a escuchar antes de intervenir. Me explicó los procedimientos de la funeraria, las tareas de acompañamiento y los límites de mi participación.
—Aquí trabajamos principalmente con quienes se quedan —me dijo—. Algunos querrán hablar y otros necesitarán silencio. No intentes cambiar lo que sienten.
—¿Cómo puedo saber qué necesitan?
—Preguntando. Y aceptando su respuesta, aunque sea que prefieren estar solos.
Recordé sus palabras cuando una niña se acercó a la mujer del abrigo azul.
—Abuela, ¿por qué trajiste el abrigo del abuelo?
La anciana levantó la mirada.
—Porque siempre decía que tenía frío.
—Pero aquí no hace frío.
—Ya lo sé, cariño.
La niña se sentó junto a ella y extendió una mano.
—¿Puedo tocarlo?
Su abuela acomodó la prenda para que ambas pudieran acariciarla. Permanecieron así durante varios minutos, unidas por un objeto que conservaba un significado imposible de medir únicamente mediante sus características materiales.
No me acerqué. Comprendí que mi curiosidad científica no me otorgaba derecho a participar en todos los momentos que presenciaba.
La primera ceremonia en la que colaboré correspondía a una mujer de setenta y seis años que había fallecido después de una enfermedad prolongada.
Sus dos hijas llegaron temprano. Una lloraba abiertamente y buscaba refugio en los abrazos de sus familiares; la otra organizaba las flores, recibía a los asistentes y comprobaba repetidamente que todo estuviera preparado.
Al principio pensé que ambas expresaban el duelo de maneras diferentes. Sin embargo, cuando observé a la segunda mujer acomodar una fotografía sobre una mesa, advertí que sus manos temblaban. Enderezó varias veces el marco, aunque ya estaba perfectamente alineado.
Me acerqué con una botella de agua.
—¿Necesitas algo?
La aceptó, pero no la abrió.
—Creo que ya está todo listo —respondió.
Miró hacia su hermana, que lloraba junto a varios familiares.
—Ella no ha dejado de llorar desde ayer. Yo todavía no he podido hacerlo.
—¿Eso te preocupa?
Asintió.
—Siento que estoy haciendo algo mal. Como si no me doliera lo suficiente. Pero si me detengo, creo que no voy a poder continuar.
No estaba frente a una paciente que hubiera solicitado orientación psicológica. Era una hija intentando despedirse de su madre. En aquel momento no necesitaba que analizara su comportamiento.
—¿Hay alguien que pueda ocuparse de los preparativos durante un rato? —pregunté.
La mujer observó la sala.
—Supongo que sí.
Permaneció en silencio y después añadió:
—Mi madre siempre me decía que no tenía que hacerlo todo sola.
Su expresión cambió. Intentó sonreír, pero las lágrimas aparecieron antes de que pudiera continuar. Dejó la botella sobre la mesa y se cubrió el rostro con ambas manos.
—No sé cómo voy a hacer sin mi mamá.
Permanecí cerca hasta que una familiar se acercó para abrazarla.
Más tarde, mientras ayudaba a Isabel a retirar las flores, le conté lo sucedido.
—Creía que estaba haciendo algo mal porque no conseguía llorar.
—Es frecuente —respondió—. Algunas personas sienten que deben demostrar cuánto amaron a alguien. Pero el dolor no puede medirse por la cantidad de lágrimas.
Aquella observación me recordó las consultas de Elena y las conversaciones con Mercedes. Había aprendido que una misma pérdida podía despertar respuestas diferentes, incluso entre personas que habían amado profundamente a quien ya no estaba.
Durante otra despedida conocí a un hombre de aproximadamente cuarenta años que había perdido a su hermano menor. Permanecía apartado, junto a una ventana, y había rechazado amablemente cualquier ofrecimiento de compañía. Más tarde lo escuché conversar con un familiar.
—Discutimos la última vez que nos vimos —murmuró—. Le dije cosas horribles.
—Los hermanos discuten —respondió su acompañante.
—Lo sé. Pero pensé que tendría tiempo para pedirle perdón.
Guardó silencio.
—Ahora nunca sabré si me habría perdonado.
Su familiar permaneció a su lado sin intentar convencerlo de que olvidara lo sucedido. Yo continué con mis tareas, pero aquellas palabras quedaron grabadas en mi memoria.
Pensé que tendría tiempo.
Durante meses había considerado mi regreso a Naurea como una etapa natural de la expedición. Ahora comenzaba a comprender que las despedidas podían resultar difíciles incluso cuando conocíamos de antemano la fecha en que se producirían.
No todas las ceremonias que presencié estuvieron dominadas por la tristeza.
Una tarde, una familia numerosa se reunió para despedir a un hombre de noventa y tres años.
Habían colocado fotografías de viajes, celebraciones y acontecimientos familiares.
Sus hijos y nietos compartían anécdotas que provocaban carcajadas, aunque algunos interrumpían sus relatos cuando la emoción les impedía continuar.
Una niña llevó un dibujo de su bisabuelo sentado bajo un árbol, rodeado de animales. Preguntó si podía dejarlo junto a su fotografía y todos estuvieron de acuerdo.
Más tarde, uno de los nietos recordó una travesura de su abuelo y consiguió que la sala entera comenzara a reír. Pocos minutos después se quedó observando una fotografía y rompió a llorar. Su hermana se acercó y lo abrazó.
Nadie pareció considerar contradictorias aquellas reacciones.
Comprendí que la alegría por los recuerdos compartidos y la tristeza por la ausencia podían coexistir. Una emoción no anulaba necesariamente a la otra.
Al finalizar la ceremonia, un hombre se detuvo junto a mí.
—Tuvo una buena vida —comentó, observando las fotografías.
—Parece que dejó muchos recuerdos.
Sonrió.
—Y muchas personas que van a extrañarlo.
Cuando se marchó, permanecí mirando la imagen del anciano. No lo había conocido personalmente, pero sus familiares me habían permitido descubrir fragmentos de su existencia. Aquella tarde comprendí que una vida también podía conocerse mediante las huellas que había dejado en otras personas.
Durante mis últimos días en Memorias, Isabel y yo compartimos varias conversaciones. Una tarde, mientras preparábamos una sala, le pregunté si trabajar constantemente cerca de la muerte había modificado su manera de vivir.
—Muchísimo —respondió—. Antes me preocupaba pensar que algún día iba a morir. Ahora me preocupa más desperdiciar el tiempo que tengo.
—¿Qué consideras desperdiciarlo?
—Dejar pasar las oportunidades de estar con las personas que quiero. Posponer conversaciones importantes. Guardar rencor por cosas que, dentro de unos años, probablemente no tendrán ninguna importancia.
Me observó y sonrió.
—Ayer discutí con mi hija. Una tontería. Las dos estábamos cansadas.
—¿Y qué sucedió?
—La llamé esta mañana para hablar. No porque yo tuviera toda la culpa ni porque ella la tuviera. Simplemente no quería que aquella discusión se convirtiera en una distancia innecesaria.
Recordé al hombre que había perdido a su hermano sin conseguir reconciliarse con él.
—¿Lo hiciste por temor a que alguna de las dos muriera?
Isabel negó.
—Lo hice porque la quiero. No necesitamos esperar una tragedia para recordar que nuestras relaciones merecen cuidado.
Aquella respuesta me pareció más significativa que cualquier discurso solemne sobre la brevedad de la vida. Isabel no pretendía evitar todos los desacuerdos. Había aprendido a reconocer cuáles merecían una conversación antes de convertirse en una separación.
Cuando terminé mi experiencia en Memorias, me despedí de ella con gratitud.
—Has sido una buena compañera, Ana —comentó—. Escuchas de verdad.
—He aprendido mucho contigo.
Isabel sonrió.
—Entonces espero que también hayas aprendido algo para tu propia vida.
Pensé en Adrián, en las preguntas que todavía no le había formulado y en la partida que se aproximaba.
—Creo que sí.
Mi siguiente experiencia comenzó detrás de una caja registradora.
Había pasado varios días observando a personas que atravesaban pérdidas profundas. Ahora quería conocer cómo se relacionaban los humanos durante actividades ordinarias, cuando no esperaban que sus decisiones o palabras tuvieran especial importancia.
Onix preparó mi incorporación temporal a un supermercado de la ciudad. La encargada, Marta, me explicó el funcionamiento de la caja, los procedimientos de pago y las normas de atención al público.