Capítulo 15 #3
La acompañé hasta un espacio de observación desde el que se distinguían las criaturas marinas que nadaban alrededor de la estación.
—Quiero preguntarte algo —dijo.
—Adelante.
—¿Qué sientes realmente por Adrián?
Observé el océano.
—Todavía no lo sé.
—Entonces dime lo que sí sabes.
Reflexioné.
—Disfruto de su compañía. Me interesa conocer su historia y recuerdo nuestras conversaciones incluso cuando estamos separados. También me agrada saber que volveré a encontrarlo.
Zireth sonrió.
—¿Y te entristece pensar que pronto tendrás que marcharte?
Permanecí en silencio.
Aquella pregunta identificaba algo que había intentado evitar durante los últimos días.
—Sí —admití.
—Entonces quizás ese vínculo está adquiriendo más importancia de la que habías previsto.
Me apoyé junto a la superficie transparente.
—Onix me advirtió sobre las dificultades de enamorarme de un humano.
—Pero ahora sabes que Adrián no es humano.
—Eso no elimina todos los problemas.
—No. Pero modifica algunos.
Permanecimos observando el movimiento de las criaturas marinas.
—¿Crees que podría pertenecer a Vaeloria? —pregunté.
—Es posible. Sus características coinciden con varios registros, aunque todavía no tenemos información suficiente para confirmarlo.
—¿Has conocido personalmente a algún vaeloriano?
Zireth asintió.
—Durante mi formación trabajé con una investigadora de aquella civilización. Poseía conocimientos médicos extraordinarios. Al principio parecía reservada y muy racional, pero demostraba una sensibilidad profunda hacia el sufrimiento ajeno.
Pensé en Adrián y en su manera de acompañar a los residentes.
—Eso se parece mucho a él.
—Quizás nuestras sospechas sean correctas.
—Lo que no comprendo es por qué evita hablarme de su origen.
—Puede tener motivos que todavía desconoces.
—Me resulta difícil aceptar que él conozca mi verdadero nombre mientras yo continúo utilizando el suyo terrestre.
Zireth me observó.
—¿Le has preguntado por qué no quiere revelártelo?
—Sí. Me dijo que algunas decisiones de su pasado todavía tienen consecuencias.
Su expresión se volvió seria.
—Entonces deberías tomar esa respuesta en consideración.
—¿Crees que podría estar ocultando algo peligroso?
—No necesariamente. Una historia puede ser dolorosa o difícil de compartir sin que eso convierta a quien la vivió en una amenaza.
Recordé a los residentes de Los Olivos. Algunos habían necesitado semanas para hablarme de acontecimientos importantes de sus vidas. Otros conservaban recuerdos que preferían no compartir.
Comprendí que Adrián también podía tener razones personales para mantener ciertos aspectos de su pasado en reserva.
—Supongo que tienes razón.
Zireth apoyó una mano sobre mi brazo.
—Hay algo más que quiero decirte. No todas las experiencias importantes están destinadas a durar para siempre.
Aquella afirmación me produjo tristeza.
—Lo sé.
—Pero eso no significa que carezcan de valor.
Pensé en Mercedes y los años que había compartido con su esposo. En Roberto, que conservaba recuerdos familiares mediante los objetos que construía. En Teresa, cuya espera demostraba cuánto podía significar la presencia de alguien.
—Los humanos parecen comprender especialmente bien esa posibilidad —comenté.
—Porque saben que el tiempo compartido es limitado. Algunos se acercan a los demás a pesar del riesgo de perderlos. Otros intentan protegerse evitando establecer vínculos demasiado profundos.
—¿Y cómo saben qué decisión es correcta?
Zireth sonrió.
—No siempre lo saben.
La observé con sorpresa.
—¿Entonces simplemente eligen?
—A veces. Otras esperan demasiado. Y algunas descubren lo que deseaban cuando ya no pueden conseguirlo.
Permanecimos en silencio.
—No necesitas decidir hoy qué significa Adrián para ti —añadió—. Pero tampoco ignores lo que estás sintiendo solamente porque no estaba previsto en tu investigación.
—Gracias, Zireth.
—Para eso estamos los compañeros de expedición.
Nos despedimos poco después. Su conversación no había resuelto mis dudas, pero me permitió comprender que no todas las preguntas necesitaban convertirse inmediatamente en decisiones.
Antes de regresar al hangar, Khael solicitó hablar conmigo en privado.
Lo encontré frente a una representación de las rutas interplanetarias que utilizaríamos durante nuestro regreso.
—Anuki. Gracias por venir.
—¿Querías hablar sobre Adrián?
—Entre otras cosas.
Me indicó que tomara asiento.
—Tu investigación ha sido valiosa. Has conseguido integrarte en diferentes entornos humanos y reunir información que será importante para nuestros especialistas en relaciones sociales.
—Gracias.
—También has experimentado cambios personales.
Permanecí atenta.
—No considero que eso sea necesariamente negativo —continuó—. Las expediciones científicas pueden modificar nuestra comprensión del universo y de nosotros mismos. Pero debemos distinguir entre una experiencia enriquecedora y una situación que comprometa nuestra seguridad.
Asentí.
—¿Confías en Adrián? —preguntó.
Consideré cuidadosamente mi respuesta.
—Confío en algunas cosas que he observado. Creo que su preocupación por los residentes es sincera y no he detectado comportamientos hostiles. Pero todavía desconozco demasiados aspectos de su identidad.
—Entonces tu confianza debe mantenerse dentro de esos límites.
—Lo comprendo.
Khael desactivó la representación.
—Existen civilizaciones que han contribuido al desarrollo de otros mundos. También hay especies que han utilizado la cooperación como una forma de obtener información o establecer relaciones de dependencia.
Recordé las enseñanzas de Tharion.
—Nuestra propia civilización cometió errores semejantes durante sus períodos de expansión.
Khael asintió.
—Sí. Y debemos evitar repetirlos.
Su reconocimiento me produjo una satisfacción inesperada.
—Entonces tampoco deberíamos considerar a Adrián una amenaza únicamente porque desconocemos su origen.
—Exactamente. No tenemos motivos para hacerlo. Pero tampoco debes permitir que tus sentimientos sustituyan la evaluación de los hechos.
—No lo haré.
—Si continúas relacionándote con él durante los días que quedan de nuestra misión, tendrás que respetar los protocolos de seguridad. Y cualquier información relevante que descubras deberá incorporarse a nuestros registros.
—Estoy de acuerdo.
Khael me observó durante unos instantes.
—Confío en tu criterio, Anuki.
Aquellas palabras me produjeron alivio. Había temido que mi interés por Adrián fuera interpretado como una incapacidad para cumplir mis responsabilidades. Sin embargo, Khael parecía reconocer que ambas circunstancias podían coexistir mientras mantuviera una evaluación rigurosa de los hechos.
Cuando me levanté para marcharme, volvió a hablar.
—Recuerda algo. El universo es mucho más complejo de lo que cualquier civilización puede comprender por completo.
Sonreí.
—Eso lo he aprendido durante esta expedición.
—Entonces no olvides que, a veces, aquello que parece familiar puede ocultar una historia extraordinaria.
Regresé al hangar pensando en sus palabras.
Onix me esperaba en nuestra nave auxiliar.
—¿Cómo terminó la reunión?
—Con más preguntas de las que tenía al llegar.
—Eso suele suceder cuando se reúnen demasiados científicos.
Sonreí y le expliqué los principales descubrimientos de mis compañeros. Prestó especial atención a las observaciones de Xandor sobre la presencia de otras civilizaciones en la Tierra.
—Eso coincide con algunos registros históricos de nuestra estación —comentó—. Este planeta ha recibido visitantes de distintas procedencias durante períodos muy prolongados.
—Zireth también habló de los vaelorianos.
Onix levantó inmediatamente la mirada.
—¿Vaeloria?
—Sí. Algunos de sus integrantes han trabajado discretamente en instituciones médicas humanas.
—Poseen una tradición científica extraordinaria.
—Y ciertas características fisiológicas compatibles con las que observé en Adrián.
Mi asistente permaneció pensativo.
—Eso podría explicar varias cosas.
—O podría tratarse de una coincidencia.
—Exactamente.
Me acerqué a la consola.
—Quiero revisar nuestros registros sobre esa civilización.
Onix activó una proyección. Aparecieron representaciones de los sistemas planetarios de Vaeloria y de algunas especies que habitaban aquella región. Sus características físicas eran diversas, aunque ciertos grupos presentaban una semejanza considerable con los humanos.
Una figura captó especialmente mi atención.
Era un individuo alto, de cabello oscuro y ojos plateados.
No se trataba de Adrián.
Pero el parecido resultaba evidente.
—La semejanza física no constituye una identificación concluyente —advirtió Onix.
—Lo sé.
—Solo quería asegurarme.
Continué examinando la información.
—¿Qué sabemos sobre sus costumbres?
—Los registros describen sociedades que valoran especialmente el conocimiento, la cooperación científica y la preservación de la vida. Sin embargo, existen diferencias importantes entre sus comunidades.
—¿Y sus relaciones personales?
Onix se volvió lentamente hacia mí.
—¿Sus relaciones personales?
—Sí. ¿Cómo establecen vínculos afectivos?
Permaneció inmóvil.
—Anuki...
—Es una pregunta científica.
—Por supuesto.
Su expresión revelaba que no estaba completamente convencido.
—Pueden desarrollar vínculos emocionales profundos y prolongados —respondió finalmente—. Las costumbres varían entre comunidades y no existe un único modelo de relación.
—¿Pueden establecer vínculos con individuos de otras especies?
Onix me observó.
—Existen antecedentes.
Sentí una satisfacción inesperada.
—¿Y son aceptados?
—Depende de las circunstancias y de las civilizaciones involucradas.
Permanecí pensativa.
—Entonces no sería imposible.
Mi asistente guardó silencio antes de responder.
—No, Anuki. Imposible no sería.