Capítulo 15
—Adrián no es humano.
Onix dejó de trabajar en la consola. Durante unos segundos permaneció inmóvil, observándome con sus grandes ojos negros.
—¿Estás segura?
—Completamente. Me lo confirmó durante nuestro encuentro y pude observar una modificación fisiológica que no corresponde a las características habituales de los humanos.
—¿Qué clase de modificación?
—Sus ojos cambiaron de color. Adquirieron una tonalidad plateada con reflejos dorados. El proceso fue voluntario y no pareció producirle ninguna dificultad.
Onix activó inmediatamente una proyección con registros de distintas especies extraterrestres.
Mientras examinaba las imágenes, le expliqué cómo había transcurrido nuestra cita: las preguntas de Adrián sobre mi pasado, sus respuestas evasivas cuando intenté conocer el suyo y la conversación que mantuvimos frente al océano.
—¿Te dijo de dónde procede?
—Todavía no.
—¿Y tú qué le contaste?
Comprendí inmediatamente el motivo de su preocupación.
—Mi verdadero nombre.
Onix levantó la cabeza.
—Anuki...
—Él ya había reconocido que no soy humana.
—Eso no significa que conociera tu identidad ni tu civilización.
—Lo sé. No le he hablado de nuestros compañeros, de las instalaciones submarinas ni de los objetivos específicos de la expedición.
Mi asistente pareció tranquilizarse ligeramente, aunque continuó examinándome con atención.
—Necesitamos informar a Khael.
—Estoy de acuerdo.
Onix inclinó la cabeza.
—¿Lo estás?
—Comprendo que la presencia de un individuo extraterrestre capaz de reconocer nuestra naturaleza constituye información relevante para la seguridad de la misión. No tengo intención de ocultarla.
—Eso me tranquiliza.
—Pero tampoco quiero que Adrián sea considerado una amenaza sin que existan motivos suficientes.
—Desconocemos sus intenciones.
—Y tampoco tenemos pruebas de que sean perjudiciales.
Onix desactivó la proyección.
—Estás comenzando a defenderlo.
Aquella observación me hizo reflexionar.
Había conocido a Adrián durante varias semanas y observado su comportamiento con los residentes de Los Olivos.
Sabía que trataba a sus pacientes con respeto y que demostraba una preocupación sincera por su bienestar.
Sin embargo, desconocía su verdadera identidad y las razones por las que permanecía en la Tierra.
Ambas circunstancias debían formar parte de mi evaluación.
—Intento ser justa —respondí—. No quiero que mi interés personal influya sobre mis conclusiones, pero tampoco que la falta de información nos conduzca a sospechas injustificadas.
Onix permaneció pensativo.
—Entonces debemos obtener más información.
—Exactamente.
Recordé nuestra despedida en la playa. Después de revelarnos mutuamente que no pertenecíamos a la humanidad, Adrián y yo habíamos continuado caminando junto al mar. Le pregunté por su procedencia, por el tiempo que llevaba en la Tierra y por las razones que lo habían llevado a trabajar como médico.
Había respondido algunas preguntas, pero no todas.
—Hay cosas que necesito explicarte antes de hablar de mi origen —me había dicho—. Algunas decisiones que tomé hace mucho tiempo todavía tienen consecuencias.
No me agradaba desconocer aquellas circunstancias. Sin embargo, yo tampoco podía revelarle todos los detalles de nuestra expedición. Comprendía que la confianza no eliminaba automáticamente las responsabilidades ni los secretos que cada uno estaba obligado a proteger.
—¿Cuándo será nuestra próxima reunión? —pregunté a Onix.
Mi asistente consultó el calendario.
—Dentro de pocos días. Khael ha solicitado que todos regresemos a la estación submarina para la evaluación final.
Observé la fecha.
Había conocido la duración prevista de nuestra misión desde antes de abandonar Naurea. El regreso nunca había constituido una posibilidad incierta, sino una etapa cuidadosamente planificada.
Sin embargo, al comprobar lo cerca que estaba, experimenté una incomodidad inesperada.
Pensé en Mercedes y sus tardes frente al piano. En Roberto, que había comenzado a preparar otra caja para su nieta. En Teresa, que continuaba esperando una visita de su familia.
Y pensé en Adrián.
—¿Te preocupa el regreso? —preguntó Onix.
—Todavía tenemos actividades pendientes.
—Eso no responde a mi pregunta.
Lo miré.
—Últimamente haces demasiadas preguntas personales.
—He tenido una excelente maestra.
No pude evitar sonreír.
La estación submarina apareció bajo nosotros como una estructura luminosa suspendida en la oscuridad del océano. A medida que nos aproximábamos, reconocí los hangares, las plataformas de acceso y las superficies transparentes que permitían observar el movimiento de las criaturas marinas.
Habían transcurrido varios meses desde nuestra llegada a la Tierra. Durante aquel tiempo había comenzado a familiarizarme con las calles de la ciudad, las costumbres humanas y los pequeños acontecimientos que daban forma a mis jornadas.
Regresar a la estación me recordó que aquella existencia era temporal.
Onix condujo nuestra nave hasta el hangar asignado. Cuando descendimos, encontré a Tharira supervisando el ingreso de varias unidades de transporte.
—Anuki, me alegra verte.
—A mí también, Tharira.
Me abrazó brevemente antes de examinar mi expresión.
—Parece que tu investigación ha sido interesante.
—Mucho más de lo que esperaba.
—Eso dicen todos cuando regresan de una misión que termina transformándolos.
Sonreí.
—Todavía estoy intentando determinar cuánto he cambiado.
—Entonces quizás lo descubras cuando vuelvas a casa.
La observé mientras regresaba a sus tareas.
No estaba segura de que aquella respuesta me tranquilizara.
Zehiran apareció poco después y saludó a Onix con entusiasmo. Ambos comenzaron a intercambiar información sobre las operaciones de la estación, mientras yo avanzaba hacia la sala de reuniones.
Reconocí a mis compañeros antes de ingresar.
Xandor discutía con Azael sobre las decisiones políticas relacionadas con la explotación de recursos naturales. Nevara examinaba imágenes de varias especies terrestres y Zireth organizaba sus registros médicos.
Khael permanecía junto a una proyección del planeta.
—Anuki —saludó al verme—. Bienvenida.
—Gracias.
—Espero que hayas completado tus observaciones.
—Tengo información suficiente para elaborar un informe detallado, aunque todavía existen cuestiones que me gustaría investigar.
Khael asintió.
—Eso suele suceder cuando una investigación resulta fructífera.
Tomé asiento junto a Zireth.
—¿Cómo te ha ido? —preguntó.
—He trabajado con niños, adolescentes, adultos y personas mayores. Cada grupo me ha permitido observar aspectos diferentes de los vínculos humanos.
—Entonces tendremos mucho que conversar.
—También he encontrado algo inesperado.
Zireth levantó las cejas.
—Eso suena interesante.
Antes de que pudiera responder, Khael solicitó nuestra atención.
—Estamos entrando en la etapa final de la expedición. Necesitamos revisar nuestros descubrimientos, identificar riesgos pendientes y preparar las conclusiones que presentaremos al Consejo Científico cuando regresemos a Naurea.
Una representación tridimensional de la Tierra apareció sobre la mesa.
—También debemos determinar si existen circunstancias que requieran investigaciones posteriores —continuó—. Este planeta ha resultado más complejo de lo que sugerían nuestros registros iniciales.
Su mirada recorrió lentamente a los integrantes del equipo.
—Comencemos.
Xandor fue el primero en presentar sus conclusiones.
Había dedicado meses a estudiar las estructuras políticas humanas, las relaciones entre gobiernos y poblaciones, y los mecanismos mediante los cuales determinados grupos conservaban su influencia.
—He encontrado una contradicción persistente —explicó—.
Los humanos desarrollan sistemas destinados a organizar la convivencia y proteger derechos colectivos.
Sin embargo, algunas de esas mismas estructuras pueden utilizarse para concentrar poder o limitar la participación de quienes deberían beneficiarse de ellas.
Activó imágenes de parlamentos, manifestaciones y documentos históricos.
—Lo más interesante es que ciertos sistemas se mantienen incluso cuando una parte considerable de la población reconoce sus deficiencias.
—¿Por qué? —preguntó Nevara.
—Por una combinación de factores. Miedo al cambio, dependencia económica, lealtades ideológicas y necesidad de pertenencia. También existen mecanismos de manipulación que aprovechan esas condiciones.
Observé las imágenes.
—¿La manipulación puede apoyarse en vínculos afectivos?
Xandor asintió.
—Con frecuencia. Algunos líderes construyen relaciones simbólicas con sus seguidores y presentan cualquier crítica como una amenaza contra el grupo.
Aquella explicación me recordó las consultas que había realizado durante mis primeros meses. Había conocido personas que permanecían en relaciones perjudiciales porque temían perder su identidad, su seguridad o su sentido de pertenencia.
—Entonces algunas estructuras políticas aprovechan necesidades semejantes a las que aparecen en los vínculos individuales —comenté.
—Exactamente —respondió Xandor—. Pero eso no es lo único que he descubierto.
Modificó la proyección.
Aparecieron representaciones de antiguas construcciones, relatos religiosos y documentos históricos de diferentes civilizaciones terrestres.
—Durante mi investigación encontré referencias que podrían corresponder a contactos con especies no humanas.
La sala quedó en silencio.
—Continúa —indicó Khael.
—Una parte importante de esos registros puede explicarse mediante las creencias y tradiciones de cada época. Sin embargo, algunos contienen elementos compatibles con visitas extraterrestres reales.
—¿Los humanos reconocieron a aquellos visitantes como individuos de otros mundos? —preguntó Nevara.
—No necesariamente. En algunos casos pudieron interpretarlos como seres divinos, mensajeros celestiales o criaturas sobrenaturales.
Recordé las numerosas representaciones de seres procedentes del cielo que había encontrado durante mis investigaciones.
También pensé en la historia de nuestro propio pueblo.