Los Invisibles Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

Permanecí inmóvil.

Entonces sus ojos cambiaron nuevamente.

Esta vez no fue una modificación sutil. La tonalidad oscura desapareció y sus iris adquirieron un color gris plateado atravesado por reflejos dorados que parecían desplazarse alrededor de las pupilas.

No había ninguna fuente de iluminación capaz de producir aquel efecto.

Mis sentidos confirmaron que la transformación era real.

—¿Qué eres? —pregunté en voz baja.

Su expresión se suavizó.

—Alguien que, como tú, ha aprendido a vivir entre los humanos sin revelar completamente su identidad.

Sentí una mezcla de sorpresa, inquietud y una curiosidad extraordinaria.

—¿De qué civilización procedes?

Adrián observó brevemente las estrellas.

—De una que se encuentra mucho más lejos de lo que imaginas.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Lo sé.

Volvió a mirarme.

—Pero antes necesito que comprendas algo. No te he traído aquí para amenazarte ni para revelar tu presencia a nadie.

—Entonces, ¿por qué lo has hecho?

Permaneció pensativo unos instantes.

—Porque desde la primera noche supe que había algo diferente en ti. Y cuanto más tiempo compartimos, más deseé descubrir quién eras realmente.

Sus palabras despertaron una emoción que no podía atribuir únicamente a la sorpresa.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —pregunté.

—Porque hay cosas que reconocemos con mayor facilidad quienes también tenemos algo que ocultar.

Lo observé mientras el viento movía su cabello.

Adrián no había manifestado hostilidad. Tampoco había intentado utilizar mi secreto para obtener información sobre nuestra expedición. Sin embargo, su conocimiento de mi naturaleza representaba un riesgo que no podía ignorar.

—¿Tú tampoco eres humano? —pregunté.

Sonrió apenas.

—No.

La confirmación transformó todas mis observaciones anteriores.

Su capacidad para reconocer mis diferencias, la precisión de sus preguntas, las modificaciones de sus ojos y aquella extraña familiaridad que había percibido desde nuestro primer encuentro adquirían un significado completamente nuevo.

—Mi nombre es Adrián aquí —continuó—, igual que el tuyo es Ana. Pero ninguno de los dos nació en este planeta.

Lo observé detenidamente.

Durante semanas había creído que Adrián era un humano extraordinariamente perceptivo. Ahora comprendía que también pertenecía a una civilización desconocida para mí.

Y que había estado observándome con el mismo interés con el que yo estudiaba a los habitantes de la Tierra.

—¿Quién eres realmente? —pregunté.

Adrián levantó la mirada hacia las estrellas.

—Esa es una historia que merece ser contada con calma.

—Me gustaría escucharla.

—Y quiero contártela. Pero antes necesito saber algo.

Esperé.

—¿Cómo debo llamarte cuando no estamos entre humanos?

Aquella pregunta me produjo una conmoción inesperada.

Desde mi llegada a la Tierra había respondido al nombre de Ana Andrómeda. Aquella identidad me había permitido trabajar, establecer relaciones y conocer una forma de vida diferente de la mía.

Sin embargo, nadie fuera de nuestra expedición había considerado que pudiera existir un nombre anterior.

Observé a Adrián.

Por primera vez desde mi llegada al planeta, me encontraba frente a alguien que parecía comprender lo que significaba vivir bajo una identidad prestada.

Todavía no sabía si podía confiar completamente en él.

Pero deseaba responder.

—Anuki —dije suavemente.

Adrián permaneció inmóvil.

Su expresión cambió apenas. Mis sentidos detectaron la modificación, aunque no conseguí identificar su significado.

No parecía sorprendido.

Parecía haber reconocido algo.

—Anuki —repitió.

Escuchar mi verdadero nombre en su voz despertó una sensación completamente diferente de la que había experimentado cuando me llamaba Ana.

—Es un nombre hermoso —añadió.

Sonreí.

—Gracias. Ahora te corresponde responder.

Adrián sostuvo mi mirada.

—Lo sé.

—¿Cuál es tu verdadero nombre?

Su sonrisa se volvió enigmática.

—Te prometo que lo sabrás. Y también te contaré de dónde vengo.

—¿Cuándo?

Observó el mar antes de responder.

—Pronto. Pero quiero hacerlo de una manera que te permita comprender toda la historia.

Consideré insistir. Tenía preguntas sobre su especie, sus capacidades, sus motivos para permanecer en la Tierra y el conocimiento que pudiera tener de otras civilizaciones presentes en el planeta.

Sin embargo, Adrián acababa de confiarme una parte importante de su identidad.

Y yo había hecho lo mismo.

—Está bien —respondí—. Esperaré.

Permanecimos juntos frente al océano. El viento recorría la playa y las estrellas brillaban sobre nosotros.

Había llegado a la Tierra convencida de que mi misión consistía en estudiar a una civilización cuyos habitantes desconocían la existencia de otros mundos.

Ahora comprendía que no era la única viajera que caminaba entre ellos.

Y mientras observaba los ojos plateados de Adrián, descubrí que la pregunta más importante ya no era por qué aquel hombre me resultaba tan diferente.

La verdadera pregunta era de qué mundo procedía.

Y por qué había reconocido mi naturaleza mucho antes de que yo consiguiera descubrir la suya.