Los Invisibles Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—Tienes una capacidad de observación extraordinaria —respondió.

Aquello confirmó mis sospechas.

Adrián sabía lo que había sucedido.

Mi mente comenzó a considerar posibilidades. Podía pertenecer a una civilización extraterrestre establecida discretamente en la Tierra. Quizás su especie poseía capacidades de adaptación fisiológica o utilizaba tecnología que yo todavía no había identificado.

Recordé las advertencias de Khael y la presencia de naves desconocidas en las instalaciones submarinas.

No todas las civilizaciones que visitaban aquel planeta mantenían contacto con el Linaje Celeste.

Y yo no conocía las intenciones de Adrián.

—¿Quién eres? —pregunté.

Me sostuvo la mirada.

—Podría hacerte exactamente la misma pregunta.

—Ya sabes mi nombre.

—Conozco el nombre que utilizas aquí.

La conversación había dejado de ser una cita humana convencional.

Sentí el impulso de contactar a Onix, pero lo contuve. Adrián no había manifestado ninguna intención hostil y parecía haber evitado deliberadamente revelar aquella información frente a otras personas.

Eso no significaba que pudiera confiar plenamente en él.

—¿Qué estás insinuando? —pregunté.

Adrián observó discretamente las mesas cercanas.

—Creo que este no es el mejor lugar para continuar.

—¿Por qué?

—Porque hay cosas que no deberíamos conversar delante de desconocidos.

Consideré mis alternativas. Podía abandonar el establecimiento, regresar a la nave y comunicar lo sucedido a Khael. También podía continuar la conversación bajo condiciones que me permitieran retirarme si detectaba algún riesgo.

La segunda opción ofrecía información potencialmente valiosa.

Y, aunque no deseaba reconocerlo, también quería escuchar lo que Adrián tenía que decirme.

—¿Qué propones? —pregunté.

—Podemos caminar. La playa está cerca y a esta hora suele haber poca gente.

—¿Por qué allí?

—Porque necesito mostrarte algo que no puedo enseñarte aquí.

Lo observé durante varios segundos.

—Está bien.

Adrián asintió.

—Gracias por confiar en mí.

No respondí.

Todavía no confiaba completamente en él.

Pero estaba dispuesta a escucharlo.

Abandonamos la cafetería cuando comenzaba a oscurecer. Una brisa fresca recorría las calles y el sonido del mar se hacía cada vez más perceptible.

Durante los primeros minutos caminamos en silencio.

Observé discretamente los movimientos de Adrián. Su equilibrio era extraordinariamente preciso y sus desplazamientos parecían requerir un esfuerzo muscular mínimo. Incluso sobre las irregularidades de la acera mantenía una estabilidad poco habitual.

No podía determinar si aquellas características respondían a un entrenamiento avanzado o a una fisiología diferente.

—Estás analizándome —comentó de pronto.

Lo miré.

—¿Por qué lo dices?

—Porque llevo varios minutos sintiendo que examinas cada uno de mis movimientos.

—Quizás estoy intentando comprenderte.

Adrián sonrió.

—Entonces tenemos el mismo problema.

—¿Qué problema?

—Ambos queremos respuestas y ninguno parece dispuesto a ofrecerlas primero.

No pude evitar sonreír.

—Eso parece.

Llegamos al paseo costero y descendimos por una escalera que conducía a la playa. La arena estaba fresca y ligeramente húmeda. Sobre nosotros se extendía un cielo oscuro en el que comenzaban a distinguirse numerosas estrellas.

Aquella visión me produjo una sensación familiar.

En algún lugar de aquella inmensidad se encontraba Naurea.

Mi hogar.

Adrián avanzó unos metros antes de detenerse frente al océano.

—Supongo que quieres saber por qué te he traído hasta aquí.

—Sería un buen comienzo.

Su expresión se volvió más seria.

—Ana, hay algo que necesito decirte.

Permanecí atenta.

—Te escucho.

Adrián respiró profundamente. Aquel movimiento me pareció más una costumbre adquirida que una necesidad fisiológica.

—Sé que no eres quien dices ser.

Mi organismo entró inmediatamente en estado de alerta.

—¿A qué te refieres?

—Sé que Ana Andrómeda no es tu verdadera identidad.

Durante varios segundos no respondí.

No había pronunciado mi nombre original, pero sus palabras confirmaban que conocía la existencia de una identidad diferente.

—No comprendo por qué has llegado a esa conclusión —dije finalmente.

Adrián me observó con tranquilidad.

—Porque desde la primera noche en que te vi comprendí que había algo distinto en ti.

—Muchas personas son diferentes.

—Lo sé. Pero no de esta manera.

Su mirada descendió brevemente hacia mis manos y regresó a mis ojos.

—Tu forma de observar, de escuchar, de reaccionar... Hay detalles que un humano probablemente no advertiría.

Aquella afirmación me permitió formular una pregunta que hasta entonces había evitado.

—¿Y tú por qué los adviertes?

Adrián guardó silencio.

Después dio un paso hacia mí, manteniendo una distancia prudente.

—Porque sé muy bien que no eres humana.

El sonido del océano pareció desvanecerse de mi atención.

Durante meses había construido una existencia terrestre destinada a proteger mi verdadero origen. Había trabajado como psicóloga, enseñado astronomía y acompañado a personas mayores sin revelar mi naturaleza.

Ahora un hombre al que había comenzado a apreciar acababa de pronunciar exactamente aquello que yo intentaba ocultar.

—Es una afirmación extraordinaria —respondí—. Necesitaría saber qué la fundamenta.

Adrián sonrió ligeramente.

—Podría explicarte cada una de las señales que identifiqué. Pero creo que eso ya no es necesario.

—¿Por qué?

—Porque tú también has comenzado a descubrir algo sobre mí.