Los Invisibles Capítulo 14
58%

Capítulo 14

—¿Cuántas veces has mirado el reloj esta mañana? —preguntó Mercedes.

Aparté la vista de la pequeña esfera que llevaba en la muñeca.

—No las he contado.

—Yo sí. Cinco desde que comenzamos a ordenar las partituras.

—Tengo un compromiso después del trabajo.

Mercedes dejó de acomodar los papeles y me observó con una sonrisa.

—¿Un compromiso con cierto médico de cabello oscuro?

—Voy a tomar un café con Adrián.

—Eso imaginaba.

—Solamente estamos conociéndonos.

—Y parece que tienes muchas ganas de seguir haciéndolo.

No respondí inmediatamente. Durante toda la mañana había acompañado a los residentes en sus actividades habituales, pero mi atención regresaba con frecuencia al encuentro que había acordado para aquella tarde.

No se trataba de una distracción que me impidiera trabajar.

Era, más bien, una expectativa que reaparecía incluso cuando no estaba pensando deliberadamente en ella.

—Sí —admití finalmente—. Tengo ganas de verlo.

Mercedes sonrió con satisfacción.

—Entonces disfruta de la tarde, querida. No necesitas encontrarle una explicación a todo.

Sus palabras me recordaron a Naureia. Mi mentora había intentado enseñarme que observar una experiencia no significaba necesariamente mantenerme al margen de ella.

Me sorprendía descubrir que una mujer humana de ochenta y cuatro años podía llegar a conclusiones semejantes mediante una vida dedicada a la música, la familia y los afectos.

Al finalizar mi jornada regresé al apartamento que utilizaba como residencia terrestre.

Elegí un vestido azul oscuro y una chaqueta ligera, dejé mi cabello suelto y presté más atención de la habitual a mi apariencia.

No necesitaba aquella preparación para cumplir ninguna responsabilidad profesional. Simplemente deseaba agradarle a Adrián.

Reconocerlo me produjo una sonrisa.

Había observado aquel comportamiento en numerosas personas. Conocía los mecanismos sociales y biológicos relacionados con la atracción, pero experimentar personalmente la expectativa de un encuentro resultaba diferente de estudiarla.

Antes de salir recibí un mensaje de Onix.

«Recuerda que estaré disponible si necesitas comunicarte.»

Respondí que lo tendría presente. Mi asistente conocía mis planes y no necesitaba repetir sus advertencias para que yo comprendiera los riesgos de establecer una relación cercana con alguien que desconocía mi verdadera identidad.

Sin embargo, aquella tarde quería descubrir algo más sobre Adrián.

Y esperaba poder hacerlo sin convertir cada una de sus palabras en un problema que debía resolver.

La cafetería estaba situada en una calle tranquila, cerca del paseo costero. Tenía grandes ventanas, pequeñas lámparas y estanterías repletas de libros. La música instrumental apenas se distinguía entre las conversaciones y el aroma del café recién preparado.

Adrián me esperaba junto a una mesa cercana a la ventana. Se levantó cuando me vio entrar y sonrió.

—Ana. Me alegra que hayas venido.

—Te dije que vendría.

—Lo sé. Pero eso no significa que no pueda alegrarme.

Me ofreció una silla y ocupó nuevamente su lugar.

No llevaba la bata médica. Vestía una camisa clara y una chaqueta oscura que resaltaba sus ojos, cuya tonalidad parecía variar ligeramente según la iluminación.

—Elegiste un lugar muy agradable —comenté mientras observaba los libros.

—Pensé que te gustaría.

—¿Por qué?

—Porque es tranquilo, tiene una biblioteca y puedes observar a las personas sin que sospechen que están participando en una investigación.

Lo miré.

Adrián comenzó a reír.

—Era una broma.

—Lo sé.

No estaba completamente segura.

Pedimos café y una porción de pastel que, según Adrián, justificaba por sí sola visitar el establecimiento.

Durante los primeros minutos conversamos sobre Los Olivos.

Mercedes había comenzado a organizar una pequeña presentación musical para los familiares y Roberto mostraba mayor disposición a participar en sus ejercicios de rehabilitación.

—Creo que has tenido algo que ver con esos cambios —comentó Adrián.

—Solo intento acompañarlos.

—A veces eso es precisamente lo que necesitan.

Fuera de la residencia parecía más relajado. Sus movimientos carecían de la prisa habitual y escuchaba mis respuestas sin consultar un reloj ni revisar documentos. Descubrí que disfrutaba de aquella versión de Adrián tanto como del médico que había conocido entre los residentes.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo después de un momento.

Sonreí.

—Sabía que terminarías haciendo preguntas.

—Empiezas a conocerme.

—Un poco.

Su expresión se suavizó.

—Entonces comprenderás que quiera saber más de ti.

—Eso tampoco es nuevo.

—Es verdad. Pero esta vez me gustaría que respondieras sin elegir cuidadosamente cada palabra.

Sentí una leve inquietud.

—¿A qué te refieres?

Adrián apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Quiero saber de dónde vienes realmente, Ana.

La palabra realmente modificó por completo el significado de la pregunta.

Mi documentación humana incluía antecedentes familiares, estudios, lugares de residencia y una trayectoria profesional coherente. Onix había preparado aquella identidad para resistir verificaciones habituales. Podía responder sin dificultad a cualquier consulta sobre mi pasado terrestre.

Pero Adrián no parecía interesado en aquellos datos.

—¿Por qué lo preguntas? —respondí.

—Porque nunca hablas de tu pasado.

—Hay personas que prefieren concentrarse en el presente.

—Lo sé. Pero contigo tengo la impresión de que hay algo más.

Lo observé atentamente. No sonreía como cuando intentaba provocarme con una broma. Su expresión era tranquila, aunque sus ojos permanecían fijos sobre los míos.

—¿Qué imaginas que podría haber? —pregunté.

—Eso es precisamente lo que intento descubrir.

Mi mente comenzó a evaluar posibilidades. ¿Había encontrado alguna inconsistencia en mis antecedentes? ¿Conocía a alguien del instituto donde había enseñado astronomía? ¿Había presenciado alguno de los incidentes en los que utilicé capacidades superiores a las humanas?

Recordé la noche de nuestro primer encuentro.

Después de abandonar el pub había atravesado un parque e intervenido durante un intento de asalto. No había detectado a nadie siguiéndome, pero Adrián podría haber salido poco después. Si había observado mis movimientos, quizás disponía de información que yo desconocía.

La posibilidad era reducida.

No podía descartarla.

—Nací lejos de esta ciudad —respondí finalmente.

Era una afirmación verdadera.

Adrián sonrió apenas.

—Eso ya lo imaginaba.

—¿Por qué?

—Porque a veces miras las cosas más comunes como si fueran extraordinarias.

—Quizás simplemente sé apreciarlas.

—Puede ser. Pero hay algo más.

Esperé.

—Tu manera de reaccionar —continuó—. Hay cosas que deberían sorprenderte y no parecen producirte ninguna impresión. En cambio, una pregunta sencilla puede dejarte completamente desconcertada.

Su descripción era demasiado precisa.

—Todos tenemos particularidades.

—Por supuesto.

—Entonces quizás estás buscando un misterio donde no existe ninguno.

Adrián tomó un sorbo de café.

—Quizás.

No parecía convencido.

Decidí cambiar el rumbo de la conversación. Si él deseaba conocer mi origen, yo podía intentar descubrir algo sobre el suyo.

—Hemos hablado bastante de mí. Pero todavía sé muy poco sobre ti.

Se acomodó en su asiento.

—Entonces pregunta.

—¿De dónde vienes?

Su expresión cambió apenas.

Fue una modificación tan breve que probablemente habría pasado inadvertida para cualquier humano. Sin embargo, mis sentidos la detectaron con claridad.

—De un lugar bastante lejano —respondió.

La semejanza con mi propia respuesta me sorprendió.

—¿Lejano de esta ciudad?

—Mucho.

—¿De otro país?

Adrián permaneció unos segundos en silencio.

—Podría decirse que de un lugar más distante.

—¿Qué tan distante?

Una sonrisa enigmática apareció en su rostro.

—Quizás tan lejano como las estrellas.

Lo observé inmóvil.

Los humanos utilizaban con frecuencia expresiones relacionadas con el universo para describir distancias, deseos o emociones. Era posible que Adrián estuviera recurriendo a una metáfora.

Sin embargo, su tono me hizo considerar otra interpretación.

—Las estrellas se encuentran a distancias muy diferentes —respondí—. Algunas están relativamente cerca de nuestro sistema solar y otras se encuentran a millones de años luz.

Adrián sonrió.

—Eso lo sabes mejor que yo, profesora de astronomía.

—Entonces, ¿de qué estrella estamos hablando?

Su sonrisa se amplió.

—Esa es una excelente pregunta.

Pero no respondió.

En lugar de hacerlo, permaneció observándome con una intensidad que despertó nuevamente mis sospechas.

Y entonces advertí algo extraordinario.

Sus ojos estaban cambiando.

Hasta aquel momento había atribuido sus reflejos inusuales a las condiciones de iluminación.

Sin embargo, ahora podía distinguir una modificación real en la pigmentación de sus iris.

El color oscuro comenzó a adquirir una tonalidad grisácea y, alrededor de las pupilas, aparecieron delicados destellos dorados.

No se trataba de un reflejo.

Sus ojos estaban transformándose.

—¿Qué sucede, Ana? —preguntó.

No respondí.

Concentré discretamente mis capacidades sensoriales sobre él. Hasta entonces había aceptado que su fisiología correspondía a la de un humano adulto, sin realizar una observación detallada. Ahora detecté características que no coincidían completamente con los patrones terrestres.

Su frecuencia cardíaca era extraordinariamente estable. La distribución de temperatura en su piel presentaba pequeñas diferencias y su actividad bioeléctrica mostraba variaciones que no podía explicar mediante los registros humanos disponibles.

Aquellos datos no bastaban para identificar una especie.

Pero sí para cuestionar una conclusión que había considerado evidente.

Adrián no era exactamente lo que aparentaba.

—Creo que acabas de descubrir algo —comentó suavemente.

Lo observé con atención.

—Tus ojos...

—¿Qué sucede con ellos?

—Han cambiado de color.

Durante unos segundos permanecimos en silencio. Después bajó ligeramente la mirada.

Cuando volvió a levantarla, sus iris habían recuperado la tonalidad anterior.