Capítulo 13 #3
—Nuestra relación no depende de que conozcas o no a otras personas, Anuki.
Lo observé.
—Pero llevamos mucho tiempo juntos. Hemos compartido investigaciones, viajes y experiencias importantes. A veces me pregunto si comprendes cuánto significas para mí.
Su respuesta me sorprendió.
—Sé que eres mi compañero y que confío profundamente en ti.
—Eso lo sé.
—También siento afecto por ti, Onix.
Sus grandes ojos se suavizaron.
—Yo también por ti.
Permanecimos en silencio.
Nuestra relación había comenzado mucho antes de la expedición a la Tierra.
Onix conocía mis hábitos, mis preferencias y numerosas características de mi personalidad.
Sin embargo, había aspectos de su historia que todavía desconocía, como las experiencias de su pueblo durante los antiguos períodos de expansión aelunari.
Recordé nuestra conversación después de la reunión con Khael.
Había comenzado a comprender que conocer a alguien durante mucho tiempo no significaba haber escuchado todas sus historias.
—No quiero que sientas que voy a dejar de valorar nuestra compañía —añadí.
Onix sonrió.
—No lo siento. Pero me preocupa que alguien pueda lastimarte.
Aquella respuesta me produjo una emoción cálida.
—Gracias.
—Aunque debo reconocer que también tengo curiosidad por saber cómo terminará todo esto.
—Todavía no ha comenzado nada.
—Entonces quizás deberías dejar de sonreír cada vez que mencionas su nombre.
Lo miré con fingida severidad.
—No hago eso.
Onix levantó ligeramente la cabeza.
—Tengo registros que demuestran lo contrario.
No pude evitar reír.
Más tarde organicé mis anotaciones sobre Los Olivos.
Las experiencias de Mercedes, Roberto y Teresa mostraban tres dimensiones diferentes de los vínculos humanos.
Mercedes conservaba una relación afectiva con alguien que ya no estaba presente.
Roberto encontraba significado en la posibilidad de transmitir conocimientos y recuerdos a las siguientes generaciones.
Teresa sufría por la distancia entre el afecto que sentía hacia su familia y la compañía que realmente recibía.
Pero había una observación que no podía reducir a aquellas historias.
He comenzado a experimentar una atracción que todavía no consigo definir con precisión hacia Adrián. Disfruto de su compañía, recuerdo espontáneamente nuestras conversaciones y anticipo con agrado nuestros encuentros.
Añadí una segunda anotación.
Onix considera que una relación romántica podría comprometer mi identidad y producir consecuencias emocionales difíciles de afrontar.
Sus argumentos son razonables. Sin embargo, todavía desconozco qué lugar deseo otorgarle a Adrián en mi vida y no considero necesario extraer conclusiones apresuradas.
Cerré el archivo.
La ciudad se extendía bajo nosotros como una red de luces.
En algún lugar de aquellas calles, Adrián probablemente estaría terminando su jornada o regresando a su hogar.
No sabía dónde vivía, qué actividades disfrutaba durante sus horas libres ni qué acontecimientos habían marcado su vida antes de nuestro encuentro.
Me interesaba descubrirlo.
También deseaba saber si aquella mirada plateada que tanto me había desconcertado durante nuestra primera conversación continuaría provocándome la misma inquietud cuando llegáramos a conocernos mejor.
Mi dispositivo terrestre emitió una señal.
Era un mensaje de Adrián.
«Buenas noches, Ana. Encontré una cafetería que creo que te gustará. Es tranquila, tiene una pequeña biblioteca y preparan un café excelente. ¿Te gustaría que fuéramos mañana después del trabajo?»
Permanecí leyendo aquellas palabras.
Adrián había recordado que disfrutaba de los lugares tranquilos y que me gustaba leer. No se trataba de un gesto extraordinario, pero había elegido el establecimiento pensando en mis preferencias.
Recordé a Mercedes y su descripción de los pequeños detalles que terminaban construyendo una relación.
Sonreí mientras respondía.
«Buenas noches, Adrián. Me encantaría conocerla. Nos vemos mañana.»
Su respuesta llegó casi inmediatamente.
«Perfecto. Entonces tenemos una cita.»
Observé aquellas palabras.
Una cita.
Conocía los diferentes significados que los humanos atribuían a esa expresión. Podía referirse simplemente a un encuentro acordado o a una reunión destinada a explorar un posible interés romántico.
Consideré preguntarle cuál de aquellas interpretaciones correspondía a su intención.
Después decidí no hacerlo.
Podría descubrirlo durante nuestro encuentro.
Apagué el dispositivo y contemplé las estrellas. En algún lugar de aquella inmensidad se encontraba Naurea, el mundo donde había nacido y donde permanecían mis tutores, mis conocimientos y gran parte de mi historia.
La Tierra continuaba siendo el destino de una expedición científica. No había olvidado mi misión ni las responsabilidades que había asumido al llegar.
Sin embargo, después de varios meses de convivencia, comenzaba a reconocer que algunos lugares adquirían significado por las personas que encontrábamos en ellos.
Todavía no sabía qué lugar ocuparía Adrián en mi vida.
Pero aquella noche descubrí algo que no necesitaba explicar mediante un informe.
Deseaba que llegara el día siguiente.
Y, por primera vez, me permití disfrutar de aquella expectativa sin intentar resolver todas las preguntas que la acompañaban.