Los Invisibles Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Aquella tarde la ayudé a guardar los regalos. Mientras doblábamos las prendas, experimenté una tristeza que no podía atribuir únicamente a la observación de su sufrimiento.

Quería que Teresa hubiera tenido un domingo diferente.

No podía reemplazar a su familia ni resolver las dificultades de aquella relación. Pero me desagradaba profundamente imaginarla esperando durante horas junto a una puerta que nunca se había abierto para recibir a sus nietos.

Días después, Mercedes volvió a sorprenderme con una pregunta.

—Ana, ¿hay alguien especial en tu vida?

—Hay varias personas importantes para mí.

Pensé en Tharion, Naureia, Elunai y mis compañeros de expedición. También en Onix, cuya presencia formaba parte indispensable de mis jornadas.

Mercedes sonrió.

—No me refiero a tu familia ni a tus amigos. Hablo de alguien a quien esperas con ganas de ver.

Adrián apareció inmediatamente en mis pensamientos.

Recordé sus ojos plateados, su sonrisa discreta y las conversaciones que compartíamos durante los descansos.

Mercedes me observó con atención.

—Ah.

Fruncí el ceño.

—¿Qué sucede?

—Creo que ya tengo mi respuesta.

—Pero no he respondido.

—No hizo falta.

Su expresión divertida me desconcertó.

—¿Qué has observado?

—Tu cara, querida.

Intenté recordar si había modificado conscientemente algún músculo de mi rostro.

—No sabía que mi expresión hubiera cambiado.

—Ese es precisamente el detalle.

Continuamos caminando hacia su habitación.

—¿Cómo puedes saber que esa expresión está relacionada con alguien especial? —pregunté.

—Porque yo también la tuve alguna vez.

—Eso no demuestra que nuestras experiencias sean iguales.

Mercedes comenzó a reír.

—¡Ay, Ana! No estoy intentando demostrar nada. Solo te estoy haciendo una pregunta.

Cuando llegamos a su puerta, me tomó suavemente del brazo.

—No te preocupes tanto por encontrarle nombre a todo lo que sientes. A veces necesitas conocer mejor a alguien antes de saber qué lugar quieres darle en tu vida.

—¿Y si después descubres que te equivocaste?

—También puede pasar. Conocer a alguien siempre implica descubrir cosas que no sabías.

Aquella respuesta me acompañó durante el resto de la jornada.

Adrián y yo habíamos comenzado a compartir cada vez más conversaciones.

Al principio hablábamos exclusivamente sobre los residentes; después empezamos a coincidir durante los descansos y, ocasionalmente, permanecíamos unos minutos adicionales en el jardín cuando nuestras responsabilidades habían terminado.

Conocía su dedicación profesional, su capacidad para escuchar y el humor con que conseguía tranquilizar a muchos residentes. También había descubierto que disfrutaba conversando con él sobre asuntos que no tenían relación alguna con mi investigación.

Pero había algo más.

Cuando Adrián aparecía en un corredor, mi atención se dirigía hacia él incluso antes de que pronunciara mi nombre.

Y cuando no coincidíamos durante varios días, advertía su ausencia.

Lo encontré una mañana junto a la máquina de café. Llevaba una camisa clara bajo la bata y revisaba algunos documentos.

—Buenos días, Ana.

—Buenos días, Adrián.

Observó la máquina.

—¿Quieres un café?

—Sí, gracias.

Preparó una taza y me la entregó sin preguntarme cómo la prefería.

La examiné.

—Has recordado cómo lo tomo.

—No era demasiado difícil. Siempre lo pides igual.

Sonrió.

—Me gusta prestar atención.

Aquella respuesta me recordó las palabras de Mercedes: después de muchos años, había aprendido a reconocer incluso los silencios de su esposo.

Adrián y yo apenas comenzábamos a conocernos. Sin embargo, él ya recordaba pequeñas preferencias que yo no había considerado importante mencionar.

—Mercedes me contó que ayudaste a Roberto a reparar una caja —comentó.

—Él me enseñó cómo hacerlo.

—Eso fue lo que más me sorprendió. Roberto lleva meses rechazando cualquier ayuda, pero consiguió pasar toda una tarde trabajando contigo.

—No necesitaba que alguien hiciera el trabajo por él. Necesitaba poder hacerlo.

Adrián me observó con una sonrisa.

—Tienes una manera especial de comprender a las personas.

—Intento escucharlas.

—No todos lo hacen.

Durante los siguientes minutos hablamos de Mercedes, Roberto y Teresa. Adrián conocía muchas de sus historias y compartía mi preocupación por las dificultades que algunos enfrentaban para mantener contacto con sus familias.

—Hay algo que he aprendido trabajando aquí —comentó—. A veces las personas no recuerdan exactamente lo que dijiste, pero sí cómo las hiciste sentir.

Reflexioné sobre aquella afirmación.

—Entonces las interacciones pueden conservar un significado incluso cuando se olvidan algunos de sus detalles.

—Exactamente.

Adrián tomó un sorbo de café.

—¿Siempre analizas todo de esa manera?

—¿De qué manera?

—Como si intentaras descubrir una explicación detrás de cada palabra.

Sonreí.

—Me gusta comprender las cosas.

—Eso ya lo sé.

Su mirada permaneció sobre la mía.

—Pero hay momentos en los que también puedes limitarte a disfrutarlas.

Recordé a Mercedes frente al piano, a Roberto sosteniendo su caja reparada y a Teresa agradeciéndome por permanecer sentada junto a ella.

Quizás Adrián tenía razón. Algunas experiencias podían resultar importantes sin que fuera necesario clasificarlas inmediatamente.

Continuamos conversando hasta que consultó su reloj.

—Tengo que regresar al trabajo —dijo—. Pero antes quería preguntarte algo.

—Adelante.

—¿Te gustaría tomar un café conmigo algún día fuera de la residencia?

Lo observé.

—Estamos tomando café ahora.

Adrián soltó una carcajada.

—Sí, es verdad. Pero me refiero a un lugar donde podamos conversar sin que alguno tenga que marcharse porque lo necesitan en otra habitación.

Comprendí que su propuesta era diferente de nuestros encuentros habituales.

—¿Como amigos? —pregunté.

Su expresión se suavizó.

—Podemos empezar por ahí.

Aquella respuesta me produjo una sensación agradable.

—Me gustaría.

Adrián sonrió.

—Entonces buscaré un lugar que te guste.

—No conoces todas mis preferencias.

—Por eso será interesante intentarlo.

Lo observé alejarse por el corredor.

Cuando desapareció detrás de la puerta, advertí que continuaba sonriendo.

No recordaba haber decidido hacerlo.

Durante el resto de la jornada intenté concentrarme en mis actividades habituales. Acompañé a Mercedes durante sus ejercicios musicales, conversé con Roberto sobre un nuevo proyecto y ayudé a Teresa a organizar fotografías familiares.

Sin embargo, mis pensamientos regresaban ocasionalmente a la invitación de Adrián.

Me preguntaba qué lugar elegiría, sobre qué conversaríamos y si aquel encuentro sería diferente de los que ya habíamos compartido.

—Tus parámetros fisiológicos muestran variaciones interesantes —anunció Onix aquella noche.

Me volví hacia él.

—¿A qué te refieres?

Mi asistente activó una representación de los registros obtenidos durante los últimos días.

—He detectado cambios en tu frecuencia cardíaca y en tus niveles de atención durante determinadas interacciones.

—¿Cuáles?

Onix me observó.

—Las que mantienes con el médico humano.

Permanecí inmóvil.

—¿Has estado analizando mis respuestas cuando estoy cerca de Adrián?

—Los sistemas registran tus parámetros de manera habitual. No estaba buscándolo específicamente, pero el patrón llamó mi atención.

Consideré la información.

—Adrián me invitó a tomar un café fuera de la residencia.

Los grandes ojos de Onix se abrieron.

—Creo que deberíamos hablar sobre las implicaciones de esa invitación.

—He aceptado.

Mi asistente guardó silencio durante varios segundos.

—Anuki, ¿te interesa Adrián de una manera romántica?

Reflexioné.

—No estoy segura. Disfruto de su compañía, recuerdo espontáneamente nuestras conversaciones y me agrada la posibilidad de volver a encontrarlo.

—Esas son señales que merecen atención.

—Lo sé. Pero todavía no puedo determinar qué tipo de vínculo estamos construyendo.

Onix desactivó la representación.

—Adrián es humano. Tú perteneces al Linaje Celeste y estás participando en una expedición sometida a normas estrictas.

—No he olvidado nuestra misión.

—Una relación demasiado cercana podría conducir a preguntas difíciles de responder. Además, Adrián ya demostró una capacidad de observación poco habitual. ¿Recuerdas lo que te dijo cuando lo conociste en el pub?

Lo recordaba perfectamente.

No pareces de este planeta.

—No creo que represente una amenaza —respondí.

—No estoy diciendo que la represente. Pero debes considerar las consecuencias antes de involucrarte más.

Asentí. Sus argumentos eran razonables. Mi identidad humana estaba cuidadosamente construida y cualquier relación que adquiriera demasiada profundidad podía complicar nuestra permanencia en la Tierra.

Onix continuó:

—También debes pensar en las diferencias entre sus vidas y la nuestra. Los humanos envejecen de una manera distinta y sus vínculos pueden estar condicionados por pérdidas que nosotros experimentamos de otra forma.

Recordé a Elena y el dolor que había sentido después de perder a su esposo. Pensé en Mercedes, en los cincuenta y dos años de matrimonio que ahora conservaba mediante recuerdos, y en Teresa, cuya tristeza procedía de una ausencia que se repetía.

—No estoy buscando sufrir, Onix.

—Lo sé. Solo quiero que comprendas los riesgos.

—Los comprendo. Pero tampoco considero prudente tomar decisiones basándome exclusivamente en consecuencias que todavía no se han producido.

Mi asistente me observó atentamente.

—¿Entonces quieres seguir conociéndolo?

—Sí.

—¿Aunque todavía no sepas qué sientes?

—Precisamente porque todavía no lo sé.

Onix permaneció pensativo.

—Supongo que no puedo discutir esa lógica.

Sonreí.

—Puedes intentarlo.

—Preferiría no hacerlo. Cuando estás convencida de algo, puedes convertir una conversación sencilla en un debate de varias horas.

Reí.

Después permanecimos juntos frente a la superficie panorámica, observando las luces de la ciudad.

—Onix —dije finalmente—, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Por supuesto.

—¿Te preocupa que mi relación con Adrián modifique la nuestra?

Mi asistente tardó unos instantes en responder.