Los Invisibles Capítulo 13
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Capítulo 13

—¿Sabes qué es lo que más extraño de mi esposo, Ana? —preguntó Mercedes mientras sostenía una fotografía antigua—. Que me conociera.

La observé con curiosidad. En la imagen aparecía una joven sentada frente a un piano y, detrás de ella, un hombre de sonrisa traviesa. Mercedes me explicó que la fotografía había sido tomada la noche en que se conocieron, durante su primer concierto importante.

—Estaba tan nerviosa que creí que olvidaría todas las partituras. Cuando terminé, aquel atrevido se acercó a felicitarme y después me dijo que había cometido un error.

—¿Eso fue lo primero que te dijo?

—Después de felicitarme, sí. Le pregunté si sabía tocar el piano y me respondió que no. Entonces le dije que tenía mucho valor para criticar algo que no sabía hacer.

Sonrió al recordar la escena.

—Me confesó que necesitaba una excusa para acercarse. Pensó que, si solamente me decía que era hermosa, probablemente no volvería a verlo.

—Parece una estrategia arriesgada.

—Lo fue. Casi le doy con la partitura en la cabeza.

Ambas reímos. Mercedes acarició el borde del marco antes de continuar.

—Al día siguiente apareció con flores y una disculpa. Estuvimos casados cincuenta y dos años.

Llevaba casi un mes trabajando en Los Olivos y había aprendido a reconocer muchas de las costumbres de sus residentes.

Sabía cuándo Mercedes prefería estar sola, cómo Roberto intentaba disimular sus dificultades físicas y de qué manera Teresa buscaba cualquier excusa para preguntar por su familia.

Al principio consideraba aquellos detalles información útil para desempeñar mis funciones.

Ahora los recordaba incluso cuando regresaba a mi apartamento.

—¿Cómo supiste que estabas enamorada? —pregunté.

Mercedes permaneció pensativa.

—No hubo un día en que me despertara y lo supiera de pronto. Primero disfrutaba conversando con él. Después empecé a esperar sus visitas. Más adelante descubrí que había cosas que quería contarle antes que a nadie.

Aquella secuencia me resultó interesante.

—¿Entonces extrañar a una persona significa que la amas?

—No necesariamente. También podemos extrañar por costumbre, por soledad o porque nos cuesta aceptar los cambios.

Dejó la fotografía sobre sus rodillas.

—Pero cuando alguien te importa de verdad, no solamente quieres que esté cerca para hacerte feliz. También te interesa lo que siente, lo que necesita y lo que teme. Incluso cuando no estás de acuerdo con esa persona.

—¿Nunca discutieron?

Mercedes soltó una carcajada.

—¡Muchísimas veces! Hubo días en que no quería ni verlo. Pero aprendimos a volver a conversar.

La observé. Su matrimonio no había sido una sucesión ininterrumpida de momentos felices, sino una relación construida mediante decisiones, dificultades y reconciliaciones.

—¿Y qué es lo que más extrañas de él? —volví a preguntar.

—Que pudiera mirarme desde el otro extremo de una habitación y saber lo que me pasaba sin que yo dijera una palabra. Después de tantos años, una aprende a reconocer hasta los silencios del otro.

Pensé en algunas parejas que había observado durante mis visitas a restaurantes. Después recordé a Adrián y su costumbre de mirarme atentamente antes de formular ciertas preguntas.

La asociación fue tan espontánea que me sorprendió.

Mercedes sonrió.

—¿Te hice pensar en alguien?

—En varias personas.

—Entonces todavía no voy a preguntar.

Me acompañó hasta el salón principal, donde se sentó frente al piano. Comenzó a interpretar una melodía, pero sus dedos no respondieron con la precisión que deseaba. Interrumpió la música y suspiró.

—Antes podía tocar esto sin mirar las manos.

—¿Quieres descansar?

—No. Quiero intentarlo otra vez.

Acomodé el banco para que estuviera más cómoda y permanecí junto a ella mientras comenzaba de nuevo. La segunda interpretación tuvo algunas imperfecciones, pero Mercedes consiguió terminarla. Varios residentes comenzaron a aplaudir.

—No fue perfecto —murmuró.

—¿Era necesario que lo fuera?

Me miró y sonrió.

—Supongo que no.

Me alegró verla satisfecha. No porque aquella interpretación constituyera un resultado importante para mi investigación, sino porque sabía cuánto significaba para ella.

Aquella diferencia comenzaba a resultarme familiar.

Con Roberto había desarrollado una relación muy distinta.

Era un hombre reservado que rechazaba casi cualquier ofrecimiento de ayuda. Una tarde lo encontré en el jardín, intentando reparar una pequeña caja de madera. Había colocado varias herramientas sobre la mesa, pero el temblor de sus manos le impedía ajustar una bisagra.

—¿Puedo ayudarte? —pregunté.

—No necesito ayuda.

Ocupé una silla cercana y permanecí en silencio.

Roberto continuó trabajando hasta que el tornillo volvió a escapársele de los dedos. Dejó la herramienta sobre la mesa con evidente frustración.

—Antes podía construir un armario entero. Ahora no puedo colocar un miserable tornillo.

Observé la caja. Tenía pequeñas marcas talladas a mano y una fecha antigua en uno de sus extremos.

—¿La construiste tú?

Asintió.

—Para mi esposa, cuando nació nuestra primera hija. Guardaba aquí la pulserita del hospital, fotografías, su primer mechón de pelo... Hasta una flor que le regalé cuando éramos novios.

—¿Y tu esposa?

Bajó la mirada.

—Murió hace seis años.

Permanecimos en silencio.

—Quiero arreglarla para regalársela a mi nieta —continuó—. Se parece mucho a su abuela. Pensé que le gustaría conservar algo que ella cuidó durante tantos años.

Comprendí que su frustración no procedía únicamente de la dificultad técnica. La caja representaba sus recuerdos, pero también una habilidad que había ejercido durante gran parte de su vida.

—¿Y si trabajamos juntos? —propuse.

—Ya te dije que no necesito ayuda.

—Lo sé. Pero yo nunca he reparado una caja como esta. Me gustaría aprender.

Roberto me examinó con desconfianza.

—¿Sabes seguir instrucciones?

—Creo que sí.

—Eso ya es más de lo que podían decir algunos aprendices que tuve.

Una sonrisa breve apareció en su rostro.

Me acerqué a la mesa y esperé sus indicaciones. Podría haber completado aquella reparación en segundos utilizando mis capacidades, pero hacerlo habría eliminado algo que Roberto necesitaba recuperar: la posibilidad de enseñar.

Durante la siguiente hora me explicó cómo sujetar las piezas, ajustar las bisagras y proteger la madera.

A medida que avanzábamos, su voz adquiría firmeza.

Recordó antiguos trabajos, describió herramientas que había utilizado durante décadas y corrigió la posición de mis manos cuando consideró necesario hacerlo.

Cuando terminamos, abrió y cerró la caja varias veces.

—Quedó bien —murmuró.

—Tus indicaciones fueron excelentes.

Roberto pasó los dedos sobre la tapa.

—Pensé que ya no podría terminarla.

—La terminaste.

—Con ayuda.

—Y con tus conocimientos.

Permaneció pensativo.

—¿Sabes qué es lo peor de hacerse viejo, Ana? Que algunas personas empiezan a hablarte como si hubieras dejado de entender las cosas. Te ayudan antes de preguntarte y deciden lo que te conviene. A veces terminas creyendo que ya no sirves para nada.

Observó nuevamente la caja.

—Hoy me dejaste enseñarte algo. Hacía tiempo que nadie me pedía eso.

Sentí una emoción agradable.

—Gracias por enseñarme, Roberto.

Asintió y guardó cuidadosamente las herramientas.

Aquella tarde no solamente habíamos reparado un objeto. Roberto había recuperado, durante unas horas, un lugar que parecía extrañar profundamente.

Teresa, en cambio, deseaba algo que yo no podía ofrecerle.

Una mañana me recibió con una sonrisa extraordinaria.

—¡Ana! Mi hijo llamó anoche. Vendrá el domingo con los niños.

Hacía meses que no veía a sus nietos. Durante los días siguientes preparó pequeños regalos, eligió fotografías familiares y me pidió ayuda para envolver unas prendas que había tejido.

—El menor debe de haber crecido muchísimo —comentó mientras acomodábamos los paquetes—. Espero que todavía le guste el color azul.

El sábado eligió cuidadosamente la ropa que usaría al día siguiente. Después colocó los regalos sobre una mesa.

—¿No serán demasiadas cosas?

—¿Tú qué piensas?

—Que llevo tanto tiempo sin verlos que quiero darles todo junto.

Sonrió, aunque advertí una preocupación fugaz.

—Espero que no se olviden de venir.

El domingo desayunó temprano y se instaló cerca de la entrada. Cada vez que alguien abría la puerta, levantaba la mirada. Rechazó mi invitación a caminar por el jardín porque deseaba estar allí cuando llegara su familia.

La llamada se produjo poco antes del mediodía.

Teresa respondió con entusiasmo, pero su expresión cambió mientras escuchaba.

—Sí, hijo, entiendo... No te preocupes. Será en otra ocasión.

Apretó el pañuelo que sostenía entre las manos.

—Dales un beso a los niños de mi parte.

Cuando terminó la conversación, permaneció inmóvil junto al teléfono.

Me acerqué.

—¿Teresa?

—No van a venir.

Su voz apenas era audible.

—Los niños tienen otras actividades y mi hijo está muy ocupado. Supongo que son cosas que pasan.

Intentó sonreír, pero sus ojos permanecían fijos en los regalos.

La acompañé hasta un banco próximo al jardín. Durante varios minutos guardamos silencio. Sentí el impulso de explicarle que podían existir razones legítimas para cancelar una visita, pero comprendí que no necesitaba una interpretación de lo sucedido.

Necesitaba expresar su decepción.

—Preparé tantas cosas —murmuró—. Pensé que podríamos pasar el día juntos.

—Tenías muchas ganas de verlos.

Asintió.

—A veces me pregunto si se acuerdan de mí.

No sabía qué pensaba su hijo ni cuáles eran sus circunstancias. Tampoco podía prometerle que la siguiente visita se produciría. Permanecí junto a ella mientras hablaba de sus nietos, de los años en que su casa estaba llena de personas y de lo difícil que resultaba acostumbrarse a las ausencias.

Finalmente tomó mi mano.

—Gracias por quedarte conmigo.

—No tienes que agradecerme.

—Sí, querida. A veces una se cansa de escuchar que tiene que estar bien. No siempre necesito que me animen. A veces solamente quiero que alguien se siente conmigo mientras estoy triste.

Permanecí a su lado hasta que decidió regresar a su habitación.