Los Invisibles Capítulo 12 #4
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Capítulo 12 #4

—Mucho. Las personas mayores tienen experiencias extraordinarias para compartir.

—A veces pienso que cada uno podría escribir varios libros.

—Probablemente.

Observó a Mercedes.

—Lo que más me impresiona es que, después de tantos años, todavía pueden sorprenderse, enamorarse, discutir y hacer planes.

—¿Por qué te sorprende?

—Porque cuando somos jóvenes solemos imaginar la vejez como una etapa en la que todo comienza a terminar.

Reflexioné.

—Pero mientras existe vida, también pueden existir nuevas experiencias.

Adrián volvió la mirada hacia mí.

—Exactamente.

Permanecimos unos instantes en silencio.

—¿Sabes algo, Ana? Eres una persona difícil de conocer.

Sentí una leve inquietud.

—¿Por qué lo dices?

—Porque hablas con mucha facilidad sobre el mundo, las personas y las ideas, pero casi nunca hablas de ti.

Observé el jardín.

—Quizás no tengo tantas cosas interesantes que contar.

Adrián sonrió.

—No te creo.

—¿Por qué?

—Porque cada vez que conversamos descubro algo nuevo que me hace querer saber más.

Su respuesta me produjo una sensación extraña. Sin embargo, esta vez no experimenté la necesidad inmediata de alejarme.

—Tal vez con el tiempo llegues a conocerme mejor —respondí.

Adrián me observó con una expresión que no conseguí interpretar completamente.

—Me gustaría.

Aquella noche regresé a la nave con una sensación de bienestar que Onix identificó inmediatamente.

—Has tenido un buen día.

—Sí.

—¿Ocurrió algo especial?

Le conté algunas experiencias con los residentes y mencioné las conversaciones que había mantenido con Adrián.

Mi asistente levantó ligeramente la cabeza.

—¿El mismo hombre del pub?

—Sí.

—¿Trabaja en Los Olivos?

—Es médico.

Onix permaneció inmóvil durante unos segundos.

—Qué coincidencia tan interesante.

—Eso pensé.

—¿Continúa haciendo preguntas sobre ti?

—Algunas.

—¿Y te incomodan?

Reflexioné.

—No tanto como antes.

—¿Por qué?

—Porque he comenzado a conocerlo. Es amable, inteligente y atento con sus pacientes. Disfruta de su trabajo y parece reconocer con facilidad las necesidades de quienes lo rodean.

Onix me observó detenidamente.

—Has realizado numerosas observaciones sobre él.

—Forma parte de mi investigación.

Mi asistente inclinó la cabeza.

—Por supuesto.

Había algo en su respuesta que me hizo sospechar que no estaba completamente convencido.

Me acerqué a la consola y organicé los registros de las últimas semanas.

La convivencia con niños pequeños me había permitido observar la espontaneidad de sus emociones, la importancia del juego y la rapidez con la que podían construir vínculos.

El trabajo en Los Olivos, por su parte, me mostraba cómo las relaciones se transformaban durante las últimas etapas de la vida.

Los niños parecían mirar constantemente hacia el futuro. Los residentes hablaban con frecuencia de las experiencias que habían contribuido a construir su pasado.

Sin embargo, ambos grupos compartían necesidades importantes: deseaban ser escuchados, sentirse reconocidos y conservar relaciones que les proporcionaran seguridad y compañía.

Antes de cerrar el informe, abrí mi archivo personal.

Durante estas semanas he comenzado a establecer una relación de amistad con un médico humano llamado Adrián.

Su comportamiento me interesa por la combinación de sensibilidad, curiosidad y capacidad de observación que manifiesta.

A diferencia de nuestro primer encuentro, ahora me siento cómoda conversando con él.

Permanecí contemplando aquella frase.

Después añadí:

He descubierto que espero con agrado algunas de nuestras interacciones.

Aquella observación me sorprendió más que cualquier otro resultado de la jornada.

No necesitaba conversar con Adrián para completar mis registros. Sus conocimientos médicos eran valiosos, pero disponía de otras fuentes para obtener información semejante. Tampoco existía una obligación profesional que exigiera compartir con él mis descansos.

Simplemente disfrutaba de su compañía.

Onix se acercó.

—¿En qué piensas?

—En las diferencias entre la infancia y la vejez. Y en algo que no esperaba descubrir.

—¿Qué cosa?

—Que algunas personas pueden comenzar siendo individuos a quienes observamos y convertirse, poco a poco, en alguien cuya compañía deseamos.

Onix permaneció pensativo.

—En Naurea también sucede eso, Anuki.

Lo miré.

—Lo sé.

—Entonces quizás no sea algo exclusivamente humano.

Regresé la mirada hacia la ciudad iluminada.

—Quizás no.

Había llegado a la Tierra convencida de que podría comprender los vínculos humanos mediante la observación y el análisis.

Ahora conservaba dibujos infantiles entre mis pertenencias, recordaba con afecto las historias de personas mayores y comenzaba a disfrutar de la compañía de un hombre cuya mirada, semanas atrás, me había provocado una inquietud inexplicable.

No sabía todavía qué lugar ocuparía Adrián en mi experiencia terrestre.

Pero cuando recordé su sonrisa y la naturalidad con la que habíamos conversado aquella tarde, descubrí que deseaba volver a encontrarlo al día siguiente.

Y por primera vez no intenté justificar ese deseo como una necesidad de mi investigación.